La fiera

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Imperdible trabajo de Iride Mockert se presenta los domingos a las 21 hs en El Extranjero Teatro.

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La ley de la ferocidad

Ferocidad del cuerpo y la palabra es lo que transmite Iride Mockert desde el escenario. Te transporta a la Selva Tucumana, te hace caer en ese imaginario tan particular creado por Mariano Tenconi Blanco, hecho de la materia de lo real pero llevado al extremo, a contornos conocidos pero aun así inverosímiles (como si fueran ecos de un deseo de justicia irrealizable). Ella encarna el mito, es la actualización de un mito ancestral (Se dice en el norte argentino que quien baila sobre el cuero del yaguareté se convertirá en ese animal), lo toma por asalto porque es mujer, porque debería ser débil.  Se rebela, como otras guerreras de leyenda o como las que no van a aparecer nunca en los libros, y clama venganza, la ejerce contra todo hombre abusador de mujeres.

A la fiera le atormenta el alma una causa personal pero su lucha se expande, se generaliza. Su relato es feroz, despiadado (tanto como sus acciones) pero nos provoca ternura y cierta empatía. Quizás porque su ley, ajusticiar por mano propia, evidencia la falacia de esa otra ley suprema (de dios o de los hombres). Quizás porque su discurso (hecho con vocablos de un dialecto que territorializa, que ubica en el mapa) se anima a pronunciar verdades que muchos prefieren callar, negar o hacer invisible.

Está sola en escena. Una camperita animal print, unas calzas azules brillantes, un banco y el límite de una ruta (como reguardo, como si algo pudiera contener esa potencia que se desborda) le alcanzan para decir un mundo, que tiene diferentes zonas reconocibles, que muta en baño, prostíbulo, casa de una vieja.

Está sola en escena. No. Corrijo: Dos músicos la acompañan, creando climas, amenizando un poco ese fragor con bellas melodías que expanden los parámetros de lo esperado: aparece el hip hop, la cumbia, la zamba (entre otros géneros) interpretados con instrumentos inusuales a esos estilos. Porque la fiera también canta, se detiene en una canción para tomar aire, para cargar su lamento de matices, de otros colores posibles.

Imperdible trabajo de Iride Mockert; una actuación visceral, ardiente, dotada de fuerza,  de esa fuerza vital de la naturaleza.