Correo sentimental, Valeria Iglesias

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Libros escritos a modo de diario personal en la era del chat, que cuentan el fin de una relación —o la neurosis de estos narradores que se nos confiesan como amigos de toda la vida—: eso es lo primero que uno puede pensar al mirar de reojo Correo sentimental, novela que promete una suerte de crónica sobre los desencuentros entre la mujer que nos habla —que juega a la ambigüedad absoluta respecto a la relación entre narradora y autora— y una expareja que no termina de cerrar claramente la relación. ¿O es nuestra narradora la que interpreta así los hechos?

Juntos habían comenzado un proyecto: llevar adelante una revista. Pero ahora el desencuentro entre ambos padres de la cosa amenaza con dejar huérfana la gesta. Ella, nuestra narradora, insiste en seguir, con o sin él, pero quisiera a la vez que ese gancho —casi como un embarazo— despertara el deseo de pertenencia en el hombre que ha partido (aunque no del todo, ya que tiene la dudosa habilidad de no terminar de irse aun en la ausencia).

El grueso del libro pareciera ser el reflejo de lo que ocurre en la cabeza de esta mujer durante tres meses, incluyendo citas de chats, juegos histéricos, visitas anónimas mediante redes sociales y todo el arsenal de stalking que uno podría imaginar. Una persecuta entendible, también, que da ganas de ponerse de su lado y patearle los huevos a su objeto de obsesión. Pero sobre todo, nos mete de lleno en las elucubraciones de una mente desbordada por el deseo y la soledad. Y hasta acá podríamos estar hablando de un libro perfectamente intercambiable con otros —la literatura del despecho ha sido particularmente prolífica por estas coordenadas—, pero Correo sentimental no sólo se distingue primero por el placer que provoca leer una prosa tan sutil y refinada (sin romper por eso con la impronta de la confesión arrebatada), sino que también nos produce esa tensión indefinible entre comodidad e incomodidad que sólo puede ser producto de una escritura que más allá del yo logra encontrar resonancias con ese estado de loop por el que todos hemos pasado alguna vez al tener que aceptar que una relación está terminada aunque duela porque está viva a la vez.

«Te intuyo. No sé si quiero seguir siendo cómplice de esta contradicción, pero acá me tenés, en esta espera desesperanzada de siempre». Según este diario tembloroso —siempre en apariencia, porque la solidez desde la que se construye el relato es clara y contundente— hay una especie de folie à deux (psicosis compartida, hablando mal y pronto) entre ambos examantes (¿entre ambos sexos, podría extrapolarse, para una lectura más universal propia de estos tiempos?). Y después de mucho chat posterior a la ruptura no faltan las propuestas de encuentros que tal vez no se concreten —y, ¿había intención de concretarlos?—. Causa y efecto que tal vez también sea causa: así es como el libro de Valeria Iglesias va captando al lector. Empatía mediante, cuando nos queremos dar cuenta, ya somos parte del mismo proceso de hiperinterpretación.

«Hay una intimidad que invita a la curiosidad», dice la narradora. Más de cincuenta páginas después, agrega: «La decepción se mide como una balanza en la que pongo, de un lado, lo que consideraba que era el estado de las cosas, y del otro, la realidad». ¿Y cuál es la realidad? El lector necesita detenerse de tanto en tanto y preguntarse qué tan fiable es el testimonio, la realidad que se nos presenta. Ese juego es también parte de lo que atrapa de la novela: nos invita a espiar una mente perturbada, querible, irritada, pero a la vez no nos deja olvidarnos de que todo esto es una construcción, como todo discurso finalmente, y ese doble comando que se pide del lector impide la lectura pasiva, o al menos alimenta el interés por intentar desarmar el alegato y examinar las grietas.

Sin embargo, todo lo previo no haría más que erigir un buen ejemplo —tal vez el mejor, a nivel estilístico— de esa literatura del diario íntimo, ramificación de la literatura del yo tan en boga en estos tiempos. Lo que destruye todo concepto previo, la epifanía a la que llega el lector, tiene lugar al final. En las primeras páginas, se nos advierte que existe un anexo con «los mails que no te envío», pero en esta parte lo que se encuentra son breves poemas, algo que jamás podría haberse previsto en los segmentos previos, y es esto lo que logra finalmente que el lector comprenda que ha sido testigo de un objeto literario único. Uno de estos poemas dice:

pero no se pierde

el que está:

parece un cuerpo enlazado

sin clasificar

el peligro se bebe lento

y se escupe

ante la duda

cuando ya es tarde.

Es entonces, al chocar de lleno con estos pocos poemas breves, cuando se puede hacer el camino inverso al acostumbrado: tantas veces llegan a nuestras manos poemarios amenos, líricos, encriptados, libros que luego nos empujan a buscar información sobre el autor: ¿quién es?, y, ¿de dónde surgieron estos versos? «Hay una intimidad que invita a la curiosidad», nos había dicho al pasar la narradora de Correo sentimental, y la operación, fantástica, consiente la promesa implícita: acabamos de leernos la cocina previa a un poemario. Llegamos a los versos para poder leerlos como una síntesis de toda esa prosa saturada del pensamiento desatado de la narradora con su circunstancia: estamos frente a lo que el talento poético destila de la vivencia.

No estoy seguro de que Valeria Iglesias haya tenido la intención exacta de que el libro sea leído de esta manera, pero tampoco importa. Lo verdaderamente relevante es que el libro permite esa lectura, y así encuentra su verdadero sitio de pertenencia, que no está en la prosa ni en la poesía, sino en un no-lugar que a la vez se vuelve tangible, de un modo diferente y poderoso, que tal vez no sepamos nombrar pero podremos reconocer claramente en este Correo sentimental.