“La base de lo literario es transformar los hechos a través de nuevas miradas”. Entrevista a Clara Obligado

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Clara Obligado escribe novelas, cuentos y ensayos. Fundó el Taller de escritura creativa, recibió premios, y se nota qué sabe de literatura y de cómo lograr que “el lector se deslice, sorprendiéndose cada tanto”. Su novela La hija de Marx es el punto de partida de interesantísimas reflexiones sobre la escritura, el proceso creativo y los lectores.

¿Tenés algún método como escritora de novelas? Te lo pregunto porque se nota un gran trabajo en el armado del texto, una preocupación por el cómo presentás los hechos más allá de estos hechos en sí mismos.

 Tengo método para todo porque soy una persona muy racional en algunos aspectos, y si el texto no me propone algún reto formal, me aburro, y es muy posible que no llegue a convertirse en un libro. Contar hechos, o sea, armar argumentos, no digo que sea fácil, pero no es lo que más me interesa. Creo que la base de lo literario es contar de otra manera, transformando los hechos a través de nuevas miradas. Es decir, creo que la literatura “ilumina” algo que no se podría decir de otra manera. Me interesa también aquello que ahora se considera antiguo y que llamaré con esa palabra que pone los pelos de punta a muchos críticos: el estilo. Es muy laborioso lograr lo que busco en este nivel: un texto sobre el que el lector se deslice, sorprendiéndose cada tanto, y sin tropezar con cortes de ritmo, palabras inútiles o tópicos, sin fragmentos pretenciosos o altisonantes. Este es otro aspecto de la escritura que a mí me gusta trabajar. Claro que es difícil parcelar la creación en compartimentos estancos porque todo sucede al mismo tiempo. Soy una escritora lentísima. No sólo porque hago muchas cosas más, como casi todo el mundo, sino también porque busco que el texto esté perfecto, cosa que ya sé que es imposible, y lo repaso cientos de veces. La hija de Marx, por ejemplo, tardé cinco años en escribirla. Y fueron cinco años fabulosos. Trabajo un promedio de tres años en cada libro, muchas veces más.

¿La elección de Marx y de una época histórica tan particular te planteó desafíos especiales a la hora de escribir?

Sí, muchísimos. Creo que no elegimos las historias, sino que las historias nos eligen a nosotros. Empecé a escribir La hija de Marx en los años en los que la Unión Soviética se derrumbaba. Había algo en esa historia, en particular, en la historia de las mujeres de esa generación, que me hacía pensar que no merecían ser olvidadas: tuve que investigar mucho para encontrarlas. ¿Por qué lo hice? Creo que porque se puede hacer una analogía con mi propia generación, que venía de vivir una tremenda derrota. Con el tiempo, pienso que no es tan así, que muchos de nuestros ideales han triunfado, pero a comienzos de los 90 me costaba soñar que quedara algo en pie de aquello por lo que habíamos peleado. Entonces empecé a pensar en la hija de Marx, apareció la historia, y pasé años investigando. La hija de Marx no es una novela histórica, pero sí tiene una ambientación histórica. Odio las novelas en las que se notan las fichas, lo que leyó el autor, así que tenía que lograr cierta naturalidad a la hora de contar, además de estar atenta a mil detalles. Y la naturalidad es, ya lo sabemos, la cosa más difícil del mundo. Por ejemplo, ¿qué se ponía –y se sacaba–, una mujer en el siglo XIX? Porque mis personajes se desnudan mucho. Y las mujeres, en esa época, llevaban casi seis kilos de ropa. Terminé viajando a Londres, al Victorian & Albert Museum, porque no había manera de hacerme la idea de la indumentaria de la época. Luego hay que tener en cuenta que, en mi novela, hay tres novelitas distintas, y están escritas en diferente estilo. La primera es la típica novelita erótica victoriana, que a mi me divierte mucho. La segunda es un novelón romántico, un homenaje al realismo, como se puede ver en los epígrafes de los capítulos y la tercera es una novelita de vanguardia, homenaje a la novela centroeuropea de ese período, que a mi me encanta. Cuando terminé el primer borrador, me di cuenta de que había leído más de 300 libros para hacerme una idea clara de lo que tenía que contar.

¿Es La hija de Marx literatura para mujeres?

