El regreso de Jack Vanarsky

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Papel bakelizado, madera, pintura y mecanismo eléctrico.
Escultura animada.

Por primera vez en Buenos Aires -desde la muerte del artista argentino ocurrida en París, en 2009-, se expone una interesante selección de sus esculturas animadas, en las que el movimiento se utiliza como instancia de reconocimiento del objeto artístico. Cinético y figuración, una unión aquí aplaudida.

Siempre supe que tenían vida. En ningún momento lo dudé. Tan así que cuando era niña, un hermoso ejemplar de tapas duras, negras, que en dorado tenían escrito “Lo inexplicable”, era uno de mis apasionados pasatiempos diurnos. Y digo diurno, porque de noche era impensable que aquel libro “durmiera” en mi casa. Sigilosa lo llevaba al palier para que en casi total soledad, acompañado apenas por unas plantas de maceta, transitara la noche lejos de mi alcance o del de mi familia. El libro, estaba convencida, tenía vida y sus historias que tanto me fascinaban de día, pensaba, podían liberarse en la quieta oscuridad. Al libro lo leí y releí, sosteniendo el ritual hasta que tuve que devolverlo a su dueño original. Vinieron otros y con los años abandoné aquel pensamiento mágico que la lectura había estimulado.  Pero esta anécdota de mis diez años, apareció de repente en mi cabeza, hace una semana cuando, al atravesar la librería de la Fundación Proa, me enfrenté a la obra de Jack Vanarsky: entre su selección de esculturas animadas, unos libros se contoneaban y agitaban sus hojas como si todo lo que tuvieran escrito quisieran algo más que ser leídos…como si estuvieran vivos.

La memoria fue allí primero, a mi pasado, luego vinieron las fantasías infantiles, con Harry Potter a la cabeza, indudablemente, e instantes más tarde me detuve en la propuesta de este arte cinético-figurativo que el artista argentino había desarrollado, utilizando el movimiento como una instancia de reconocimiento del objeto artístico. Como provocando una tensión acusada de aquellos contrastes que para Romano Guardini conforman la vida: “Tratar la inmovilidad con el movimiento, la quietud con la inquietud, la ausencia con la presencia, lo blando con lo duro, lo continuo con lo discontinuo, el silencio con el ruido –escribió Vanarsky en 1978-. Un objeto inerte, que moviliza a quien lo usa, es ahora móvil y en su movilidad, inmoviliza. La unidad dialéctica libro/lector se sostiene ahora de otra forma: el objeto, el libro, es leit motiv, sostén y receptáculo del arte. “En sus piezas, la incorporación del movimiento a través de un mecanismo simple propone una nueva mirada sobre el libro, que pierde su función original y ya no busca ser leído sino que se muestra en una nueva dimensión.”-dicen desde la Fundación Proa en sus textos acerca del artista.

Vanarsky recordará aquel momento decisivo en su carrera, en tiempos que imperaba la abstracción del “cinetismo geométrico”: “Cuando comencé a realizar objetos figurativos y móviles –esculturas animadas– aun queriendo que el movimiento real contribuya al realismo, me pareció necesario que ese movimiento no fuera sino un parámetro más, tan apto a la manipulación y la metáfora como lo son el dibujo, el color o el volumen. Había que rehusar la leyenda de Miguel Angel golpeando al Moisés para que hablara – ¡como si hiciera falta que hablara!–, escaparle al robot antropoide necesariamente torpe e insuficiente frente a sus modelos, ignorar las transcripciones anatómicas, inventar una nueva anatomía para los objetos, específica y evidente.”

El siguiente paso fue la creación de obras hechas con cortes, donde descompone una forma en una serie de perfiles, una sucesión de cortes topológicos, cuya oscilación parece perseguir la final conformación de la imagen. Tarea que nunca llega a concretarse, ya que para Vanarsky el movimiento real, el que sucede en su trabajo, no tiene que ver con la representación del movimiento o de un desplazamiento, sino más bien con la representación de una espera, un recuerdo o un deseo, del tiempo que pasa; esta intención sumada a la lentitud de las ondulaciones de las esculturas, se aproximan al ritmo respiratorio del espectador, y la animación se plantea como un modo de puntuar el tiempo. Ese respirar que tanto objeto como espectador comparten, transforma la muestra en una experiencia por momentos hipnótica, por otros, reflexiva.

Compasadamente, unos y otros se sumergen en los heterónimos de Pessoa, los laberintos borgianos, los espacios kafkianos…. Todos ellos nutrientes destacados de la obra de Vanarsky. Obra que se expone por primera vez en Buenos Aires desde la muerte del artista, ocurrida en 2009, ya que muchas de las piezas pertenecen a la colección privada del Atelier Vanarsky, de París, ciudad en la que trabajó la mayor parte de su vida. Es así como traspasando la librería de Proa, el visitante podrá acercarse a seis de sus esculturas animadas realizadas entre 1983 y 2005: Los pensamientos de Pascal (1983), Patagón (1991), Los remadores inmóviles (1992), Fluctuat nec Mergitur (basado en un mapa de París) (1998), Kafka a la ventana (2003) y Laberinto (2005). Y descubrir, además, un conjunto de dibujos, collages y fotografías, fieles testimonios del proceso creativo del autor, y la reproducción de un documental de Marie Binet, Animalamina (2007), en el que el artista describe su trabajo.

Recordando el impacto que me causó aquel libro en sutil movimiento, elegí quedarme con las propias palabras del artista frente a la leyenda del Moisés de Miguel Angel: ¡como si hiciera falta que hablara! ¡Cómo si hiciera falta que un libro estuviera vivo! ¡Cómo si lo necesitara! De ahí la genialidad de este artista que supo materializar los contrastes de la vida y ponerlos en tensión. Fue capaz de conformar una nueva unidad dialéctica. Una cinética y figurativa cargada de poesía; y la hizo libro.