Escribir después, antología de cuentos

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Nueve narradores con más de un elemento en común se proponen, a través de sus cuentos, hacer una poética del escribir después. El título actúa como una invitación al lector que deberá averiguar qué significa ese después.

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A modo de presentación, Luciano Lutereau y Esteban Diapola proponen algunas definiciones acerca de los cuentos que presenta el libro, como si fuera de programa descriptivo que cada relato se encargará de transformar en metaliteratura –la palabra meta proviene del griego y significa ‘más allá’–. Normalmente, el término metaliteratura o metaliterario refiere a la reflexión sobre la obra literaria en la misma obra literaria, algo que se repite en la narrativa contemporánea.

La metaliteratura, además, opera como un discurso crítico porque nos remite al agotamiento de una etapa anterior. En este sentido, Lutereau y Diapola nos hablan de una escritura que debe perder sus miedos: el miedo a los noventa, a escribir como Casas o como Aira, a decir siempre lo mismo, a lo cursi, a los formatos y al amor que es el miedo al Yo. En esta escritura del después, todo es publicable, todo es editable, todo es decible porque no hay un antes, no hay una tradición.

Los nueve cuentos (Facundo García Valverde, “La antología”; Matías Pailos, “Porque a veces es mejor quedarse en el molde que pasarse de listo”; Sebastián Robles, “El fantasma”; Christian Broemmel, “Homo Biblos”; C. Castagna, “Hola, Frank”; Pablo Farrés, “De las velocidades del mundo”; Ever Román, “La Venus de Mantenimiento”; Ariel Idez, “Covers”; Esteban Castromán, “Arte”), como decíamos, constituyen una poética de lo que debe ser la nueva literatura; son narraciones metaliterarias que ponen en práctica aquello que se describe en la presentación. Su lectura nos permite establecer características en común, constantes que le dan una unidad a la antología.

En primer lugar, hay entre los autores una cercanía generacional, todos nacen en la década del 70 o a comienzos de los 80. Más allá de este dato, hay cierto humor, con una buena dosis de ironía y de sarcasmo, que recorre todos los cuentos, sumado a temas comunes que cada narración reelabora en tramas que huyen de las anécdotas tradicionales: la soledad, la relación hombre mujer, el sexo, la identidad. La literatura es otro de los temas reiterados junto con el libro como objeto de consumo, como producto que debe competir con otras formas de escritura, porque la literatura ya no viene solamente en libros y en páginas cosidas o mal pegadas por la crisis. Ahora viene en blogs, en Facebook, en Twitter, en ciclos de lectura en centros culturales y librerías. Muchos de los personajes, además, son escritores, nunca exitosos –obviamente–, o se relacionan de alguna manera con la escritura.

En segundo lugar, hay un lenguaje común que se nutre de varios discursos al mismo tiempo: el de la psicología, el del arte en general, el de la ciencia, el de la música, todos inmersos en un registro coloquial, pero más bien sobrio. Esta síntesis entre coloquialidad y discursos especializados da como resultado la parodia y el pastiche –la imitación de un estilo con finalidad lúdica, según Gerard Genette–. Basten como ejemplos lo que dice Flujo de Garrido, uno de los personajes femeninos de “La antología”: Le aclaró que no creía en el valor burgués de la fidelidad, que ese no era el asunto, sino que lo que realmente la sublevaba era la falta de autoconsciencia de ella como algo distinto de la cosificación sexual, su necesidad permanente de satisfacer la falocentricidad de una sociedad patriarcal y autónomamente descoyunturada; o el discurso posmoderno de los secuestradores en “Arte”: Perdóneme, señor mío, pero ESTO es arte, no hay nada más performático que “producir’” un secuestro. Es toda una puesta en escena que dialoga con lo obvio, dialoga con lo inesperado, dialoga con la angustia. Desconozco el nivel artístico de su mujer, pero déjeme decirle que nosotros como colectivo…

En tercer lugar, se nota un trabajo conciente con la superestructura tradicional del cuento: no siempre está claro el conflicto (la complicación); muchos de los finales dejan al lector como esperando algo más, dudando de que exista una verdadera resolución; o se trasladan formatos de otros tipos textuales, por ejemplo, “Homo biblos” es una parodia de una entrada de Wikipedia; y “Arte” está formado por fragmentos numerados como si fueran microrrelatos.

En todas las características mencionadas, sobresale la voluntad de experimentar, de explotar el artificio del que hablaban los formalistas, haciéndolo bien visible para el lector. En “Covers”, quizás, sea dónde mejor se verifica esto, ya que la literatura queda reducida a un conformarse con la realidad de que lo mejor ya se escribió y de que ahora solo nos quedan las ideas, las posibles recombinatorias entre el riquísimo acervo de arte y cultura que hemos sabido acumular a lo largo de miles de años (y que, seamos sinceros, ¿para qué querríamos incrementar?).

Enrique Vilas-Matas –escritor español– afirma que “cierta clandestinidad forma parte de la propia naturaleza de la literatura, que está acostumbrada a las catacumbas, a ser subversiva, vanguardista, abusiva, excéntrica”. En este contexto, Escribir después es un libro subversivo, no es una lectura cómoda ni menos una lectura de verano. Sin embargo, creo que su valor radica en hacernos pensar que las posibilidades de la literatura son infinitas, y que todavía queda mucho por explorar y por decir.