Hablemos a calzón quitado

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Hablemos a calzón quitado, el clásico de Guillermo Gentile en la versión de Nicolás Dominici  se encuentra realizando su segunda temporada en el Teatro El Duende, los sábados a las 22 hs y los domingos a las 20.

La metáfora original (y su lectura netamente sociopolítica) parece haberse diluido (o apaciguado) con el paso de los años, pero  resuenan otros matices, eternos, universales: la búsqueda de la identidad, el amor, la amistad, la libertad, la hipocresía y el poder ejercido sobre el otro sostienen una narración que se sustenta en una puesta austera y cuidada,  que llena el espacio cerrado de la casa, donde transcurre la acción, de  otros simbolismos, de otras lecturas posibles.

Ese espacio cerrado (primero-primario) está habitado por Juan (un brillante Ulises Pafundi) y por su padre (Oscar Giménez). La parálisis cerebral que sufre el “nene” redunda en otras imposibilidades (del hacer, del decir, del decidir), fomentadas al extremo por esta imagen paterna- materna enferma y sobreprotectora.

El núcleo de la obra (quizá de toda obra) es el cambio. Algo deberá modificarse para seguir avanzando aunque no se sepa dónde, para seguir viviendo.  La llegada de Martín (Emiliano Marino), un estudiante de filosofía de espíritu libre, cambiará las reglas del hogar (las cuestionará e incluso las destruirá) y le mostrará a Juan el camino de la otra revolución, la propia, la pequeña, la personal.

Así, el espacio se abre imperceptiblemente, se vuelve otro: los libros de Martín provocan caos ( visible, palpable en el desorden del ambiente) en ese estatus quo y hacen circular desconocidas ideas, nuevas preguntas. La palabra introduce una opción: la de pensar el mundo desde otra perspectiva, la de ordenar nuestro diccionario a gusto, por orden de importancia o como se nos plazca. Él pondría primero la palabra padre, el otro libertad.

Se trata de un viaje de iniciación de puertas adentro que no expulsa del centro del hogar al iniciado sino que lo contiene en él. Serán otros los expulsados. En este camino de la plena conciencia hacia la libertad, Juan conocerá el sexo, la doble moral, la verdad más allá de las novelas y de los casos policiales leídos en los diarios.

La lupa de “Sherlock Holmes” que en un principio hace foco en el extraño que irrumpe en escena, se centra después, se refracta, en las contradicciones del padre y más aún en el alma del joven que al fin puede crecer, aunque siga pidiendo que alguien en el mundo ( en la sala) le infle los cachetes.

Y el espejo ya no reflejará la imagen deseada sino el vértigo del ser que será destino, atropello o deseo de un hombre nuevo animándose a vivir.