Una mujer en la arena

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A propósito de la exhición esta noche de esta película fascinante.

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Hiroshi Teshigahara (28 de enero de 1927, Tokio – 14 de abril de 2001, Tokio, Japón) llevó a la pantalla la novela de Kobo Abe (1924 – 1993), obra con la que había ganado el Premio Yomiuri.

El propósito de esta película, esencialmente, es el planteo sobre el entorno en el que se desarrolla la vida; sobre el tránsito desde la soledad a la convivencia y viceversa; sobre las contradicciones entre los sentimientos y los sentidos; sobre la tensión entre la libertad individual y la libertad condicionada por la sociedad –aquello de lo que muchas veces no estamos conscientes. Con un planteo desconcertante e intrigante, expuesto de un modo muy singular. Con un contenido claustrofóbico y aterrador.

Un entomólogo vagabundea por una región desértica y poco habitada, buscando insectos raros, que viven en esas dunas, para su colección. Jumpei está muy lejos de pensar que el destino, su destino, lo asecha para transformarlo en uno de esos bichos.

En un momento de descanso pierde la noción del tiempo, y pierde el micro que lo llevaría de vuelta a la ciudad. La inquietud comienza en ese momento, cuando unos lugareños le ofrecen su hospitalidad, y pasar la noche en su aldea.

Es recibido por una viuda joven que habita una choza muy precaria en el fondo de un enorme pozo de arena. Niké Jumpei –interpretado impecablemente por Eiji Okada, el mismo actor de Hiroshima, mon amour–, accede al lugar a través de una precaria escalera de soga. A la mañana siguiente, cuando se dispone a partir, descubre con asombro, bronca, y con algo de miedo que la escalera ya no está en su lugar, y por lo tanto no tiene forma de volver a la superficie. Es atrapado por su entorno, y sobre todo por la mujer, con la ayuda de los aldeanos. A la hora de pedir explicaciones, la mujer le explica que su trabajo consiste en llenar baldes de arena a cambio de comida y agua, pero que es un trabajo muy pesado para ella sola. En ese momento la realidad de Jumpei se ve trastocada categóricamente, y debe comenzar a enfrentar una vida nueva –contra su voluntad – en un ámbito desconocido y jamás imaginado por él.

En uno de tantos intentos por huir Jumpei logra salir del pozo, pero es atrapado y devuelto a él por los campesinos. No tiene otra opción que afrontar su nueva realidad y va cambiando lentamente su conducta con la viuda. En esta, sorpresiva, inserción en su nueva vida descubre accidentalmente que se puede obtener agua por acción capilar, enterrando un recipiente de madera en la arena. sí, de a poco, Jumpei va redescubriendo la esencia de la libertad, de su libertad como individuo en aquel lugar.

Los hechos sucesivos influyen en su estado de ánimo, lo que lo lleva a la espera de un hijo con la mujer. Las mañanas ya no le son tan agobiantes como al principio y sin proponérselo va olvidando el apuro y la desesperación que tenía para evadirse de aquella prisión de arena.

El director logra un relato fantástico en medio de un enorme desierto real, donde las arenas producen la sugestiva ilusión del encuentro del entomólogo con su futuro.

Estamos ante una propuesta visualmente singular, que merece, y necesita, ser vista más de una vez, para luego reflexionar, llevados por la interrelación entre las imágenes, el montaje poético, los diálogos secos y precisos, y las acciones que traman la trampa, inevitable, en la que está sumergido al personaje.

 

Está es una de las películas que más me impresionó en mi vida como cinéfilo, y que me marco cuando la vi por primera vez, hace ya más de 30 años. Tristemente nunca más volvió ocupar un lugar en las pantallas de los cines de Buenos Aires. Nunca dude en recomendar a otros cinéfilos que no desperdiciaran cualquier oportunidad que tuvieran de verla. Y siempre estuve en la búsqueda de una copia, en cualquier formato, para poder proyectarla en nuestras funciones. Este film, como muchos otros, es parte de ese canon de películas de alto nivel, relevantes, imprescindibles, que deberían ser vistas sobre todo por las generaciones nuevas.

 

Por otra parte, en esta interminable búsqueda de fotos, afiches, copias, y datos sobre estas joyas cinematográficas siempre hubo, y hay, amigos a quienes acudo muy a menudo, y ellos hacen lo que pueden por complacerme. En este caso debo mencionar, y agradecer, la colaboración inmensa de tres amigos: Gustavo Peduto, Ignacio Lopéz y Francesco Guarino, ellos, han hecho todo lo posible para concretar la proyección de esta película. En la trastienda de nuestras funciones siempre contamos con personas anónimas que aportan lo suyo, y este es un momento adecuado para ofrecer un tributo de agradecimiento a todos ellos.

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  • abel posadas

    Una verdadera obra de arte que trabaja sutilmente la metáfora del encierro en el hombre contemporáneo. Encierro debido a imperativos categóricos a los que no
    puede escapar

    abel posadas