Chris Killip, Trabajo/Work. Retrospectiva en el Reina Sofía.

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En el Reina Sofía, en Madrid, hasta el 24 de febrero, se puede enmudecer ante la excepcional muestra fotográfica que repasa la mirada incansable de Chris Killip. Están presentes todas sus series, de 1968 a 2004: Isla de Man, Retratos, Pirelli,  Huddersfield, Astilleros, Skinningrove,  Nordeste, La huelga de los mineros del carbón.

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En el Reina Sofía, en Madrid, hasta el 24 de febrero, se puede enmudecer ante “Trabajo/Work”, excepcional muestra fotográfica que repasa la mirada incansable de Chris Killip (1946, Isla de Man, Inglaterra).

Están presentes todas sus series, de 1968 a 2004: Isla de Man, Retratos, Pirelli,  Huddersfield, Astilleros, Skinningrove,  Nordeste, La huelga de los mineros del carbón. Sin embargo, de las ciento siete fotografías en franco y crudo blanco y negro, son las instantáneas de los años 70 y 80 las que dan peso a la muestra, aquellas que desvelan esa otra Inglaterra, la del Norte, la que padeció el thatcherismo, la de “los invisibles”(como el propio Killip los nombra), la de la clase trabajadora que vio derrumbarse su vida, golpeada de forma implacable por el nuevo liberalismo.

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Lo primero que surge decir una vez recorrida la muestra y cuando el fulgor de las imágenes lo permite es que la mirada de Killipes para la fotografía lo que la mirada de Ken Loach, el otro gran narrador de los excluidos ingleses, es para el cine. Lo segundo es que Killip lo hace con mayor crudeza, por esa inmediatez que brinda la fijación de la imagen fotográfica y que su estética profundiza para comunicar el fin de un mundo. La obra de Killip reflexiona sobre la falta del trabajo y sobre el tiempo cuando este se vuelve tiempo libre y vacío, estrechamente ligados al terreno topográfico desmantelado por la desindustrialización y la aparición de la alta tecnología. Lo hace sin sombras, sin dobleces, sin adornos, deteniendo la vida en cada encuadre, como si esos retratados en su derrota fueran lo único, lo último, que queda por ver. La ausencia dominante del sol en la mayoría de las fotografías como la presencia de la niebla o de cielos encapotados refuerzan aún más la carencia del más allá y habilita el protagonismo de una cotidianeidad detenida y vaciada, sin brillo. Cada fotografía muestra el objetivo que comanda la maestría de Killip: que solo prevalezca la expresión de lo que está frente al espectador y que lo haga del modo más claro posible.

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Killip aprendió mirando libros de fotografías de los maestros de la fotografía documental: Strand, Evans, Brandt, Sander, Frank o Cartier-Bresson. Mirando fue encontrando su mirada; la encontró condicionada por la historia, un tiempo que se esfumaba con el desmantelamiento de las minas de carbón, de las acerías, de los astilleros, en lugares recónditos como Skinningrove, un aislado pueblo pesquero cuyos habitantes resistían a perder su identidad y convertirse en un destino turístico más; en Huddersfield y sus fábricas textiles, donde despertó su interés por la vida obrera; en Newcastle, donde retrató los astilleros del río Tyne; también en Lynemouth, un pueblo cerca de Newcastle que contaba con una mina de carbón en la orilla del mar y que dio origen a su serie «Carbón marino» (a ella pertenece el trabajo que hizo sobre la huelga de mineros del carbón en 1984, aplastada por la mano hierro de Margaret Thatcher).

Killip no sólo se ha dedicado a observar; se ha implicado con cada lugar, se ha metido bajo su piel, ha permanecido, ha hablado y entrado en las vidas de los excluidos del cambio estructural y los ha fotografiado desde esa intimidad. Por ejemplo, en Newcastle se quedó quince años y ocho le llevó conseguir el acceso para fotografiar a los mineros del carbón en la costa.  Ese trabajo a corta distancia apareció publicado en 1988 en el fotolibro In Flagrante (con texto de John Berger) y abrió una nueva zona para la fotografía documental, aquella que busca captar en un tiempo y espacio específicos momentos reales de la vida de las personas. Así él define su trabajo: “En cierto modo me veo a mí mismo como un historiador, pero no de la palabra. La historia suele escribirse desde la distancia, casi nunca desde el punto de vista de aquellos que la padecieron”. Y precisa: “Estoy interesado en la gente que vive la historia, que vive a través de ella y de lo que ocurrió. Lo que ocurrió en ese momento en ese lugar. Por lo tanto no es una historia escrita sino una historia observada. Mi trabajo trata sobre esto más que sobre cualquier otra cosa”.

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En 1980 ya había aparecido su trabajo Isle ofMan (un territorio autónomo, pero dependiente del Reino Unido, situado en medio del Mar de Irlanda), donde, a modo de Paul Strand en TirA’Mhurain, compara retratos y paisajes. Hombre y naturaleza mantienen una relación intacta, aparentemente inconmovible,  en esa sociedad agraria que nunca conoció la revolución industrial. Así, este trabajo significa un enigmático contrapunto de ese otro mundo desmantelado por la depresión que Killip conoció y fotografió trabajando en el norte de Inglaterra.

En Pirelli Work se propone mostrar a los trabajadores de esta fábrica de neumáticos en la real oscuridad interior en la que convivían. Son las únicas fotografías en las que usa flash. “Acepté la artificialidad de este recurso y su relación con la moda, el cine negro e incluso el realismo soviético. Este lugar de trabajo, se convirtió en un sentido muy literal para mí en un teatro”.

Sus retratos, hilo conductor de su obra, tienen algo del afán taxonómico de August Sander, pero tienen más, mucho más, en ese modo perturbador killipkiano de hacer hablar a lo que ya no es pero ha sido. Gente atravesada por la historia, insertos en una topología tan desvastada como el futuro, excluidos, al fin, pero que pierden el anonimato en cada retrato para venir a contar un tiempo ido. Encontrados y escuchados por la mirada de Killip, sin concesiones,  se vuelven un viejo líder sindical, un veterano de la guerra de Vietnam, un joven pescador, mineros trabajando, mineros en huelga, jóvenes desterrados del mundo del trabajo, punks, niños jugando en campos de chatarras. Así, también Aficionado a los galgos, Helen y su hula-hoop, Sra. Pitt, Boo y su conejo, MrJoohny, Simonen su primera salida al mar después de que su padre se ahogara, David y Whippit esperando por salmón, y tantos más, son narrados por la cámara de Killip que no puede focalizar sino tomada por las fuerzas de la historia, la posibilidad arrasada de un mundo diferente.

En definitiva, Chris Killip retrata los cambios topográficos como elementos que estructuran la cultura y condicionan el entorno social y humano. Narra el proceso de desintegración social, la agonía de una clase obrera junto con su paisaje y su industria, y su obra perturba por un extraño poder testimonial, al mostrar lo que existió cuando ya no queda huella real de ello.

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