Un mundo flotante

0
9

Un mundo flotante, ganadora del segundo premio del concurso Estampas de la Argentina actual, nos habla del fin de una época y de sus consecuencias. Se presenta los viernes a las 20 hs en el teatro El Popular.

- Publicidad -

 

“…Cantar una canción, beber vino. Consolarse a sí mismo dejándose llevar mientras flota; no preocuparse por el último céntimo que se gasta y no permitir a tu corazón que se hunda, sino sostenerlo en lo alto como una calabaza flotando en el agua. Ese es el modo de vivir en este mundo flotante.” Ihara Saikaku

 

Aunque milenaria, la frase que antecede parece una fórmula para sobrevivir a los 90´. Muchos la han aplicado con éxito y en estos nuevos tiempos (nuevos vientos) añoran sus restitución, la fiesta individual en detrimento del colectivo. Uno a uno,  veraneos en Miami, prometidos viajes a la estratosfera a costa de cierre de fábricas, privatizaciones y pueblos olvidados.

En este contexto (y lejos de la frase) se sitúa Un mundo flotante. La acción transcurre en Pipinas, ubicado  cerca de Magdalena, a fines de esa década nefasta. La cementera, motor económico del pueblo, ha cerrado sus puertas y ha dejado, en consecuencia, a sus trabajadores en el desamparo. Como modo de resistencia algunos de sus pobladores (dos ex sindicalistas y un joven desprevenido) dan vida a un sueño tan absurdo como imposible: Un hotel recuperado en cooperativa que intenta recrear la cultura del lugar.

Como en la Trilogía Argentina Amateur, escrita junto a Andrés Binetti, Mariano Saba recurre al grotesco criollo para desandar una historia que casi no se puede contar de otra manera porque esa exageración, ese desborde es un poco nuestra forma de ser y de sentir. En una entrevista, realizada por Ivanna Soto para Ñ Digital (a propósito de la obra Madrijo), Saba señala: “Yo creo que el grotesco está vinculado con una constante que atraviesa la idiosincrasia de nuestro pueblo. Siempre hemos sido en parte excesivos, y ese exceso tiene su encanto y su peligro. El grotesco para mí es la lengua de ese exceso. Eso me parece apasionante, porque el exceso es teatral. El teatro requiere de un acto excesivo, esa es su trascendencia. Y nosotros, como sociedad, estamos en los extremos, siempre. La manera en que la gente se expresa, defiende sus ideas, se cuenta, o se piensa, en general, siempre es de una manera muy extrema. Y el grotesco es como juntar extremos, por eso creo que tiene mucho que ver con nosotros.” No sólo a nivel del lenguaje aparece el grotesco en esta obra. Su registro se despliega también temáticamente, en la construcción de los personajes, incluso en el vestuario (el poncho para dar idea del terruño y esos gorritos de recepcionistas tan de hoteles foráneos)  y en la escenografía (la sala principal del hotel, con muebles viejos y un cuadro que habla de otra época de esplendor). Algo del orden de lo ridículo inunda la escena y toda risa se ahoga necesariamente en el espanto.

Hay símbolos que se desarman a cada paso y se reconstruyen en el siguiente movimiento. Casos particulares que representa la debacle generalizada: Un extranjero se hospeda en el hotel, no atraído por el paisaje ni por las ofrendas autóctonas sino por Pupo, el muñeco que el ex sindicalista devenido ventrículo (torpe y de trazos gruesos) ha transformado en Mimí. Es herencia de su padre, parte de su linaje pero también de su supervivencia en fiestas de quince. Se verá tentado por una oferta difícil de rechazar, para seguir viviendo, para no desaparecer. El tema de la falta de dinero  aterriza entonces en escena como si el tiempo (y el devenir teatral) no hubiese pasado y con él aparecen la debilidad espiritual, el egoísmo, los escrúpulos o su falta, lo indigno.

Hay referencias cercanas y reconocibles, como la anterior, y otras más lejanas y eruditas. Shakespeare, una vez más, se cuela en la dramaturgia de Saba para hablarnos de la madre de todas las tragedias: la traición (vinculada siempre al sentimiento de culpa). En boca de Mimí escuchamos fragmentos de Macbeth y Hamlet y esas palabras rebotan entre los sintagmas “matar al hermano”, “traicionar al rey”, “vender el recuerdo del padre” y “vender la patria”.

Los personajes oscilan entre la ternura y el patetismo. Cristian Sabaz (quien también dirige la pieza)  compone a un hombre autoritario que se resiste a ser devastado. Lleno de ruido y furia (otra vez Shakespeare), intentará preservar la idea del nosotros aunque para eso sea necesario destrozar alguna que otra individualidad. Su contracara es el muchacho que los asiste, un ejemplar  propio de los 90´sin grandes deseos ni preocupaciones salvo la ilusión de embocar algún numerito en la quiniela. Entre los dos está el ventrílocuo, que no puede definirse entre ninguna de esas formas de existir. Y afuera los perros famélicos, el paisaje desolado y la chimenea de una fábrica que a veces parece rechinar como un fantasma.

Un mundo flotante, ganadora del segundo premio del concurso Estampas de la Argentina actual, nos habla del fin de una época (que está en el recuerdo de todos y, lamentablemente, en el deseo de muchos) y de sus consecuencias. Construye una imagen hiperbólica de la realidad pero es tan verdadera, tan precisa en su desproporcionalidad que reímos para no llorar.