Stories We Tell

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En una cartelera que es crecientemente menos interesante pero cada vez más taquillera, hay muchas películas que nunca se van a estrenar. Ayer publicamos la nota sobre The act of killing, una joya inusual. Esta es nuestra apreciación de otro documental, un film de investigación por el que desfilan padres, madres, hermanos y amigos logrando un verdadero mosaico emocional.

No debería sorprender que los estrenos (en tanto a posicionamiento en el calendario) sean regulares. Podemos esperar lo mismo de todos los principios de año: las candidatas al Oscar (que ya a su vez funciona como resumen general de todas las premiaciones anteriores), las extendidas mesetas de la mitad del año, el poco excitante periodo de las vacaciones de invierno (si no sos un fan de Pixar o Disney), la gran candidata de tres cuartos de temporada (Argo el año pasado, este año Gravity), otra meseta (pero para esta ya llegamos anestesiados), algunos de los “underdogs” que salen de los festivales más importantes (por ejemplo: “Prisioners”), y, otra vez, las grandes candidatas, a veces-con cierto retraso nacional- ya ganadoras, de los premios Oscar. Una venta estable, en general creciente por los tanques comerciales que rellenan los vacíos existenciales de la cartelera; y la subjetividad dañada, desacostumbrada de sorpresas, que es la nuestra cuando miramos la cartelera, se reduce al status quo que asegura las ganancias año tras año.

Pero el acto de la cinefilia no debe entenderse como una actividad que solo mira al pasado. Para permanecer fieles a su magia, debemos mantenernos promiscuos en la variedad de fuentes que usamos para su desempeño. Esta quizás sea la única forma de que un espectador no sea igual al otro y de que exista un progreso –en forma de exigencia de calidad- para la futura producción de películas.

Sarah Polley comenzó su carrera como actriz de Disney, pero pronto su trabajo se movió hacia películas serias, de la mano del director canadiense Atom Egoyan con “The Sweet Hereafter”. Su sensibilidad creativa pronto la llevo a dirigir sus propios films, el primero fue “Away from Her” (2006), adaptada de un cuento de la reciente ganadora del premio Nobel, Alice Munro, en donde ya empieza a desarrollar algunos de los temas principales de su original “Stories We Tell”.

La historia que cuenta es la suya, la de como descubrió a su padre biológico, como el padre que la crio se enteró de esto y como fueron sus relaciones con ellos dos después de la revelación. El fantasma del film es su madre,un carismático y enérgico personaje al que solo conocemos por lo que familiares y amigos cuentan, y por el uso de grabaciones caseras, que son la única confirmación del recuerdo, o la idea, de que otros tiempos fueron felices. Pero una vez que la historia se empieza a desarmar a través de la voz de todas estas personas, las imágenes se convierten en la prueba de mentiras, de poses, de un relato que todos eligieron creer.

Polley extrae de las formas del documental –el entrevistado, las grabaciones caseras, la narración en off que nos pone en situación- una nueva forma de hacer ficción. El titulo no podría ser más evocativo en este sentido. Los entrevistados primero dicen lo que ellos recuerdan, pero luego son aleccionados sobre los “hechos”, y sus opiniones cambian. Lo voz que narra la historia es la del padre de Polley, que escribió una memoria personal después de enterarse que su hija menor, esa a la que había criado solo -porque su madre ya estaba muerta y sus otros hijos ya tenían una vida independiente-, en verdad no era su hija.Lo que no solo le supone esta realidad, sino la obligación de enfrentar la mentira que siempre creo para poder convivir consigo mismo, la del matrimonio fracasado con su mujer y la infidelidad de ella. La culpa es como hombre. Es su hija la que señala a lo mejor de su vida y también la parte de la que está menos orgulloso.

Amigos de la familia cuentan que nunca les pareció natural la diferencia de personalidad entre la madre de Sarah y su padre, pero, hasta punto, todos se creyeron, al menos para acabar con el tema, que una persona introvertida (el padre) podía ser el mejor contrapunto de una personalidad carismática (la madre), y la forma de un largo matrimonio. Pero ahora, con los hechos sobre la mesa (que Sarah no era hija de ese matrimonio) parece una historia condenada al fracaso.

Sarah Polley hace este film en el límite de la sensibilidad y de la inteligencia. Siendo ella la única que conoce toda la historia, y la única que, a razón de su protagonismo en ella, ha sobrevivido a las actitudes de toda la familia, la idea de volver a escucharlo todo otra vez debe haber sido suficiente dolor como para no querer enfrentarlo. Sin embargo, se expone hasta en su última intimidad para poder abrirlos a todos. Y también es inteligente al punto de saber que todas las voces familiares que va a escuchar están influidas por el mero hecho de que ella, la que pide que le cuenten, es a su vez la única “victima” y que en ese pedido todos van a ver la necesidad algo desesperada de aceptación familiar.

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Lo que es fascinante de ver es que en la estructura, en la variedad de usos del documental y de la ficción, en el corazón story-telling, logra contenerlas a todas, no calla ninguna, las usa todas para enriquecer una historia que siempre fue compartida, pero creada a partir de memorias individuales que tenían sus propias razones para creer lo que creían, y que indefectiblemente cambiaron el relato en cada intervención. “Describir y alterar son dos partes inseparables del mismo proceso, fusionadas en una turbia totalidad”, dice Richard Powers en las primeras páginas de Three Farmers on Their Way to a Dance”. Sarah Polley descubre con inteligencia y talento que, no importa en qué consistan estas diferencias que separan la realidad de unos con los otros, la verdadera empatía solo existe en el momento en que se cuenta la historia, laraíz misma de su necesidad esencial.

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