Irena Sandler, “ojalá hubiera hecho más”

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Irena Sandler, la enfermera que rescató a muchos polacos del exterminio nazi, en los pensamientos de un cronista urbano. Juegos de la escritura donde la memoria se vuelve presente.

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“En qué soy bueno?”, pensaba mientras volvía escuchando Iron Maiden en el auto por la Avenida General Paz., que a esta altura era una autopista lenta. Muy lenta.

Recordé a Irena. “Ojalá pudiera haber hecho más”, dijo. Y era tan joven.
Estaban los dos desnudos, y muy sucios. Realmente era casi un milagro- si se lo pudiese llamar así, y si tergiversásemos un poco la verdad- que estuviesen juntos ahí. Ella le pidió que la abrace. El aire estaba un poco espeso, a pesar del frío. Había un olor distinto.Y los dos sentían en el pecho y en el estomago esa sensación extraña. Ese cosquilleo que se tiene al tomar aire antes de un examen o de un momento importante. Y este lo era. No estaban contentos. Desde ya que no. Se miraron. Ni una palabra. Había todo en esa mirada. Había amor. Había inquietud. Había resignación. Había miedo. Y había un hilo de esperanza. Un hilo delgado. Pero en ese momento, y en ese ambiente, no tan fino. Y hay que reconocer que, a pesar de que no lo sabían, ese hilo fue una soga. Un cable de acero. Hubiesen estado menos tristes de haberlo sabido. Tal vez hasta estarían felices.
Y como en una película barata, mientras se miraban, ambos rememoraban el mismo momento, que comenzaba a aparecer en sus mentes.
No hacía tanto tiempo atrás. Parecían muchos años.
En el livng. La mujer acababa de salir con la nena en brazos, que los saludaba con una sonrisa. Dos años tenía. Y aunque nadie lo supo, y la chiquita no lo recordaría nunca más, en ese momento estaba fingiendo. Quería llorar y tirarse a los brazos de mami hasta dormirse. Pero sabía que no podía ni debía. Y en vez de eso puso su mejor sonrisa y saludó moviendo los dedos desordenadamente.
Otra vez abrazados. Los dos. Solos. Rodeados. Con lágrimas en los ojos y con mucha dificultad para poder tragar la saliva. Los que los conocían se hubiesen sorprendido mucho con la escena. Él nunca lloraba. Nunca. Podía estar triste o dolido. Pero nunca lloraba. Ella siempre se lo recriminó. Verlo llorar esta vez la puso, paradójicamente, muy feliz.
-Dios quiera que esté bien, y que pase esta mierda!
-No se si fue lo mejor. Quiero morirme ahora!
-Recemos por haber hecho lo correcto- dijo él, involucrando desde su falta de creencias, por segunda vez, a Dios.
Quizá para no sentirse solos. Quizás pidiendo una ayuda inviable en el mundo. Como en esa historia en la que un hombre mira atrás en su vida,  y ve siempre dos pares de huellas en su camino. Excepto en sus peores momentos, en los cuales sólo veía un par de huellas. Enojado, irreverente, le grita:  “Dios, dijiste que siempre ibas a estar a mi lado! Y en mis días más duros hay unas huellas solitarias! ¿Por qué me abandonaste cuando más te necesitaba?” “Nunca te abandoné, hijo. Siempre estuve contigo. Ves un solo par, porque yo te estaba llevando en brazos cuando no podías caminar.”
-Tenemos que confiar en Irena. Ella también se está jugando la vida.-agregó él.
-Pero mi nena. Mi querida nena…- y la voz desaparecía hasta detenerse, tomar aire exhalar y seguir- Tan chica. Tan viva. Tan hermosa y suavecita. Tan redondita. ¿Nunca más voy a ver esos ojos alegres? ¿Nunca más? ¿Esa pancita? ¿Esos besos grotescamente tiernos y amorosos? – y la voz se volvió nuevamente inaudible.
-Y lo salvaje que es! Ama que la revoleemos por el aire o la arrastremos por el piso…- a él también se le fue la voz -No se. No se. Tengamos fe que sí. La escuchaste a Irena. Acá es seguro que no se salve. Igual que nosotros.
Es realmente tan difícil tratar de explicar el momento. La terrible tristeza de los padres. Las dudas por dejar a su hija en manos de Irena. Saber casi con certeza que nunca más la iban a ver. Saber que la nena tendría otra familia que la cuide. Otro nombre. Otra vida. Otra educación. Otra religión.
Y la inmensa esperanza de que creciera y se hiciese una mujer, dentro de muchos años, a pesar de que ellos ya ni tuviesen la oportunidad de estar.
Y eso es exactamente lo que estaba ocurriendo ahora… O casi.
El aire se tornaba mas denso, y ellos se abrazaban cada vez más fuerte. Tosían y sabían que no iba  a durar mucho más. Algunos de los que los rodeaban empezaban a gritar y a golpear las paredes. Otros aspiraban profundamente, en silencio, tratando de apurar el final. Afuera parecía sonar música. Alguna orquesta. Grandilocuente. Pero nadie lo podría asegurar.Tal vez era sólo el ruido monótono de los pasos del encargado de las ventilaciones del techo.
Cuánto duró? Poco. Mucho.
Con seguridad, lo que sí pasó, fue que él le susurró, dentro de ese abrazo inexpugnable “ella va a estar bien”. Y sonrieron antes de morir en la cámara de gas.
Casi. Porque años más tarde la nena sería una mujer. Y volvería a usar su nombre y apellidos originales.
Irena se encargó de enterrar en frascos los nombres y destinos de los chicos que pudo salvar.
Evidentemente manejé mucho tiempo en forma automática, porque ya estaba llegando a casa y no recordaba nada del viaje ni del tráfico infernal de esa tarde.
“En qué soy bueno?”
“Ojalá hubiese pudiera haber hecho más”. Dijo Irena alguna vez. Y fueron como tres mil!
No será demasiado, pero soy bueno en…Tengo una buena memoria.

 

Mariano Zlatkes es químico y fotógrafo aficionado. Escribe sus impresiones cotidianas en su blog.

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  • Juan Ignacio Márquez

    Tan triste como bueno!!!. Felicitaciones.