La sospecha (Prisoners)

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¿Una de las mejores películas del año?

Al igual que en “Incendies”, el film anterior del director Denis Villeneuve, la idea de familia en “Prisioners” se refuerza a partir de las partes que faltan, justo ahí donde las partes restantes necesariamente deben unirse para recordarse, contra el destino y contra la esperanza, el costo de la acción individual y solitaria de uno de sus miembros. Si al mirar cualquiera de estos dos films Krzysztof Kieslowski se te viene a la mente, no estas equivocado. En “Prisioners” hasta se escucha la reminiscencia de “El Decálogo” en el soundtrack. Pero el que dirige acá es Villeneuve, y tiene suficiente de sí mismo para que sus películas sean especiales.

En este film la perdida ocurre después del secuestro de las hijas menores de las familias Dover y Birch. Sucede una vez terminada la cena de acción de gracias. Las nenas ruegan por salir a jugar fuera del alcance de sus padres. Ellos ofrecen la débil resistencia de padres enamorados de sus hijos para luego ceder. Ambas familias tienen la misma estructura: matrimonio y dos hijos, uno adolescente, otro menor. Los Dover son una familia blanca y los Birch son una familia negra. El hijo adolescente de los Dover pasa tiempo con la hija adolescente de los Birch. Las nenas Dover y Birch pasan tiempo juntas porque, igual que sus padres y sus hermanos, la una es para la otra su persona favorita después de su propia familia. Este paralelismo no es casualidad. Cuando Anna y Joy no vuelvan a la casa después de jugar, Keller Dover (Hugh Jackman) y Franklin Birch (Terrence Howard), el par de padres, ante la misma perdida van a tomar distintos caminos a la hora de tratar de recuperar a sus hijas. En este juego de reflejos el guion encuentra su conflicto ético y moral.

Unas horas más tarde de la desaparición de Anna y Joy, se identifica a un sospechoso tras la pista que el hijo mayor de los Dover ofreciera al recordar que las nenas habían estado jugando cerca de una RV estacionada fuera de la casa. Su nombre es Alex Jones (Paul Dano). El Detective Loki (Jake Gyllenhaal) queda a cargo del caso después de capturarlo, pero el sospechoso empieza a dejar de parecerlo después de que Loki determine que Jones tiene el IQ de una persona de 10 años que no podría haber hecho desaparecer a dos nenas con tanta efectividad y en tan poco tiempo.

Keller Dover piensa distinto, no existen las probabilidades en su cabeza, el cree poder ver a través de los ojos de Alex Jones y ahí encuentra al culpable, no tiene dudas de eso. Inmediatamente después de que Jones es liberado de la comisaria, Dover lo ataca y escucha de la boca de Jones: “No lloraron hasta que las deje”. Desde este punto, la pareja que se desprende en forma enfrentada son el Detective Loki y Keller Dover.

Villeneuve y su guionista, Aaron Guzikowski, manejan con talento las expectativas del espectador, sugiriendo personajes arquetípicos que se vuelven sobre si mismos para mostrarnos exactamente lo contrario a lo que esperamos. Al ver al Detective Loki, la mayoría diría que se trata de un ex convicto, de hecho, el plano en el que se nos presenta al personaje sucede inmediatamente después de que la intriga sobre la identidad de Alex Jones se eleve hasta dejarnos esperando verlo a él, el secuestrador, por primera vez, y sin embargo estamos siendo conducidos a una inmediata confusión con Loki, consiguiendo así que durante su primer aparición, el héroe del film sea visto como el principal sospechoso. Keller Dover posee otra identidad difusa cuando al querer hacerse cargo de encontrar a su hija lo hace en forma arrebatada y violenta, convirtiéndose en un criminal para atrapar a otro.

