Platón dixit: reflexiones a partir de El ágora de la Paz

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Marta Minujín ha realizado El ágora de la paz en la Plaza Alemania de la ciudad de Buenos Aires, un intento no muy claro -a los ojos de esta cronista- de celebrar los 30 años de democracia.

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Un manchón rosa se divisaba a un costado de Avenida Libertador desde el colectivo. A medida que me acercaba, el manchón que en un momento parecía lejano en distancia y comprensión, ahora tomaba formas geométricas y bien definidas.

“Parada, por favor”. Un chirrido, un pie sobre la acera y allí estaba: El Ágora de la Paz de Marta Minujin. Había leído que aquella superestructura cubierta de libros con frases de amor, amistad y paz, fue construida para conmemorar los 30 años de democracia y así, reeditar aquel Panteón de libros (prohibidos durante la dictadura) del ´83.

Cuando me acerqué, llena de expectativa, llegó conmigo la primera desilusión: “Tenía entendido que el ágora era un lugar abierto en la antigua Grecia, no un templo. Además, reunía varios templos.” Le dije, ofuscada a una asistente mientras que los absortos visitantes insistían en sacarse fotos en el supuesto ágora-templo. La asistente me explicó que la obra replicaba el Templo de Hefesto. Pero ¿por qué la artista recurrió a ese templo períptero? Allí se rendía culto a Hefesto, dios del fuego y la forja. Por lo general, era representado como horripilante y cojo, despreciado por su madre, Hera, y por su esposa, Afrodita. En el Templo de Hefesto se oraba, pero allí no se reunía la Ekklesia (o Asamblea) a decidir el futuro ateniense. Es más, los templos eran lugares de culto con acceso restringido. Claro que la actividad religiosa constituía una parte fundamental de la vida cotidiana de los ciudadanos atenienses y el culto religioso estaba vinculado en gran medida con la política. No sólo se creía que los dioses influían sobre la vida de los hombres, sino que, los ciudadanos debían participar de los múltiples ritos y festividades regulares (tanto de la Polis, como de varias poleis o de la propia familia). Es decir, en pocas palabras, como símbolo de la democracia directa ateniense, el templo de Hefesto es un tanto defectuoso. Vale agregar que fue una democracia directa, no universal (eran excluidos del derecho a sufragar y ser elegido, los esclavos, las mujeres, los niños y los ancianos) donde era requisito poseer y trabajar una finca rural (aunque, en un momento, cambió: hasta los desposeídos podían ejercer su voto), ser hoplita por dos años (participar del servicio militar),  y tener madre y padre ateniense. [1]

La asistente atinó a darme un folleto y para mi sorpresa, en el papel encontré mi segunda desilusión. La imagen ideal plasmada en el prospecto, contrastaba con la que se erigía delante de mis ojos: Desprolija; la estructura, a la vista y con agujeros por todos lados. Agujeros porque faltaban libros  y esto hacía parecer a la obra incompleta. Algo así como el mundo inteligible hecho papel y el mundo sensible, su copia imperfecta, hecho estructura.  Una objeción a este planteo sería: “Platón consideraba la arquitectura, por su precisión técnica y matemática, como un arte ideal”. Sin embargo, cabe hacer una pregunta contrafáctica: ¿Qué diría el filósofo de una obra arquitectónica efímera? La multifacética artista acertó, capaz sin pensarlo, en los colores del templo. Si bien solemos asociar la arquitectura griega con un blanco sacro, por lo que nos develan los últimos estudios, los templos serían de colores vivos y llamativos.

En conclusión, en el Ágora de la Paz se pueden encontrar no sólo vacíos materiales sino también conceptuales. Una desilusión, frente a una fecha importante para conmemorar.



[1] En suma, la Ekklesia tomaba las decisiones políticas más importantes pero no elegía representantes (porque iban a sorteo) pero sí los generales.