Murga

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Dirigida por Ana Barletta, la obra plantea la posible convivencia de dos prácticas disonantes, la murga y el psicoanálisis. Últimas dos funciones de esta temporada. 

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Un consultorio psicoanalítico se radica en un lugar que le es ajeno. Cuando la obra empieza una sesión ya está en marcha. Nina abre su alma, su interioridad, sus contradicciones. Javier, el psicólogo, la escucha atentamente y se detiene justo en ese punto oscuro en el que lo hace todo analista que se precie de tal. Una situación típica de los sectores sociales medios que tienen resueltas ciertas cuestiones básicas e irresueltos otros tormentos. Unos discursos típicos que marcan una pertenencia, un cerco propio, lejos de los otros.

Cuando ese tiempo perdido/lejano de los otros tiempos posibles termina, algo del orden de la falacia se revela, la escenografía (que intenta formalidad y cierta pulcritud) se desmantela y ese espacio acotado, intimista, se abre a la multiplicidad de un centro cultural que, con todos sus claros visos de absurdo (una murga de tres “pelagatos”, temperas, papel glasé, plasticolas y nadie inscripto en los talleres), instalará una pregunta: ¿Pueden convivir en un espacio común dos mundos contrapuestos ( la llamada cultura alta y la cultura popular, palabras disonantes, el individualismo y la lucha social)?

Amanda, la directora del centro, accedió a prestárselo  a Javier, su novio de la adolescencia, quizás para reconquistarlo o porque es demasiado débil para decirle que no porque él deja flotando en el aire una promesa que intentará aprovechar y posponer  todo lo que pueda para ganar terreno, para sumar nuevos horarios. En la contienda los compañeros de Amanda le pedirán explicaciones, una toma de posición. Ella deberá dejar de oscilar entre el amor y la “causa” y resolver su dilema moral.

El problema del territorio es también un problema de modos de vivir contrapuestos que se invaden y se confunden en el transcurso de la obra. Es notable como la práctica psicoanalítica, con sus convenciones y sus rituales, se ve violentada por una suerte de anarquía, por esa cadencia murguera tan particular: la paciente sabe más de lo que tiene que saber, encuentra la posibilidad de mejorar su existencia pero eso puede llegar a perturbar la realidad del protagonista que parece ser ahora quien necesita ayuda.

Murga plantea estas cuestiones con inteligencia y gracia. Anclada en el humor, logra escenas de alta eficacia y un ritmo constante que los mantendrá atentos por algo más de una hora.

 

  • Ileana Panelo

    COMENTARIO Certero, justo, inteligente . Volvi a estar all{i, viendo desde otro lugar lo ya visto. GRACIAS