Proximidad del amor, Tracey Emin

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Proximidad del amor es una colección de columnas que la artista británica Tracey Emin escribió para el diario The independent de Londres entre 2005 y 2009. Pueden leerse como una serie de crónicas de la vida de Emin; su valor testimonial y su carácter subjetivo son rasgos destacables.

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Asimismo, pueden leerse como partes de un diario íntimo donde la autora vuelca sus miedos y sufrimientos más profundos. En uno de los textos la autora dice “es como si me hubiese vuelto propiedad pública”. Quizás en eso consiste la propuesta de esta artista, en hacer público lo privado. Una decisión jugada, de exponer detalles de su vida íntima, tanto en su producción visual como en la escrita.

Estas columnas pueden leerse en forma aislada, como unidades independientes o también como un cuerpo orgánico con unidades que se interrelacionan, ya que existe una consistencia que hace que todas ellas puedan conformar un todo. La voz de la autora, con su propio color y registro, se hace presente siempre en cada una de ellas.

En estos textos podemos apreciar la difícil relación que Emin tiene con su propio físico y con su propio ser. “Las únicas veces en las que me he mirado al espejo y no me he odiado es cuando he estado peligrosamente flaca. Mientras menos haya de mí, más me gusto”, enuncia. Su miedo al abandono y a la soledad (“no paraba de pensar en si pasaré los próximos veinticinco años sola”) es también una cuestión en la cual la artista hace hincapié. Esto también está ligado al tema de la maternidad y la negación de la maternidad, marca fundamental de su obra, ya que los abortos que tuvo Emin han dejado una inconfundible huella en su producción artística y también en sus textos. Estos hechos han sido traumáticos, pero ella le agradece a Dios el no haber tenido esos hijos. Lo que el lector puede observar al leer estas columnas es que claramente hay una posición contradictoria con respecto a la maternidad? y probablemente esto hace que su escritura sea más rica, más permeable a las interpretaciones?. Por un lado, Emin parece querer escapar como sea al hecho de ser madre, pero por otro parece desearlo. Dice que ha considerado inseminarse y congelar los óvulos, y también la adopción. Sin embargo, mientras la maternidad aparece con esta dualidad (anhelo y rechazo), Emin postula la posibilidad del artista de procrearse de algún modo y de trascender a través del arte: “a medida que envejezco, se hace cada vez más obvio el hecho de que mis hijos están colgados de las paredes de la Tate Britain”, dice en referencia a sus obras expuestas en el museo.

Las columnas también exploran el problema del alcoholismo, que padece la autora. Si bien Emin aborda temas muy duros, siempre está la posibilidad de la fuga por el lado del humor, un humor irónico, una mirada crítica sobre sí misma que permite la risa aún cuando lo que se está diciendo es terrible: “Imaginate si tuviera un bebé, tendría que llamar a cada bar, cada pub, cada club y decir, eh…habla Tracey Emin, ¿no me olvidé algo anoche en su local?”.

Emin no puede quedarse quieta. Sus viajes, su vida social, su producción como artista lo atestiguan. Dice que le encanta cómo se desplaza la vida, nunca hacia atrás, siempre hacia delante. No obstante, en todos estos desplazamientos ella no encuentra el amor. Y ahí radica la ironía del título del libro. La artista está rodeada de amigos, pero en cuanto a las relaciones de pareja, se declara como una maestra en el amor no correspondido.

Hay una frase de Byron que ella rescata: “Estoy parado al borde del precipicio y lo que veo es maravilloso”. Se podría decir que Emin está parada frente a su propio abismo y que su forma de no caer en él es llenarlo de imágenes y palabras. Aquí vale destacar que estos textos no carecen de momentos poéticos. Por ejemplo, cuando la autora describe el fracaso y el autodesprecio como la sensación de estar envuelta en una crisálida entumecida. Emin dice que la forma de romper esa crisálida es pintando en su taller.  Siempre aparece la fuerza transformadora y salvadora del arte. Ella misma sostiene que es lo que la mantiene viva. Incluso el arte aparece como una fuerza semejante a la de Dios.

“Mentira blanca, mentira negra, sus fronteras van extendiéndose de a poco, me guardo algunas cosas, modifico la historia de manera sutil cuando la cuento”, afirma la artista. Su idea de verdad no para de moverse y ella ya no puede asirla. Emin confiesa que todo le parece resbaladizo y lejano.

A veces, leyendo sus columnas o viendo sus videos nos podemos olvidar de que estamos ante construcciones, que no tenemos ante nosotros a la realidad, a la verdadera vida de Emin desplegada mágicamente ante nosotros. Sus creaciones tienen su inconfundible marca y su contundencia en la narración de lo que ha vivido impacta. Emin es una hábil narradora que hace de su vida la materia prima de su arte. No teme mostrarse y no busca esconderse tras elaborados artificios; no obstante no podría decirse que se muestra tal cual es, porque, según mi punto de vista, no hay una esencia que el lector o espectador deba descubrir.

La introducción del libro que hace Cecilia Pavón es acertada en varios sentidos, aunque disiento con ella cuando afirma que “la única arma de Tracey Emin es la espontaneidad” y cuando se refiere a “su búsqueda maniática y ansiosa por revelar la verdad”. “Para ella ?advierte Pavón? una obra de arte no es un constructo sino una continuación orgánica de su psiquis y su cuerpo.” Pienso que sí, los relatos de la autora (tanto sus columnas como sus videos) indagan en la profundidad de su psiquis y que el cuerpo de la artista también está siempre muy presente, se hace por momentos casi palpable. Pero lejos de revelar la verdad, la artista nos brinda un relato sobre sí y este no puede ser otra cosa que una construcción. Desde el momento en que ella escribe sobre lo que ha vivido, pone inevitablemente cierta distancia; creo que su única arma no es la espontaneidad sino el arte con que ella transforma su vida en un relato. Hay una mediación en este pasaje, una elaboración de lo que ha pasado que se nos presenta a nosotros mediante el filtro de la autora.

Las fuertes imágenes y situaciones descriptas por Emin me hacen recordar una vieja historia en que un artista chino, perseguido y condenado por un emperador, consigue escapar en el mar que logra pintar dentro de los confines del palacio; un mar que desborda los límites de la pintura y que invade el mundo real. Quizás es lo mismo que consigue Tracey Emin con sus obras y con sus columnas: escaparse, perderse dentro de sus creaciones, que invaden la realidad, trascienden sus propios márgenes (así como la realidad las invade a ellas). El lector no se encontrará aquí con una verdad revelada, solo versiones de lo real, que sin importar el grado de veracidad de lo narrado, no dejan de ser relatos. Allí está su fuerza, la poderosa seducción de textos que interpretan, que no están cerrados.

La autora nació en Londres en 1963, y estudió en el Maidstone College of Art y en el Royal College of Art, de Londres. En su obra, basada en la autoexposición, utiliza los eventos de su vida como inspiración para realizar pinturas, videos, instalaciones, fotografías, bordados y esculturas.