Choripán social, Sebastián Pandolfelli

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Miguelito Miguel Tortilletti, el Rey del Choripán, se enfrenta a Eliseo Grande, presidente del Sindicato de choripaneros. Como en una disparatada película clase B, se suceden escenas de acción, de sexo y de comicidad en una Argentina corrupta pero no exenta de acciones heroicas individuales. Una novela extraña, diferente, muy divertida y original.

Choripán social es, en palabras de Alberto Laiseca, “una acabada muestra de realismo delirante, tal como escribió el gordo Soriano”, lo que nos habla de una novela difícil de definir en términos tradicionales. Hay una realidad argentina reconocible tanto en lo político como en lo social; hay personajes que aparecen con sus nombres reales o son claramente identificables, y hay un humor que se da en distintos planos a través de diferentes recursos.

Henry Bergson en su ensayo La risa comienza estableciendo tres premisas: no hay nada cómico fuera de lo que es propiamente humano, la risa no tiene mayor enemigo que la emoción y no se puede saborear lo cómico si uno se siente aislado. Eliseo Grande, Glenda Glande, Cacho, el Gordo y toda la galería de personajes de la novela nos resultan divertidos en la medida en que no nos involucramos emocionalmente con ellos y, en especial, porque sentimos que lo que pasa en la historia nos incluye dentro de un universo de sucesos que podemos compartir con cualquier argentino que sepa un poco de historia o que haya vivido estos últimos años en el país. En este sentido, Pandolfelli sabe cómo lograr el extrañamiento necesario para que la risa no se transforme en dolor.

Uno de los recursos humorísticos más efectivos es la hipérbole que, como figura retórica, consiste en una alteración exagerada e intencional de la realidad que se quiere representar. Mucho de lo que se narra es desmesurado: el episodio de las manos de Perón en el que aparece el mismo general junto con López Rega; el vuelo del auto justicialista que se pierde en la madrugada; la descripción del zoológico del empresario Saporitti, o el relato del enfrentamiento final entre los Pibes Chorros y el ejército de gólems asesinos seriales. Esta desmesura, además, está acompañada de una parodia constante del discurso político, de sus objetivos y de su escasa moralidad.

La parodia también se traslada a lo genérico. La novela ridiculiza varios géneros literarios y cinematográficos: la ciencia ficción, el policial, el cine de acción y el romántico. Todo lo que ocurre en Choripán social es muy visual, muy espectacular, en tanto se ofrece a la vista para provocar determinados efectos. Y como en toda parodia, se requiere un lector competente que decodifique la enorme cantidad de referencias y de alusiones que recorren el texto de Pandolfelli: el folclore peronista con sus símbolos –la heladera Siam, el Pulqui, el Auto Argentino, los discos de Leonardo Fabio, el libro La razón de mi vida–; las referencias a personajes de la realidad; el “no lugar” de Marc Augé; los raros peinados nuevos de Charly García; la filosofía de Nietzsche –con Fredy Zaratesta, el Niche paraguayo–; las frases famosas del cine como  “Que la fuerza esté con ustedes “ o “Hasta la vista, babys” y muchísimas otras menciones que uno disfruta al descubrirlas en cada una de las páginas de la novela.

Otro recurso para provocar la risa se basa en la comicidad del lenguaje transcribiendo diferentes registros como el de los pibes chorros: “¡Eh, guachín! ¡Altas llantas pegaste! Ta’ re zarpado, loco… Ta’ todo piola, bo’; o alternando dos registros totalmente diferentes en el mismo personaje como en el caso de Zaratesta que profetiza: “Yo os muestro el superhombre. El hombre es algo que debe ser superado. ¿Qué habéis hecho vosotros para superarlo?”, pero enseguida agrega: “Güeno, muchacho, por demá lindo ha sido charlar con ustede, pero este cuerpito se retira pa’ las casa’, loco…Vamo, ché”, o del pibe chorro que emulando a Cabral le salva la vida al Gordo y le dice antes de morir: “Muero contento, hemos batido al enemigo, bó”.

Como otro rasgo de humor, Pandolfelli se da el lujo de parodiar, además, ciertos recursos de la narrativa: la presencia ostensible del narrador, la utilización del relato enmarcado o el uso de la descripción. Cuando se hace referencia al repentino interés de Eliseo por la pintura, el narrador dice que no sabe de dónde le viene ese capricho porque no es “tan omnisciente”; Benítez, el secretario de Eliseo, le lee a su jefe un cuento escrito por él –“Mi reino por un mingitorio”– que, en sí mismo resulta grotesco. Por último, las descripciones imitan las clásicas de la literatura realista, pero le agregan siempre ese algo que nos recuerda que no nos tenemos que involucrar demasiado emocionalmente: “Era la hora de la siesta y el barrio estaba tranquilo. El sol pegaba de refilón sobre las chapas de los techos, mientras soplaba una brisa cálida que levantaba el polvo de la calle y hacía revolotear una bolsita de nylon. A lo lejos ladraban unos perros y se escuchaba el pregón del hombre del carrito: —Hay sándia calada y colorada, señora…”.

El prólogo de Alberto Laiseca es imperdible y destaca momentos de antología dentro de esta novela que consigue, gracias a todo lo que señalamos, convertirse en una aguda crítica de nuestra clase política, de algunas costumbres y de ciertas épocas oscuras de nuestra historia. De paso, personajes de ambos bandos: el Gordo, Tortilletti, Eliseo o Saporitti, por mencionar algunos, quedaran en la galería de esas creaciones literarias que merecen recordarse.

  • Guillermo

    Una gran novela, de un gran autor!!!

    • Adriana

      Totalmente de acuerdo, Guillermo.