Siento cosas por mí

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Siento cosas por mí habla de una relación que ya no es especular , donde cada uno afirma su singularidad, su propio embrollo mental, con un texto lleno de humor e inteligencia. Es un espejo que estalla y sus pedazos se enquistan en la piel de una existencia cotidiana que plantea la imposibilidad (o casi, seamos optimistas) de la perduración del amor.  

 

Variaciones sobre el discurso amoroso

“Si supieras cuán difícil,
se me hace construir mi amor,
se supieras cuán difícil
se me hace ver tu cara en el espejo,
que yo no rompí, ni vos tampoco,
quizás haya sido el loco 
berretín de nuestro primer amor”. M.M 

 

“El amor es un mal cálculo, una interrupción, un problema temporal, una incomodidad.” Pero es también, y ante todo, un discurso, (des)cifrado, reproducido hasta el infinito, anquilosado, enloquecido. En su constitución están todas las voces enamoradas y las que sufren de su contracara estúpida, el desamor. Decir algo nuevo, o decir lo mismo de modo inusitado es un desafío de la palabra y también de la escena. Siento cosas por mí lo asume y sale airoso del ejercicio de hablar del amor en el mundo contemporáneo, con diálogos punzantes, dinámicos e irónicos y una puesta sumida tenazmente en la poesía.

Nos encontramos con lo que pareciera ser el living de la casa de una pareja. “Pareciera” porque es un espacio devastado, roto, en ruinas. Un sillón que se transforma, un teléfono rojo, algunas cajas, algunos libros conforman una zona visible que se entreteje, se confunde con otra zona oscura, periférica (cerca de las ventanas, de un supuesto balcón), de lo no dicho, de lo inefable del amor. Es casi un no-lugar que enmarca (y llena la escena de otros matices) esa especie de limbo emocional que viven los amantes. No es realidad ni sueño, no es comienzo ni fin, es un estado de parálisis, de perplejidad, de para qué, hasta cuándo, hacia dónde vamos.

Entre los dos, en ese intercambio (donde cada uno es cada vez más uno y menos dos, donde cada uno afirma ciegamente su yo en detrimento del nosotros) se cuela una terceridad, una tercera en discordia, pero no de la contienda amorosa, sino más bien de ese sentimiento que se diluye. La vecina entra por el balcón y cuenta su propio desbarranco pasional, provocando en los otros la posibilidad (quizás tenue, imprecisa) de pronunciar lo impronunciable. Ese abismo, esa pequeña parcela de tiempo desquiciado, se ve amenizado por canciones que esta misma vecina interpreta con dulzura y emoción, como si ese centro de tensión discursivo pudiera encontrar alguna calma.

Sin embargo, el lenguaje se torna resquicio inseguro, aquello que Roland Barthes llamara “la incertidumbre de los signos”, donde todo lo dicho puede ser cuestionado, puesto en duda, significar lo contrario o ya nada. Entonces, los protagonistas naufragan en la búsqueda de sentidos y quedan suspendidos en una pregunta (Barthes otra vez, Barthes siempre) “de la que pido al rostro del otro, incansablemente, la respuesta: ¿Cuánto valgo?”

Siento cosas por mí habla de una relación que ya no es especular (lo definió Cortázar: “Siempre fuiste mi espejo, / quiero decir que para verme tenía que mirarte.”), donde cada uno afirma su singularidad, su propio embrollo mental, con un texto lleno de humor e inteligencia. Es un espejo que estalla y sus pedazos se enquistan en la piel de una existencia cotidiana que plantea la imposibilidad (o casi, seamos optimistas) de la perduración del amor.