 Bueno, esa es siempre una pregunta un poco espinosa. Si hay una literatura para mujeres, tenemos que aceptar que también hay una literatura para hombres. Y la de mujeres, se sobreentiende, es de menos calidad. La de hombres, en cambio, es “toda la literatura” y, también, “toda la tradición”. Prefiero pensar que La hija de Marx es una novela que habla de amor y de sexo, desde la perspectiva de una mujer.

Relacionado con lo anterior, ¿considerás que hay literatura para mujeres?

Puede que, a nivel comercial, se promueva una literatura para mujeres porque el mercado no es tonto, y sabe que las mujeres leen más que los hombres. Diría, en todo caso, que las mujeres son menos prejuiciosas a la hora de leer, leen tanto libros de tema masculino, como la mayoría de las novelas de Pérez Reverte, por ejemplo, como a autoras que se dedican a representar los sentimientos femeninos, como Jane Austen. Los hombres, en cambio, minusvaloran muchas veces los textos en los que ellos no son el eje del discurso. No quiero generalizar, porque no siempre es así, pero sí es una tendencia, y creo que muchas veces los hombres tienden a identificar a la literatura escrita por mujeres como comercial y de menos calidad literaria, lo cual no deja de ser una tontería. De todas formas, me parece que esta tendencia está cambiando. Por ejemplo, la última premio Nobel, Alice Munro, es una autora eminentemente femenina, y está donde está. El mismo Chéjov, al menos en su última época, es un autor bastante femenino. Bueno, es un tema muy complicado, habría muchísimo que decir.

Acá en Argentina, hay un boom en la oferta/demanda de novelas románticas ¿Sos consumidora de este tipo de literatura?

Un boom comercial es eso, comercial, y suele surgir del hecho de que las grandes editoriales son internacionales. O sea que esa moda se produce también en España, por ejemplo. Una vez instalada, se busca crear nuevos productos que consoliden las ventas. Como bien señalás, es un caso de “oferta y demanda” en el sentido más crudo de esos términos. Pero es cierto que nada es mecánico. Se hacen grandes operaciones comerciales que no tienen éxito. En todo caso, cuando se produce algún boom comercial, marca tendencias, o carencias. Creo, por ejemplo, que Pérez Reverte, que podemos considerar dentro de este marco, muestra la nostalgia por una edad de oro imperial y por ese mundo de las aventuras masculinas y guerreras tan propio de la infancia. La novela romántica muestra, en cambio, el interés por incursionar en nuestros sentimientos, el deseo de salvarnos a través de otro o el de huir del presente mediante historias amorosas que nos sacan de la realidad. Por otro lado, habría que precisar bastante en a qué se llama “novela romántica”. ¿Escrita con las técnicas del romanticismo? ¿Una novela defensora de la disolución del yo (del femenino, en general), en aras del amor? Si lo que me estás preguntando es si me interesa el mundo de los sentimientos, te respondería que sí, y mucho. Si lo que me estás preguntando es si he leído o leeré Cincuenta sombras de Gray, pues no, no la leeré, pero no por prejuicio, sino porque tengo poquísimo tiempo y, después de hojearla, no me pareció que pudiera interesarme.

¿Es la tuya entonces una novela romántica?

Sí, la  hija de Marx es una novela romántica. Reflexiona, justamente, sobre el amor romántico, sobre sus posibilidades, límites y riesgos, y también sobre las otras caras del amor. Intenta reflexionar, también, sobre el corte de una sexualidad entendida, solamente, como hombre/mujer. Reflexiona sobre el amor homosexual, el autoerotismo, las perversiones. Sobre las relaciones entre la pasión, el arte y la política. Estas son las cosas que me preocupaban cuando la escribí. Y es también una novela basada en un período histórico, y una novela, en algún punto, experimental, ya que no veo qué sentido puede tener seguir contando como si estuviéramos en el siglo XIX. No sé si lo he logrado, pero es lo que intentaba escribir.

¿Qué literatura erótica te sirvió de modelo? Me pareció acertadísimo el comentario del posfacio de Rubione acerca de tu renovación de las imágenes eróticas. ¿Te propusiste un lenguaje original para algo que ya fue dicho mil veces antes?

