Un lugar entre las nubes

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El teatro para niños suele ser sumamente aburrido para los adultos y en muchos casos también para los propios niños. La saturación de colores y sonidos forma parte habitual de los espectáculos masivos, tanto para adultos como para niños. La tv, que es el principal medio de entretenimiento de nuestra sociedad (nos guste o no), hace gala de esa saturación. Estridencias visuales y sonoras coronan la falta de ideas originales y, otra vez (nos guste o no) las consumimos y hasta nos parece que las disfrutamos y así hacemos que nos reímos, pero con ganas (con ganas de reírnos).

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Por suerte hay gente que se toma en serio el teatro para niños. Y brinda un espectáculo que supera la prueba del adulto, o mejor dicho la del niño que lleva dentro todo adulto (y que tranquilamente puede acoplarse a la del niño que está fuera y que es la excusa para ir al teatro). Eso sucede con “Un lugar entre las nubes” que el Grupo 55 montó en el teatro La Carbonera en pleno corazón de San Telmo. De la mano de Jorge Ferro, Andrea Martínez y Hernán Bustos nos sumergen en un mundo que contiene otros mundos y en donde a juzgar por las risas (y las ¡reflexiones!), los niños son los primeros convidados.

La historia es recursiva desde el primer momento. Unos trabajadores del correo, un chico y una chica, irrumpen en la escena trayendo una caja con un producto original pero a la vez universal. Un equipo para jugar a “Cuéntelo usted mismo”. A partir de allí se desarrolla la historia, o mejor dicho las historias, ya que con los objetos que hay dentro de la caja se cuentan varios cuentos. De los conocidos y de los otros. Los elementos para contar la propia historia son todos cotidianos y claro están contenidos dentro de la caja. Broches, telas, ovillos, coladores, cajas (sí, dentro de cajas), que se transforman, mediante la acción y el oficio de los actores, en los protagonistas de los cuentos. Protagonistas que, por cierto, son acompañados por el coro de la infancia, que tiene claras influencias (aunque no lo sepan aún) del papel del coro de las tragedias y las comedias griegas y en general del papel tradicional del público en el teatro.

La obra apela a las sutilezas, confiando atinadamente que los niños entienden la sutileza. Y ¡vaya si lo hacen!. Sorprenden las reacciones, que revelan una comprensión plena de las situaciones, aún de aquellas que suelen bordear lo que, como adultos, nos parece complejo y difícil de abordar. En particular, en uno de los cuentos, ocurre o mejor dicho, transcurre, la muerte del abuelito de la niña protagonista, pero todo sucede en un contexto de parsimoniosa lógica. Lo simple, en su profundo sentido filosófico (la Navaja de Ockham), se encuentra presente en la narrativa y eso lo puede entender hasta un niño.

Como se dice por ahí, lograr la simplicidad es una tarea compleja y eso se observa claramente en la obra. Se perciben los años de investigación y trabajo de los autores (que estuvieron investigando en jardines de infantes del Reino Unido), como también el esfuerzo tanto de los actores, como de la dirección y de la producción. Lograr entretener a niños desde los 3 años, sin caer en los lugares comunes, es una tarea difícil; sobre todo cuando no se trata a la infancia como meros consumidores o receptores pasivos de gritos, sonidos, canciones pegadizas o juegos de colores. La apuesta es bien clara y el resultado incuestionable. Los niños y los adultos se divierten por igual.