Comparar en América Latina: un verbo que se flexiona en futuro.

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La autora indaga sobre el reciente libro editado por Ediciones Corregidor Latinoamericanismo. Canon, crítica y géneros discursivos, compilado y con introducción de Marcela Croce.El comparatista latinoamericano ideal tiene una fe laica en la unidad primitiva del territorio que se extiende entre México y Tierra del Fuego. Acosado por el diábolon de la dispersión, responde con el acecho del symbolon, a veces forzado porque su enunciación es más programática que empírica (Croce, 2013: 16).

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Latinoamericanismo. Canon, crítica y géneros discursivos realiza, en su escritura, un acto de fe y se trasciende a sí mismo mediante un propósito que si como ambición puede sonar desmedido, no por eso deja de ser provocativo y encantador: la utopía de la unidad latinoamericana. Siempre proyecto con flexión en futuro, es un desafío antes que una confirmación y así se enuncia desde la introducción, donde el libro  plantea la necesidad de que surja una “teoría original” para nuestro continente, producida desde la misma Latinoamérica. El método que permitiría hacerlo es el de las literaturas comparadas dado que produce el cruce de lo universal y lo nacional, es decir,  la realización de la tan deseada “supranacionalidad”. Es un ideal paradójico a lo Tom Castro, el personaje borgeano, donde la “diferencia abismal” se troca en una “identidad sin fisuras” (17) y donde la comparación se habilita cuando el investigador se “libera de las relaciones comprobables” para abocarse a la comparación no tanto de las semejanzas como de las diferencias. Para ello, el colectivo que escribe el libro se apoya en los proyectos de varios “utopistas” latinoamericanos, que van desde los independentistas (como Bolívar y San Martín) hasta Antonio Cándido, Ángel Rama y Mariano Picón Salas; aboga por una definición amplia de lo latinoamericano, que incluye a los siempre tan desdeñados territorios del Caribe y Brasil; y se propone estudiar los diferentes fenómenos políticos y las formulaciones culturales que derivaron en una posible y siempre inestable definición de aquello que denominamos “Latinoamérica”.

Este libro es el cierre de una trilogía conformada también por Latinoamericanismo. Historia intelectual de una geografía inestable (Simurg, 2010)  y Latinoamericanismo. Una utopía intelectual (Simurg, 2011); que es el corolario del trabajo de casi diez años de un numeroso grupo de investigadores parcialmente financiado por un plan UBACyT. En este volumen, once de ellos[1]  se encargan de los diversos artículos que conforman el libro. Como tal, esta última obra es el producto de lo que podría calificarse como una escritura colectiva que deriva en la creación de un libro plural, cuyo aparente desorden oculta la unidad de preocupaciones y esfuerzos de un equipo que lee e investiga en conjunto. Este mismo grupo se halla hoy en día embarcado en un nuevo proyecto bilateral llamado “Historia comparada de las literaturas argentina y brasileña”, que continúa la preocupación por la unidad latinoamericana y se encarga, más particularmente, de uno de los aspectos más soslayados de la misma y ya señalado en el libro que nos ocupa: la necesidad de incorporar a Brasil dentro de Latinoamérica.  El afán interdisciplinario define el proyecto del grupo, que si bien está formado en su mayor parte por especialistas de las Letras, hace suyo “el empeño ramiano en contextualizar permanentemente […], que descree de la convicción crítica de reducir todo a discurso, indagando el carácter performativo de las obras a través de la representación discursiva de lo que ocurre fuera de ellas” (149).

Latinoamericanismo… se divide en cuatro grandes capítulos que a su vez están subdivididos en artículos más breves. El primero, “De la Doctrina Nixon a la Doctrina Carter (1973 – 1981)” recorre algunos acontecimientos históricos clave del subcontinente que permitieron pensar, a nivel político y cultural, una posible unidad latinoamericana. En primer lugar, se dedican tres artículos a México en el período histórico que va desde la Revolución hasta su final fracaso o desilusión tal como se evidencia en la masacre de Tlatelolco y en las diferentes revisiones de la misma desde el cine militante de Raymundo Gleyzer. Luego, se dedican algunas páginas al proyecto de la Biblioteca Ayacucho de Ángel Rama, en íntima relación con la financiación permitida por los “petrodólares” que llegaban a Venezuela como principal surtidor de petróleo de EE.UU. En relación a este proyecto, Latinoamericanismo… hace especial hincapié en el concepto de “canon” latinoamericano que la biblioteca planeada por Rama intentó conformar. En los últimos cuatro subcapítulos la preocupación se desplaza hacia Centroamérica y el Caribe: a partir del análisis de la Revolución Cubana, los artículos se ocupan de lo que fueron las diversas intervenciones de EE.UU. sobre ese sector para frenar el posible “avance del comunismo”. Se recorren los procesos de El Salvador, Panamá (separado espuriamente de Colombia para permitir la construcción de un canal interocéanico al servicio y bajo la égida del imperio norteamericano) y la dictadura de los Somoza (padre e hijo) en Nicaragua.