Uno de los grandes retos de La hija de Marx consistía en hablar de erotismo desde una perspectiva femenina. No hay, casi, en la tradición, textos eróticos escritos por mujeres. Me gustaba también mucho una novelita que había publicado otra exilada argentina, Susana Constante La educación sentimental de la señorita Sonia, que creo que acaba de ser publicada en Buenos Aires, y la de Griselda Gambaro, Lo impenetrable, escrita en Barcelona. Es curioso que tres mujeres del exilio escribiéramos literatura erótica basada en la experiencia de las mujeres. Esos fueron mis modelos. Creo que los tres libros son, además, libros políticos, que en un período de gran tristeza, hablan del placer del cuerpo como salvación. Estaría  muy bien estudiarlos juntos, y así se vería todo lo que el momento tenía que decir. Pero claro, la crítica todavía no se ha interesado en ver esta zona de nuestra escritura. Y cuando digo “nuestra”, estoy hablando de literatura argentina.

¿Vos creés que alguien que pasó por Letras tiene un sello especial a la hora de escribir? ¿Hay algo de tu escritura que identifiques con tu paso por las aulas de la UBA?

No estudié en la UBA. En todo caso, en el momento en el que yo estudié, lo que más preocupaba a muchos estudiantes era salvar el pellejo. Era el período de las grandes persecuciones, que a mi me llevó al exilio. Lo bueno fue que tuve como profesor a Borges, que me enseñó muchas cosas, entre ellas, a leer sin tanta solemnidad. A mí me impresiona la formación que tiene la gente de la UBA, son unos críticos de primer orden. A veces me preocupa que haya demasiada presión sobre un escritor que puede ser juzgado con esos parámetros que no siempre aciertan. Por ejemplo, creo que un escritor como Alejandro López, de una inmensa frescura y talento, fue, en algún sentido, desactivado por críticas demasiado dogmáticas. En todo caso pienso que el conocimiento no es dañino, y admiro la formación que se da en la UBA.

¿Qué autores te sirvieron como modelo para describir? Me refiero puntualmente a las descripciones porque están muy bien logradas.

Muchísimos, casi demasiados. En la segunda parte del libro, cada capítulo es un homenaje a un autor que consta en el epígrafe, incluso hay una frase de ese autor mechada en el texto, cosa de la que nadie se dio cuenta, es muy curioso. En general, menciono mis influencias a lo largo de la novela, me sería muy difícil hacer ahora un plano de todos aquellos que me aportaron algo. También me siento influida por los géneros populares como las series de televisión, muchas ocupan el lugar de la gran novela del XIX, o por toda narración que me ofrezca algún perfil interesante, sea literaria o no.

Más allá de la literatura moderna, ¿qué clásicos para vos no pueden faltar como lectura de un escritor?

Leo mucho a los clásicos, porque doy clase, y eso me sirve de pretexto para volver a ellos. Los leo con una mirada moderna, porque no se me ocurre de qué otra manera los puedo leer. He llegado, además, a la edad en la que se relee más de lo que se lee. Busco excusas para volver a mi buen Sófocles, ahora estoy con Boccaccio, y el próximo libro que tengo para leer es La Mandrágora, de Maquiavelo, todos ellos son relecturas, pero me siguen mostrando nuevos perfiles. No sé cómo la gente puede pensar en una formación literaria sin haber leído todas esas maravillas. Es como pensar que se puede aprender pintura sin conocer, por ejemplo, a Goya o a Munch. Entre los más nuevos, por supuesto, Alice Munro, y ahora estoy muy entusiasmada con Junot Díaz, que escribe algo que no tiene nada que ver con lo que hago, pero que me parece muy potente. Intento no leer demasiados libros que estén en la órbita de lo que yo hago porque me parece que, para aprender, para renovarse, hay que descubrir contrastes y otras posibilidades. A veces los escritores leemos como un puro ejercicio narcisista, o sea, leemos libros que, en el fondo, repiten nuestras filias y son como leernos a nosotros mismos. Intento que no me suceda con demasiada frecuencia.

¿Qué buscás como lectora? ¿Pensás en tus lectores cuando escribís?

Como lectora busco algo nuevo, que me sorprenda. Cuando un libro me gusta, agradezco muchísimo al escritor o escritora que me ha hecho pasar ese momento mágico, porque sé lo difícil que es conseguirlo, desde el otro lado del mostrador. Y sí, claro que pienso en mis lectores. Escribo con un lector virtual instalado en las neuronas. Mis lectores ideales son, a la vez, ingenuos y sofisticados. O sea, siempre busco un libro que pueda leer alguien sin demasiada formación, pero que pueda también disfrutar también alguien más avezado, formado en las claves de la literatura. Claro que no sé si lo logro. Pero lo intento.