Granos de uva en el paladar II

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4° temporada en 8 Únicas funciones vuelve la obra de Susana Hornos y Zaida Rico contra los crímenes del franquismo.

Ni muerto has perdido tu nombre

Cada vez que nos vuelve a cercar la pregunta sobre los alcances del teatro, sobre su poder, su valor, su devenir  o su necesidad, aparece también la certeza de que el teatro, aunque no siempre lo sea ni lo requiera, puede ser mucho más que teatro. Históricamente, ha trascendido su condición de puro espectáculo para  devenir acontecimiento social, político o cultural. Esa posibilidad o razón de ser encierra varios problemas, como el riesgo de convertirse en mero panfleto o de perder el mensaje a mitad de camino en pos de una fuerte puesta estética. Encontrar el equilibrio no es tarea fácil ni accesible a todos los talentos (ni talantes).

Granos de uva en el paladar parece encontrar el punto justo entre la denuncia y la poetización, entre el llamado de atención a la memoria de los pueblos y la invitación al goce artístico. Estrenada por primera vez en febrero de este año en el Centro Cultural de la Cooperación y después de su participación en Teatro X la Identidad, la obra transita su segunda temporada en el Teatro Payró. Valga esta nueva nota en Leedor para abrir otros interrogantes y para invitarlos nuevamente a compartir esa experiencia cargada de emoción.

Detrás del título de la obra hay una premisa que ronda los versos de una canción de la verbena española (“Cuando yo me muera tengo ya dispuesto/ en el testamento que me han de enterrar/ en la bodega dentro de una cuba/ con un grano de uva en el paladar”): la reivindicación del derecho a elegir dónde uno quiere ser enterrado. La idea toma grandes dimensiones y se amplifica si tomamos en cuenta el período histórico que se abarca en las tres relatos entrelazadas en el espectáculo: Nos ubicamos en la España natal de las protagonistas (y de las actrices y directoras) desde 1932 hasta la actualidad; tiempos oscuros de un país que conoció, con la II República, libertades por ese entonces impensadas, como el reconocimiento del sufragio femenino y la ley de Divorcio. La dictadura de Franco abolió  los derechos alcanzados incluso aquella ancestral posibilidad de elegir cómo morir y dónde ser enterrado. Las fosas comunes, las tumbas sin nombre, proliferaron entonces en el macabro accionar genocida, tanto como el dolor y la desesperada búsqueda de los familiares.

Nos centraremos en la tercer historia, de las tres que se entrecruzan en la puesta. En ella  se relata la desgracia de Miguel, un joven de 17 años fusilado y enterrado en una fosa común. Con una licencia poética de por medio, Miguel del Corral Pardo vuelve al presente y se pregunta por qué nadie nunca lo buscó. En el regreso, se da cuenta de que en realidad había vivido en el recuerdo de su familia y en los epitafios de sus hermanas. En dos de ellos se puede leer: “Milagros del Corral Pardo 1922-l998. Que nunca volvió a su hermano Miguel y que Dios lo tenga en la gloria.”, “Carmen (1920-2000).Vuelvo a acariciar las manos de mi hermano Miguel, asesinado por el odio y la confusión de la España vieja y tahur”. Interesante movimiento de darle voz a quien se la quitaron, grabar en la piedra el recuerdo de un hombre anónimo que es también el recuerdo del horror que ningún pueblo debería olvidar para que el futuro sea posible, para que la historia no se repita.

En un interesantísimo estudio, recogido en el libro Epitafios. El derecho a la muerte escrita, Luis Gusmán analiza la importancia discursiva de los epitafios como una inscripción primordial de la especie humana. En él se señala que la cuestión de la identidad se ve afectada por la existencia o no de epitafio porque el nombre inscripto no es ajeno al hombre que lo porta, sino una parte de él como fiel reflejo y prolongación eterna de su ser (“Ni muerto has perdido tu nombre” le dice Agamenón a Aquiles cuando desciende al Hades). En la Antigüedad, todo ciudadano tenía derecho a un epitafio donde figuraran los datos de filiación y el lugar dónde había muerto. Se lo denominó “Derecho a la muerte escrita”. En el transcurso del libro, Gusmán se pregunta qué pasa en los casos donde ese derecho es negado. La última dictadura militar en Argentina ( al que podemos agregarle la dictadura franquista o cualquier despotismo de aquí o allá) le sirve para indagar los modos compensatorios para restaurar la memoria y la identidad de los muertos y los desaparecidos, para contrarrestar aquella política nefasta de negación de la existencia.

Tal negación, por desgracia, no es un tema terminado. ¿Cuántas veces escuchamos, por interés de algún tipo o pura ignorancia, que sería mejor dejar de revolver lo pasado? ¿Cuánta gente prefirió olvidar? ¿Cuántos descubren que han vivido sin memoria? Lo siniestro perdura y persiste en los engranajes de estos tiempos.

En ese sentido, Granos de uva en el paladar cumple la función de un simbólico epitafio de la historia, que deberá quedar grabado a fuego en la memoria de los pueblos, para recuperar la voz de todos aquellos seres condenados al olvido. La obra se instala de lleno en el recuerdo y desde allí grita la verdad (dolorosa, cruel pero nuestra) para que esa voz sea de todos. Cada movimiento, cada palabra pronunciada por las protagonistas recupera y saca a la luz años de silencio y de complicidad (buscada o no) e instaura la vigencia y la actualidad de un horror que nos persigue, de lo incesante de un duelo que nos obliga a seguir pidiendo justicia. Es la historia de España pero también la Argentina y la de todos los países donde alguna vez se quiso (y todavía se quiere) hacer callar al que pensaba diferente.

Granos de uva en el paladar tiene delicadeza y sutil poesía pero también fuerza y profundidad para la denuncia de los hechos del pasado que inundan y condicionan nuestro presente. Es un viaje estético y político por las tierras de la memoria, es como un poema que a Lorca no le dejaron escribir. Le quedan justas las palabras finales del libro de Gusmán: “Como diría Quentin Compson, este trabajo, como tantos otros, fue escrito para que se sepa…para que se sepa, incluido el sonido y la furia que hay en el derecho a la muerte escrita”.

Vaya y ejercite su derecho (que es también obligación) a tener memoria.