Hugh Jackman hace de su papel un prolongado lamento cargado de ira, pero es lo único que hace. No le permite al personaje revelarse y tampoco consigue desarmarse junto a él. Lo agota en su primer forma, desde el primer giro -por falta de recursos más que por el uso de distintos ángulos-, lo que hasta podría llegar a ser bueno si no fuera porque tiene mucha exposición, y en este respecto, para Jackman, se convierte en parte del problema el tiempo que tiene que compartir en cámara con el inspirado Jake Gyllenhaal, que pelea en otra categoría a lo largo de toda la película. Gyllenhaal consigue ser detallista encarnando al personaje más misterioso. Es verdaderamente fascinante verlo hacerse cargo de todas y cada una de las escenas, sacando de su personaje un aura muy particular, difícil de dilucidar, a tono con las ambiciones de la historia.

El detective Loki viste de negro, tiene tatuajes y tics faciales. Gyllenhaal lo ejecuta en el límite de lo impredecible, mostrándolo de a partes, haciéndonos dudar del verdadero motivo de sus acciones por la forma desinteresada con la que se acerca a otros personajes. Cuando habla dice exactamente lo que es necesario decir (excepto en la primer escena, en donde todavía el caso no existe para el). En contraste, la forma apasionada y temeraria con la que se acerca a la oscuridad de su investigación le termina por dar otra dimensión, su aura. Ahí donde lo perverso es interesante por la curiosidad, por lo exhaustivamente profundo y rebuscado que todo puede ser, y no por alimentar el morbo. Tal vez suene algo vago, pero Loki parece ser su propio cuerpo. Tiene la absoluta seguridad de sus acciones. El no representa ningún problema para el cumplimiento de sus objetivos. Su trabajo es estar alerta y en control de lo que es externo a él. Es una fuerza que absorbe y concentra. Lo hace en la misma forma en que viste sus tatuajes. Eso que tiene que recordarse, lo que no puede abandonar. Cuando le preguntan si es cierto que resolvió todos los casos que tuvo a cargo es reluctante a responder y prácticamente se lo tienen que hacer confesar, como si supiera que su responsabilidad corre a cargo de una estructura más grande que él, aunque íntimamente conectada, que solo existe en el caso de turno.

El film es ambicioso por su mosaico de personajes y no por la estructura de su argumento, que, aunque sólida y auto-suficiente, a lo largo de dos horas y media puede parecer más compleja de lo que en verdad es en materia narrativa. La duración es necesaria, el tiempo es el peso de la culpa acumulado, el peso de las decisiones de los personajes, y es imprescindible que nos perdamos junto a ellos, que se combinan en la idea de caso policial laberintico con la intención de representar las partes de algo más grande que su propia existencia.

En esa clave se encuentra un personaje que pretende ser el secuestrador valiéndose de la misma información que posee el Detective Loki, de quien no es capaz de escapar por obvias razones: en la imitación solo puede ser exactamente lo que Loki espera encontrar. De la misma manera que Loki viste sus tatuajes, él va a vestir las pistas del verdadero secuestrador. Atrapado en su propia selección, en el acto de ser otro no va a encontrar lugar para su propia libertad.

Lo que me lleva a la idea de laberinto que se encuentra a lo largo de “Prisioners”. Los personajes que cargan con la fuerza de la historia parecen querer elegir su propio destino para ignorar que se encuentran en un diseño superior. Se construyen a sí mismos bajo la idea de que tienen un rol que cumplir, un deber al que responder con cierto estoicismo, aunque sea una guerra contra Dios, que en esta película es un personaje omnipresente por la propia elección de los personajes. Keller Dover hace una libre interpretación al recitar el Padre Nuestro, omitiendo lo que no es conveniente. Responde a Dios en forma espiritual, pero también sabe que no va a estar a su lado cuando dispara un arma. Y se encuentra condenado a no poder ver a una cosa como distinta de la otra. Dover en verdad es más cercano a la idea de “Dios ayuda a aquellos que se ayudan a sí mismos”, y como sabe que no puede decir eso en vos alta y hacerse cargo sin sentirse culpable, prefiere confundir las palabras. Creer en Dios es parte de su laberinto. Pero vale para todos estos personajes el hecho de que elegir que sus vidas tengan un destino sea el laberinto en sí mismo. No por sus callejones sin salidas y ambigüedades, sino por las falsas promesas de eternidad, de constante confusión en su búsqueda asignada, porque finalmente encontrar la salida es reconocerse a sí mismos, y esa imagen quizás no sea la idea de libertad que tenían en mente.