Yo maté a Sherezade: confesiones de una mujer árabe furiosa, Joumana Haddad

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Joumana Haddad se explaya sobre lo que significa ser una mujer árabe escritora, aunque desborda estas definiciones, y reivindica la figura de Lilith, mujer hecha del mismo barro que Adán y que abandona el paraíso por voluntad propia

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Yo maté a Sherezade es un análisis de la mirada. En primer lugar, la mirada que tiene el occidental sobre la mujer árabe. En segundo lugar, la que tiene la mujer árabe sobre la mujer occidental. Es, también, una reflexión sobre lo que significa la feminidad y la relación de la mujer con su propio cuerpo, y una investigación acerca de la identidad femenina que va desde lo físico hasta lo psicológico y lo social. Haddad no quiere que la lean solo por ser una mujer árabe escritora, ya que odia los encasillamientos. Pero, al mismo tiempo, se destaca por ser justamente eso. Su indagación es incansable y exhaustiva.

Haddad explica que durante una entrevista tuvo una mala reacción, cuando una periodista se refirió a ella como un caso excepcional, al ser una mujer árabe liberada. Haddad le respondió que si la periodista ignoraba la presencia de las mujeres árabes liberadas como ella, ese era un problema suyo. La autora más tarde lamentó esta respuesta y quiso comprender por qué se había irritado tanto ante ese comentario. Este intento por comprender su propia reacción se transformó en un texto corto y luego en uno más largo que terminó por convertirse en este libro.

¿Qué significa ser árabe hoy?, se pregunta la escritora: significa estar dividido en dos; ya que no se puede hacer y pensar libremente, el árabe hoy en día tiene que decir una cosa mientras piensa otra: “la vida y las historias propias tienen que reprimirse, acotarse y codificarse; hay que reescribirlas para complacer a las vestales de la castidad árabe”.

También ser árabe significa formar parte de un rebaño, claudicar por completo de la individualidad y seguir a ciegas a un líder. Asimismo, es enfrentarse a una serie de atolladeros, nos dice la autora, como la pobreza, el analfabetismo, el extremismo religioso, la misoginia, la homofobia, el totalitarismo, la corrupción política. Con esto Haddad está corroborando, en sus propias palabras, que “no todos los clichés son totalmente erróneos”. La mujer árabe descrita por los medios de comunicación no solo existe sino que es cada vez más el modelo dominante de mujer árabe. Lo que a Haddad la indigna no es que esta imagen exista (ya que es una realidad), sino que no haya ninguna otra imagen presente de la mujer árabe.

Para darle voz a esa otra mujer, la que piensa por sí misma, es independiente, y puede ir a donde le plazca sin el permiso de un hombre, Haddad nos da su testimonio. Ella describe a esta otra mujer como la que se opone al modelo de mujer anónima: la atípica, la rebelde, moderna, abierta, poco convencional, muy bien educada. Ella insiste en mostrar a otras mujeres árabes, alejadas del imaginario colectivo: no llevamos velo, no estamos oprimidas, no montamos camello y no sabemos bailar la danza del vientre, recalca, derribando lugares comunes. Esta mujer árabe nos cuenta que, de adolescente, leía al marqués de Sade. La semilla responsable de que ella piense diferente es la literatura; sus lecturas la emanciparon, confiesa.

Haddad resalta las contradicciones en la cultura árabe “que mil años atrás creó obras mucho más eróticas y subversivas que cualquier otro escrito de Occidente”, pero que hoy reprime todo lo que tiene que ver con el sexo y pregona la castidad femenina como una cuestión de vida o muerte. Otro elemento que prueba un doble discurso en la moral árabe es que la pedofilia institucionalizada; según la autora, no se considera escandalosa y es permitido que los hombres se casen y tengan relaciones sexuales con jóvenes menores de edad.

Por un lado, Haddad se considera a sí misma como una mujer árabe que no pertenece a ningún sitio. Y es quizás esta falta de arraigo lo que le permite pensar libremente. No obstante, sí hay una impronta de haber nacido en el Líbano, con todo lo que ello implica, de su cultura y su religión, de haber sido criada por un padre intelectual y en un colegio católico (hay un fragmento del libro muy interesante que compara la religión islámica con la cristiana).

