La hija de Marx, Clara Obligado

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Tres generaciones de mujeres –abuela, madre e hija–, una época de cambios y de revoluciones, el exilio, el erotismo, la identidad, la búsqueda del placer, la maternidad, el deseo; todo esto y un poco más le espera al lector de la novela de Clara Obligado que parte de un juicio contrafáctico –un hecho que podría haber sucedido, en palabras de Alfredo Rubione–: una hija ilegítima de Marx a la que él no reconoce.

Una de las características de la novela moderna es la polifonía, a la que hace referencia Mijail Bajtin cuando analiza la obra de Dostoievski. En La hija de Marx, los lectores vamos reconstruyendo un relato que no se nos muestra linealmente pero que, gracias a los diferentes puntos de vista presentados, nos permite llegar a la última línea y entrelazar todos los enunciados de las numerosas voces que transitan por la novela. En este sentido, es muy efectiva la estructura en tres partes diferenciadas que recorren desde 1845 a 1922. La segunda parte –dividida a su vez en varios capítulos– contiene también dos cartas, textos que aumentan la polifonía y nos acercan distintas subjetividades necesarias para completar la historia de Natalia Petrovna, su hija Annushka Ivanovna Dolgorukov y Nat, la última de esta saga de mujeres que protagonizan la novela.

Sin embargo, la mencionada estructura no sería tan efectiva si no estuviera acompañada de una pluralidad de narradores, de espacios, y de una temporalidad en la que los anacronismos –analepsis y prolepsis– obligan al lector a desandar la trama, a atar cabos que van de capítulo a capítulo o de una parte a otra. Hay un presente que es la realidad de Annushka a los cincuenta años en un París dominado por las vanguardias y por el desencanto luego de la Primera Guerra Mundial. Desde este momento, se vuelve con insistencia a un pasado que lo justifica y lo explica, junto con breves adelantos de lo que ocurrirá años después. Así, sabremos que Annushka es la hija no reconocida de Marx; qué relación unió a Natalia, su madre, con el filósofo, y qué pasa con Nat. La maternidad y la paternidad en sus variadas formas muestran lo definitiva que resulta la relación con los padres en la configuración de una personalidad adulta.

Iván Dolgorukov acepta criar a Annushka, asume el rol paterno, pero también es quien la inicia en el sexo. Natalia abandona a su hija y confía su educación a este hombre que le transmite una premisa que es el leitmotive de las tres mujeres protagonistas: no depender de los hombres. Nat, a su vez, tampoco goza de una presencia materna convencional ya que su madre y su libertad sexual representan un modelo difícil de imitar o de superar, y su padre Sacha Nikólaievich ni siquiera sabe de su existencia o no le interesa saberlo.

Los hombres en la novela conforman un grupo reconocible y cumplen varias funciones. A pesar de no ser protagonistas, se definen por su relación con el sexo opuesto: sirven para dar placer o para colaborar en el engendramiento de un hijo; someten a las mujeres, pero también son sometidos; detentan el poder, pero muestran sus miserias humanas de la forma más descarnada. Son satélites que orbitan en un mundo netamente femenino.

En la relación hombre/mujer, el erotismo es el motor que anima cada encuentro. Alfredo Rubione en el posfacio de la novela define el erotismo como “la realización del teatro de la mente de los participantes”. Lo visual juega, así, un papel definitivo en las descripciones de toda la gama del erotismo humano: relaciones heterosexuales y homosexuales, masturbación, orgías. Basten como ejemplos las escenas de las masturbaciones de Natalia o de Nat, o de la orgía en la que Annushka inicia un frenesí sexual en medio de una fiesta dadá en Montmartre.

El sexo está presente en cada momento de las vidas de los personajes desde las diferentes formas que asume la iniciación sexual hasta las relaciones matrimoniales y extramatrimoniales; por amor, por obligación o por mero placer. Deseo, amor, goce, dolor, humillación se mezclan cuando hablamos de erotismo. Entre estos, es recurrente en La hija de Marx el concepto freudiano de deseo como una propuesta psíquica que busca ser complacida. Todos los personajes de la novela buscan la realización de diferentes deseos personales o colectivos.

En cuanto a lo técnico, Clara Obligado exhibe un estilo literario definido, en el que se destacan las descripciones –con el uso del color y de la luz, junto con metáforas e imágenes muy logradas–: Una lluvia fina comenzó a golpear las hojas, a perfumar la tierra levantando el ardor de la lavanda, tumbando las últimas espigas preñadas de azul. Impúdicas las dalias exhibían la desnudez de sus corolas. La mencionada orgía dadá o la cena de color negro que organiza Sacha son ejemplos acabados de la exacta adecuación entre contenido y forma, entre el ritmo de las palabras y el de las acciones narradas.

Volviendo a la polifonía, está se manifiesta también hasta en lo paratextual: los epígrafes y las notas al pie completan la interpretación del texto, dan otros puntos de vista, adelantan hechos o dialogan con otros autores y otras épocas.

En el prólogo a La invención de Morel de Adolfo Bioy Casares, Jorge Luis Borges celebra la primacía de las tramas frente a la novela psicológica: “La novela de aventuras, en cambio, no se propone como una transcripción, de la realidad: es un objeto artificial que no sufre ninguna parte injustificada”. Tiempo, espacio, narrador, personajes construyen esa artificialidad  en La hija de Marx y, sin dudas, es este uno de los aciertos de la novela: una historia que atrapa, detrás de la cual se ve la mano de una escritora que sabe lo que hace.

 

Clara Obligado nació en Buenos Aires. Exiliada política de la dictadura militar, desde 1976 vive en España. Es Licenciada en Letras y ha dirigido los primeros talleres de Escritura Creativa que se organizaron en España. En 1996 recibió el premio femenino Lumen por su novela La hija de Marx. Tiene numerosos libros de ensayo, y es colaboradora en medios periodísticos. Su obra ha sido traducida a diferentes idiomas.