Cassandra

0
28

No hay posibilidad de identificación con esta Cassandra contemporánea y argentina, con visos existenciales que lee Lispector, se entrevista con Cozarinsky, y realiza sin demasiada compenetración un informe sobre las comunidades tobas y wichis en pleno  impenetrable chaqueño.

Allí la joven egresada de la carrera de Letras que se inicia en el periodismo (cultural?) presta atención a las paupérrimas condiciones hospitalarias, la tremenda desnutrición, la pobreza extrema y el analfabetismo haciendo preguntas por momentos inverosímiles como por ejemplo “¿hace mucho que no hay caciques en esta comunidad?. O “A quien le sirve la culpa si no hay responsables” en una reflexión vacía frente a tanta injusticia fotografiada.

La idea de completar una trilogía basada en mitos griegos que había comenzado con Extranjera, y seguido con El recuento de los daños, dos films sustanciosos con una enorme capacidad visual instalaron a su directora en un tipo de trabajo poético que no suele darse en el cine argentino, al menos en la contemporaneidad. Aquellas películas estaban conformadas por cierta circularidad en el relato que se correspondían tanto con las intenciones como con el resultado final.

En este caso, el personaje mítico elegido es la princesa Cassandra, castigada por un despechado Apolo que hace que sus profecías no sean creídas por nadie. Con esta base mitica, el film prometía un andar por territorios de ciertas desmesuras que hubiera sido mas que sugestivo, si no hubiese sido por ciertas elecciones desafortunadas. Era interesante pensar una periodista como una profeta, en viaje hacia lugares inhóspitos e incomprensibles, o al menos jugar con ese lugar de visión mas allá de la realidad objetiva. Sin embargo, y en primer lugar, la realidad que se eligió, la de los indígenas desgraciados, pesa demasiado como para jugar literaria o metafóricamente. También fue desacertada la elección del engolado Alan Pauls (Apolo tal vez?) en una voz que es la del editor a cargo de los envíos de las notas de la joven desde el Chaco. A través de esa voz over, en tercera persona, se construye una especie de crónica de la crónica. Le envía, por ejemplo, un mensaje a Cassandra,  donde le ordena que se olvide de la primera persona que no ponga en juego sus afectos, que funcione como un radar.

La preferencia por los planos generales hablan ya de una intencionada lejanía que se completa con caminatas por la tierra seca y pobre, y las entrevistas a las mujeres, parcas para hablar algunas de ellas “porque vienen periodistas de Buenos Aires les preguntan todo y todo sigue igual”. Hay algo de esto en Cassandra, y en la película, una preocupación por el metalenguaje antes que por las historias humanas, hasta lo mítico se diluye en un discurrir sin sentido donde los personajes actúan de modo que no se entiende el detrás de personajes que solo explican sus acciones con palabras y más palabras. “En el estado de gracia se ve la belleza de las personas, se siente que todo lo que existe respira y exhala un resplandor de energía. Este estado no se usa para nada. Es como si viniera para que se sienta que se existe”Literario y ambiguo, como dice en un momento.”

O sea, nada. Hasta hay que recurrir a la Pizarnik para quien “Una mirada desde la alcantarilla puede ser una visión del mundo.” Y sí, hubo que ir a la alcantarilla para tener una cierta visión. Pero en definitiva, no hacia falta.