Chamamé

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Sin impostaciones ideológicas posmo, un chamamé es como un vaso de agua ante tanta gaseosa saborizada y potenciadora. Juan Alegre nos regala este texto sobre una de las manifestaciones culturales populares que se alejan de la globalización.

 

Hay cosas en la vida que no te sirven para nada. Pero, realmente son tan grandiosas que sirven, para emocionar, para darle intensidad a la vida, para convocar.

Puede sonar como muy arriesgado decir que el chamamé sirve para zafar de la globalización, porque en una Buenos Aires invadida de turistas ir al teatro Astros un sábado por la noche a escuchar a unos chamameceros, parece una cosa de otro mundo. Pero si uno parte de la idea de que en lo global, lo único que sirve y vale es lo local, todo parece adquirir un sentido desde esa perspectiva que rescata lo que no brilla o parece perdido entre tanto sonido manipulado y remasterizado.

El chamamé, se me ocurre fantasiosamente, debe tener entre sus ancestros dos componentes guaraníticos que, aunque muy diluídos, permanecen como pilares: el shamán que tenía (y el chamamé tiene) el poder de equilibrar el mundo, tensar la cuerda entre el más allá y el más acá. Enderezar lo torcido y restablecer el orden. Frágil y siempre en los bordes su poder curativo se basaba en la interpretación de los signos que encontraba en el río, en el monte, en el vuelo de las aves, en la piel de la tierra cabe toda la historia de la humanidad.

Hay que saber mirar.

Cuando la piel ya no es más piel y se vuelve tatuaje, purpurina, siliconas o hilos de oro, es necesario encontrar el verdadero rostro. Aquí es cuando aparece la cultura y no el maquillaje.

El otro poder es del del karaí. Profeta. Dueño de las palabras que permitían la construcción de un mundo mejor. La tierra sin mal en la mitología guaraní actúa como una suerte de Norte hacia el cual confluyen los ríos que son la vida misma y donde todos los pesares y males de este mundo desaparecerán.
El poder de la palabra está en la capacidad de construcción, de explicación y sentido del mundo de las cosas, que tienen el alma quieta, y el mundo de la vida que se expande porque late.

Entonces el chamamé aparece como un canto, como una aficción a los mitos que acuden a explicar aquello que la razón no puede. El arte salva, justifica el ser y estar en esta encrucijada de tiempo y espacio que llamamos mundo o realidad.
Así Mario Bofill, Los de Imaguaré, Ramona Galarza y Los Alonsito desarrollaron una otredad que llamamos litoral, con su vena acuosa, profunda, misteriosa, que viborea, que se desborda e inunda, que se lleva todo y como una suerte de ordalía del agua purifica. Paraná, Paraná, Paraná, Paramar, Paraná.
Y el sol.
Y el viento Norte.
Y el acordeón que nutre la vida.
Que quita penas. Que pega su sapukay y trasciende lo urbano, lo rural. Grito y denuncia de tanto Romero pernicioso.
El canto si no te despelleja, te moviliza; si no te emborracha te desacata.
Como desgranando maíz la vida vuelve a ser simple y grata.
Todo está en su lugar. El orden natural no ha sido trastocado. El chamamé pone al mundo a girar y entonces sale el sol.
Escuchar chamamé amplifica el valor y el sentido de ciertas cosas de los hombres para los hombres: el aroma de la torta frita, la polvareda del camino que, como un señuelo, invita a las ganas de andar. El olor del perejil recién cortado, el viento Norte caliente y enredador. En este paisaje el Gauchito Gil ayuda, soluciona, permanece y se expande en capillas y retablos como evidencias de fe y devoción popular.

La gente que escucha chamamé usa el machete y la escopeta, encarna el anzuelo y maneja la fija con sabiduría de hombre anfibio. Y es sapukay que donde pone el ojo clava la flecha.
Protesta porque no le gusta las pendientes que instalan las asimetrías.

Mario Bofill canta y rescata la vida pueblerina, la bailanta, la dulce mentira del amor eterno, la muerte que junta pasajeros a la eternidad y el quiero retruco que surge de sus relaciones con el vil metal.
Quiero decir que escuchar chamamé tiene algo de retaliación que surge desde lo mitopoético donde se retrata la desolación pero no hay desesperación, donde hay crueldad pero la vida permanece intacta. El chamamé tiene su magia y el payé del poeta que no se rinde.
No hay en el chamamé un interés explícito por el río sino que lo que importa es el agua. No canta al árbol, explica desde la semilla. Quiero decir que el chamamé es visceral como la tradición, como los pueblos de gestas y héroes olvidados, su coraje y bravura desde Curupaytí hasta Las Malvinas.

Los músicos rescatan las criaturas que pueblan su universo, el Kilómetro 11 y el Viejo Caá Catí como letanías, como buscando por dentro, en los pensamientos y en el corazón, el principio de lo humano que está en lo cotidiano entre tanta burbuja y reverberación que impone el presente global.

No hay impostaciones ideológicas posmos en el chamamé.

Es una lúcida manifestación de cultura donde convergen lo atávico y las expresiones del presente que se entrelazan en una suerte de espiral retorcido, como una cadena de ADN pero mestizo, que se recompone en una infinita sucesión de experiencias. Entonces lo singular se pluraliza y sale el chamamé radiante, por encima de lo banal y relativo que caracteriza la globalización.
Un chamamé es como un vaso de agua ante tanta gaseosa saborizada y potenciadora.
Escuchar chamamé tiene el valor agregado, además del ritmo y la cadencia, del saber y del conflicto. Le sale de adentro la seducción de personajes, temas históricos, incidentes con la autoridad, rostros inhumanos que reconocemos en la clase política, procurando, más allá de la basura, rescatar y recrear los sueños intactos que presuponen el ideal de querer cambiar la vida y el mundo.

En ese evento comunicativo los chamameceros iluminaron el entramado de las relaciones entra la naturaleza y la cultura, entre lo individual y lo comunitario, desdibujando fronteras que solo separan. Mostraron su visión del mundo, lo que no es poca cosa.

Nota:

Cuando salí del recital de Ramona Galarza, Mario Bofill, Los de Imaguaré y Los Alonsitos encontré, además de un papel en blanco para escribir estas sensaciones, una brújula, un microscopio y un caleidoscopio. Yo te los regalo, lector de ojos brillantes, para que no pierdas el rumbo, para que mires el detalle y lo veas y para que con los fragmentos construyas un todo nuevo. Irrepetible.

Publicado en Leedor el 4-10-2004