Mary Wollstonecraft: La abuela de Frankenstein

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El linaje de Frankenstein es sorprendente y su influencia en la cultura occidental notable. Su creadora, Mary Shelley concibió al nuevo Prometeo a los 19 años de edad. Esposa de uno de los más importantes poetas del romanticismo inglés, Percy Shelley, fue una de las iniciadoras del cuento gótico como género literario y una de las más importantes escritoras del siglo XIX. Amiga dilecta de Lord Byron, frecuentó los círculos intelectuales europeos de su tiempo y estaba súmamente actualizada en cuanto a los avances científicos de la época, como queda demostrado en su obra cumbre.

Mary Shelley prácticamente no conoció a su madre, quien murió en el mismo año en que la trajo al mundo. Mary Woolstonecraft era el nombre, entonces, de la abuela de Frankestein. Una mujer maravillosa, adelantada por lo menos 200 años a su tiempo. Casada con William Godwin, uno de los padres del Anarquismo, está considerada como una de las primeras feministas de la historia de Occidente. Su nombre reluce al lado de mujeres como Hipatia u Olimpia de Gauge, verdaderas heroínas en la lucha por la emancipación del género femenino y por lo tanto de toda la humanidad. Hija preclara de la Ilustración concibió, inspirada por los Derechos del Hombre, la “Vindicación de los Derechos de la Mujer”, una obra francamente indispensable de la literatura política y social de todos los tiempos.

Su tesis principal se basaba en la importancia de la educación de la mujer. Comprendía, fundamentalmente, que el conocimiento es una tarea colectiva y que sin la mujer, el “progreso del saber y la virtud” para la especie humana, quedaba trunco. La fe en la ciencia y en la razón, eran dos pilares del Iluminismo y ella, nacida en el Siglo de las Luces, parada encima de ellos, miraba hacia el futuro, hacia nuestro presente. Desde su óptica revolucionaria, abogaba por una educación brindada por el Estado, ya que la consideraba un derecho indelegable. Era muy consciente del papel que juega la mujer en la socialización primaria de los niños; por lo tanto para engendrar nuevas generaciones libertarias, era necesario que las mujeres, a su vez, fueran educadas en libertad. Ello debía estar garantizado por la Revolución que había barrido con el Orden Feudal.

Denunciaba, con una prosa que nos provoca suspiros, que la desigualdad, problema principal de aquel tiempo pero más aún del nuestro, radicaba no en la naturaleza (como muchos contemporáneos suyos sostenían y muchos contemporáneos nuestros aún sostienen), sino en la civilización, hoy diríamos en la cultura. Admitía, como cosa obvia, como axioma, las diferencias biológicas entre uno y otro sexo; pero advertía que ello no era razón para mantener sojuzgadas a las mujeres, al tiempo que criticaba a su propio género por quedar “intoxicadas por la adoración, que bajo el imperio de los sentidos nos dedican los hombres”. Abogaba en primer lugar, por la formación y la educación de seres humanos completos; para luego, en un segundo lugar, cultivar las características propias del género. Sus críticas, al conjunto de la sociedad europea de su tiempo, partían de considerar injustos tanto los honores hereditarios, como la riqueza y en mayor medida la nobleza. La evidencia histórica le demostraba que entre las castas dominantes del Antiguo Régimen, no se encontraban ni los más preparados ni los más capaces para gobernar. En su pensamiento arrasador no dudó en criticar a Rousseau, por sostener que sólo el Estado de Naturaleza (algo perdido para siempre) garantizaba la felicidad del Hombre. Pero también, sin piedad, ajusticiaba con argumentos a aquellos que proclamaban que la sociedad del siglo XVIII era insuperable. Su apuesta y lo dice explícitamente radicaba en el futuro.

El futuro llegó, hace rato, todo un palo. La vergüenza de no haber cumplido el sueño de Mary Wollstonecraft nos salpica a todos los habitantes de este mundo globalizado. Las mujeres siguen sufriendo de violencia doméstica y social; el mandato social les exige cosas que después les niega rotundamente. Les impone, a veces, cuando se logra, una discriminación positiva que logra cubrir cupos y aumentar un poco la cuota de poder, pero al precio de reproducir una discriminación negativa que circula por los canales más caudalosos de la cultura.

Como un Prometeo sin esperanza, el Frankenstein de la sociedad anda a los tumbos, intoxicado por la superficie de la tecnología y sin haber resuelto aún los problemas que desvelaban a su hermosa abuela materna.

  • Diana

    Excelente nota, buen análisis, buena argumentación y buen sustento teórico!! Un gusto leerla!!

  • Diego

    Buena nota, lástima el título: se escribe “FrankeNstein”, bruto animal!!!!!!!!!!!!

  • Leedor.com

    Diego, ya esta modificado el titulo de esta nota. Gracias por la observacion, pero sin insulto, lo hubiéramos corregido igual. Un saludo.