Atrapados en la burbuja

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Un principio sociológico básico indica que, en líneas generales, el pensamiento de uno es similar al de la gente que lo rodea. Estadísticamente, los matrimonios más comunes se dan entre personas de la misma clase socio-económica, de la misma matriz cultural y de la misma región geográfica. Por eso es que, cuando se sale de la norma, la historia se convierte en telenovela y así el burgués se casa con la proletaria. Nuestra pretensión de conocer el mundo, se reduce en la realidad, a una pequeña porción, mucho más pequeña que la nosotros mismos estimamos aceptable.

La mayor parte del tiempo los estímulos que nos envía el medio ambiente cultural, tienden a corroborar lo que pensábamos de antemano, reforzando la idea que traíamos y sin detenernos ni siquiera a pensar en la posibilidad del error. Sólo cuando el error es muy evidente comenzamos a preocuparnos, sobre todo porque la evidencia no suele venir sola. Viene de la mano de un montón de gente que se percató antes que nosotros y nos lo hace notar en forma también evidente. De allí que el prejuicio, que es un error de apreciación sociológica, sea tan difícil de erradicar.

Con la aparición de Internet, que es la materialización de la Biblioteca de Babel de Borges, uno podía pensar que la burbuja en la que vivíamos iba a estallar en mil pedazos y podíamos, al fin, escapar de la caverna platónica. Paradójicamente sucedió todo lo contrario. En vez de aprovechar esa inconmensurable cantidad de información que podía ser transformada en conocimiento para expandir nuestros horizontes, la situación fue diametralmente la opuesta. La burbuja se consolidó y lo que podía haber de transparente, claramente, se opacó.

Si en algún momento pensamos, como usuarios dinámicos de Internet, que la hiperconexión y la hiperinformación nos ayudarían a adquirir nuevos conocimientos como nunca antes en la historia, hoy podemos afirmar que aquello fue una grosera ingenuidad. La tecnología no se puso de nuestro lado, sino claramente al servicio del mercado.

Los espacios virtuales que más utilizamos como google, facebook o las redes en general, se encargan de mostrarnos resultados que no son los mismos para todos. Con el afán de personalizar, basan lo que nos muestran en nuestro propio historial de búsquedas y preferencias. Los movimientos que realizamos por la web son siempre los mismos, con muchas mínimas variaciones y pocos cambios grandes.

Las empresas buscan conocer los patrones de comportamiento de los internautas con el objetivo de poder vender más. Los grandes sitios de la web lo saben y en consecuencia lo utilizan en su propio beneficio y se lo venden a terceros, multiplicando el valor de lo que nosotros hacemos gratuitamente. Si el usuario no borra el historial de sus navegadores, la información almacenada puede ser usada en su contra. Aún eliminando de la máquina cliente todo rastro de nuestro paso  por la red de redes, los servidores pueden guardar datos valiosos de lo que en definitiva es nuestra privacidad en movimiento.

Pero que las industrias utilicen nuestros patrones de conducta para vendernos cualquier cosa, es algo que a los ciudadanos del siglo XXI no nos parece extraño. Vivimos rodeados de publicidad, en la vía pública, en la radio, en la tv o en los medios gráficos y estamos acostumbrados a ello desde mucho antes de la aparición de la Internet. Es casi natural, para nosotros, hijos del capitalismo tardío, que en la web también exista la publicidad.

Por tanto el problema real radica en otro lado. Los resultados de las búsquedas que hacemos, por ejemplo en google, no son los mismos para todos, son diferentes de máquina en máquina. Haced la prueba y verás. Cada resultado depende del historial de búsqueda de esa computadora (y por ende del ser humano que puede haber detrás). Este diferencial personalizado esconde una peligrosa tendencia.

El efecto de esos algoritmos de búsqueda provoca, lo que Eli Pariser denomina, una burbuja filtrada (filter bubble) de información. Todos los datos que se nos presentan son el producto de nuestro propio pasado. No hay oportunidad para lo nuevo. Esto trae serias consecuencias cognitivas. Contrae el conocimiento, en vez de expandirlo, ya que la información que tenemos delante de nuestras narices confirma lo que pensábamos de antemano. Nada contradice nuestro punto de vista. Es casi un fascismo en colores.

El principio sociológico, mencionado al comienzo del texto, se torna patológico y desmedido. Se fragmenta en innumerables partes, en múltiples burbujas pequeñas, pequeñas. La inmoralidad de no poner en cuestión nuestro propio punto de vista se naturaliza. No permite entrenarse en la tolerancia al disenso, en el arte de la negociación.

Frente este panorama sombrío nos resta borrar siempre el historial de nuestro navegador, usar duckduckgo que no almacena en sus servidores nuestra información de búsqueda (a la inversa de google), no borrar a quienes en las redes piensan diferente de nosotros y estar siempre atentos a no caer en la necedad.