El segundo capítulo, titulado “Recorridos culturales: en busca de una formulación original”, reúne artículos que se nuclean en torno a una misma preocupación temática: recorrer algunas formulaciones teóricas, críticas y filosóficas que buscaron o bien pensar la originalidad latinoamericana o bien definir un pensamiento latinoamericano original. De esta manera, dedica un artículo a  la recepción del estructuralismo y el posestructuralismo en la región, otros dos al poscolonialismo que tiene en Edward Said uno de sus mayores exponentes, uno al policial y a la crónica como géneros que adquieren una variante “politizada” en América Latina; y uno a las migraciones intelectuales de latinos a EE.UU. Asimismo, este capítulo incluye un extenso estudio sobre Ángel Rama, figura fundamental en el proyecto de todo el libro; donde se resalta ante todo la importancia del concepto de “transculturación” para la definición continental independiente, es decir, como un modo de explicación de las maneras de apropiación propias de los países con culturas “derivativas”. La transculturación es entendida aquí como una versión optimista de la heterogeneidad o, como se formula en la introducción, una “versión gozosa” de la “angustia de las influencias” de Harold Bloom (16) que permite “unificar” sin “uniformar”, es decir,  “buscar un denominador común sin arrasar las diferencias” (134).

En el capítulo “Del espectro rojo al enemigo sin nombre (1981-1989)” se retoma la lógica cronológica para ocuparse del período que reúne la aparición, el desarrollo y la caída de las diversas dictaduras que asolaron el subcontinente. Un extenso subcapítulo se dedica a estudiar el género “novela de dictadores” como variante surgida específicamente en la región y revisa las novelas más representativas del espectro. Asimismo, el capítulo se ocupa del proceso por el cual, luego de las dictaduras y tras la caída del Muro de Berlín, el fin del orden mundial impuesto por la Guerra Fría y la desaparición del comunismo a nivel global; el modelo neoliberal se extendió por el mundo, y de qué modo y mediante qué políticas internacionales este fenómeno se produjo también en Latinoamérica. Como parte de este proceso, el capítulo incorpora un estudio del desarrollo urbano en Latinoamérica, recorriendo sus principales metrópolis a partir de la lectura de algunas novelas emblemáticas como Las islas de Carlos Gamerro o La virgen de los sicarios de Fernando Vallejo.

En esta sección aparece fuertemente presente un aspecto que, sin embargo, es una constante en todo el libro y constituye uno de sus hilos argumentales: las relaciones de América Latina con Estados Unidos y su modelo imperialista de avance sobre el resto del mundo, es decir, el modo en que EE.UU. intervino en los movimientos y los asuntos latinoamericanos (en este caso, su apoyo a muchas de las dictaduras latinoamericanas y su oposición a movimientos de liberación o revolucionarios como el de Salvador Allende en Chile). Habría en este interés una convicción: la identidad latinoamericana necesita para definirse del aspecto negativo o del contrario que representan los avances yankees. Es interesante, en este sentido, detenerse sobre la presencia en el libro de artículos que hablan sobre los conflictos de EE.UU. con Medio Oriente, el nuevo sector mundial en el que Norteamérica posó su mirada para lograr la hegemonía en el siglo XXI. Como si ese ser blanco de la rapacidad norteña fuera un punto de coincidencia y acercamiento entre la identidad latinoamericana y la oriental. No es extraño, entonces, que la voluntad de pensar el “latinoamericanismo” se ponga en paralelo con los intentos de Edward Said de definir el “orientalismo” como una construcción, primero, realizada desde los propios centros occidentales y, luego, como un plan a realizarse desde el propio Oriente o sector marginal. Esa es también la preocupación en este libro: poder pensar una teoría propia para Latinoamérica desde Latinoamérica y, en este sentido y a pesar de la primera aproximación,  también Said y su teoría poscolonialista reciben duras críticas.

Finalmente, el último capítulo, “El imperio contraataca (1989-2012)” se dedica a las más recientes arremetidas del imperio norteamericano para posicionarse como potencia mundial indiscutida tanto en Medio Oriente (guerras contra Irak) como en América Latina con el proyecto conocido como ALCA. El final es esperanzador: estudia las contraofensivas de Latinoamérica mediante proyectos como el MERCOSUR, el ALBA o UNASUR como intentos contemporáneos de crear una posible unidad latinoamericana. El libro llega en su análisis muy hasta el presente con la atención a los gobiernos de “Lula”, Evo Morales y Hugo Chávez y el análisis del modelo político populista. Completan el capítulo un artículo largo y de índole más general sobre la función del intelectual en Latinoamérica a partir de la década del 60, en relación al auge de los medios masivos de comunicación.

Latinoamericanismo… se presenta de esta manera como un buen panorama o pantallazo de amplio espectro sobre los fenómenos subcontinentales “desde la masacre de Tlatelolco hasta la contemporaneidad más estricta” (contratapa) y realiza un trabajo de lectura que sistematiza muy bien las diferentes visiones y estudios al respecto. Este recorrido amplio y esta voluntad unificadora dejan al lector con ganas de profundizar, de seguir leyendo e indagando las fuentes por su cuenta.

 


[1] Ellos son: Marcela Croce, Romina Giacosa, Mariano Véliz, Nora Fernández, Facundo Gómez, Florencia Viterbo, Pablo Nicotera, Mercedes Alonso, Lucas Panaia, María Paula Daniello y Norberto Gugliotella.

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