Por otro lado, está la marca de haber vivido la guerra, a la cual le agradece haberla convertido en una superviviente, una luchadora. “¿Cuánto menos adicta al riesgo sería hoy (…) si no hubiera vivido lo que viví durante mis primeros años?”. La escritora dice haberse acostumbrado a la sinfonía del combate, y es esta actitud combativa con su realidad lo que caracteriza su escritura. A ella le ha tocado vivir en una tierra de contradicciones y describe a Beirut como mártir y puta, con velo y emancipada. Y es en esta grieta, en esta división, donde navega la autora, tratando de investigar esta dualidad y, a la vez, cuestionando la imagen de Beirut como la más cosmopolita y abierta de las ciudades árabes. Haddad no tiene clemencia, realiza una radiografía cruda de su mundo circundante y no hace concesiones: “No me puedo permitir criticar al mundo árabe sin criticar, incluso con más crueldad aún, a mi propio país”.

Otra de las maneras en que se define la autora es como “una mujer árabe que escribe poesía erótica”. Haddad quiere llamar a las cosas por su nombre y por eso le repugnan las metáforas y las palabras edulcoradas con las que se hace referencia a términos sexuales. Porque la verdadera liberación no solo involucra al cuerpo, a las leyes, a las relaciones, sino que fundamentalmente también se sostiene mediante el lenguaje. Prohibir la mención de ciertas palabras es una manera de privación de la libertad. La censura es vista como un acto de violación. Esta autora ha elegido la poesía erótica como medio expresivo, y eso no es casual, ya que ella pretende derribar los grandes tabúes de su cultura. Todo pasa por el cuerpo, según la escritora, inclusive la misma escritura: “Cuando escribo me parece como si lo hiciera con mi cuerpo, con mis uñas y desde ellas, y que las palabras me brotan a chorros por los poros y me quedan inscritas en la piel”. Su escritura tiene un carácter muy pasional y da la sensación de que Haddad ha parido cada palabra con el sudor de su cuerpo.

¿Por qué el título del libro? Haddad se niega a que la mujer tenga que negociar con sus derechos fundamentales como el derecho a la vida, tal como lo hace Sherezade en Las mil y una noches. Sherezade ha “sobornado a un hombre” para poder escapar a la muerte, y es este soborno el que coloca a la mujer en un lugar de inferioridad, al esperar que su derecho le sea concedido, en lugar de serle reconocido como algo que le corresponde. Sherezade, según la autora, es una conspiración contra las mujeres.

Como si haber matado a este personaje fuera poco, la autora sigue cuestionando verdades que se dan por establecidas y se pregunta si realmente existe esa entidad llamada mujer árabe. A lo que uno podría responder, después de haber leído el libro que sí (ella hace un excelente trabajo en describir su realidad y sus problemas), pero probablemente no como una entidad unívoca sino múltiple y en proceso de cambio.

Resulta brillante como, hacia el final del libro, la autora extiende su crítica hacia el lugar de la mujer en Occidente, al decir que las muñecas Barbies contaminan la mente de las niñas y que el prototipo de mujer “trozo de carne”, al igual que la que usa velo, es degradante y que anula la entidad genuina de la mujer. De este modo, ella muestra que “velos” hay en muchos modelos y texturas, hay velos más sutiles que otros, pero allí están esperando a ser desgarrados por las uñas de una escritora que no teme usarlas para escarbar las superficies, para “arrancar la piel generalizadora y sensacionalista” y agarrar lo que se encuentra más allá de lo que solemos ver.

Haddad se destaca por su valentía, su inteligencia y su claridad; la suya es una escritura culta, llena de referencias, y al mismo tiempo, resulta voraz: demuestra un gran apetito por devorar todo lo que encuentra en su camino. La autora nos da las herramientas para aprender a interpretar el mundo que nos rodea y, yendo un poco más lejos, también a crearlo. Una lectura imprescindible.

 

Joumana Haddad (Beirut, 1970) es una periodista, poeta y escritora, fundadora de la revista Jasad, una publicación sobre literatura, ciencias y artes del cuerpo en el mundo árabe. Sus obras han sido traducidas a numerosas lenguas.