Afuera

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Llego a Santiago y en lo único que pienso es en la Colorina, Stella Díaz Varín, la poeta y la apasionada, la que andaba calzada, la que se tatuó con Enrique Lihn en un bar una calavera e hicieron un pacto para asesinar al presidente de ese entonces, González Videla… Una más del diario de viajera de Gabi.

Dos operaciones de laringe. No una, sino dos. En las cuerdas vocales. Por eso, leer voz y yo, hasta que otra operación nos vuelva a unir. Cruzo Los Andes con mis libros, tal vez, para emular un antes con voz. Llego a Santiago y en lo único que pienso es en la Colorina, Stella Díaz Varín, la poeta y la apasionada, la que andaba calzada, la que se tatuó con Enrique Lihn en un bar una calavera e hicieron un pacto para asesinar al presidente de ese entonces, González Videla. La que luchó y fue torturada y violada. La que escribió por ejemplo: “No quiero/Que mis muertos descansen en paz/ Tienen la obligación/De estar presentes/Vivientes en cada flor que me robo/A escondidas/Al filo de la medianoche/Cuando los vivos al borde del insomnio/Juegan a los dados/Y enhebran su amargura”. La que tenía la voz oscura y profunda, tan roja como la franja en la bandera chilena. La que tuvo un romance con Jodorowsky. Y también con Parra. La que inspiro poesías. La que fue madre y perdió a sus hijos. La que fue mal llamada la “poeta punk”, ocultando con la leyenda su poesía. ¡La extraordinaria poeta chilena, Stella Díaz Varín! Esa. Difícil encontrar sus dados  y su enhebrar en las librerías de Santiago. Sé que se encuentra recientemente editada Obra Reunida publicada por la editorial Cuarto Propio pero los libreros no conocen mucho de ella. La Colorina seguirá  en mi mente  y en mi búsqueda pero esta también esta es  la tierra de Lihn, de su Hotel Lucero, de los antipoemas de Nicanor, de los aires agitadóricos de la Violeta, joder! ¡De Gabriela Mistral y de Roberto Bolaño! De Pedro Lemebel, pero ¡ claro ! si Lemebel ( también operado de laringe) estuvo hace unos días en Buenos Aires invitado por el FILBA, Festival de Literatura de Buenos Aires, que se realiza, este año por primera vez, en dos ciudades: Buenos Aires y Santiago. En Buenos Aires no conseguí entradas. Entonces, aquí sí. ¡ Lo veré, lo veré!  Corro al GAM, Centro Cultural Gabriela Mistral, imponente sobre la Av. O`Higgins. El edificio aprovechó la infraestructura de un centro de convenciones levantado originalmente en 1972. Fue re-inaugurado en 1996 y rebautizado con el nombre de la Nobel. Su proyecto fue elegido mediante concurso internacional entre más de cincuenta propuestas.Es de una arquitectura urbana y contemporánea, con hierros e irregularidades dando lugar a espacios amplios y desnivelados. Lindo. Bueno, la cosa es que acá tampoco hay entradas para ver a Lemebel. Me pregunto ¿dónde están las entradas de los que nunca conseguimos entradas? Sí, las tienen los que siempre consiguen entradas. Me voy festejando igual el sol al Cerro Santa Lucía buscando un lugar dónde leer a Lemebel. Una vengancita secreta.

Sigo rastreando en la programación del FILBA Santiago ¡ Molloy! ¡ Molloy! Que también estuvo en Buenos Aires en el FILBA y en el Ciclo Carne Argentina. Es que soy muy boluda, y siempre que pasan cosas importantes nunca puedo ir. Esta es mi oportunidad, estoy afuera y sin hablar: ¡Molloy! Todavía me resuena algún fragmento de Desarticulaciones, que leí apenas entré en el silencio. Perder palabras, no con el silencio sino cuando éstas se ocultan en la oscuridad de la memoria. Mi ilusión se desvanece como el hilo de mi voz: Molloy no viene a Chile y entonces sólo me queda lanzarme a El común olvido ( que por suerte traje).

Los domingos a la mañana en Buenos Aires tienen para mí la condena de la lectura de diarios y suplementos. Una condena a la que yo misma me ato porque si no hago eso siento que estoy fuera de mí. O fuera de algo. Pero aquí en Santiago puedo salir de mi prisión canillistíca y hacer otras cosas. ¿Qué tal un recorrido literario por Santiago, que también me propone el Filba? Dale, vamos. Sol y un poco de frío, parece que este invierno no se va ni de Argentina ni de Chile. El itinerario está planteado siguiendo citas de autores. Desde Nicolás Guillén hasta Alberto Fuguet. Lo llevan adelante simpáticos y entusiastas jóvenes. A veces faltan datos en sus alocuciones ( por ejemplo, una mínima referencia de quiénes son los autores menos conocidos ) y se pierden un poco en las historias que cuentan pero en general es agradable mirar una ciudad a través de la literatura que produjo. Lo mejor de esta ruta literaria como siempre,  es lo imprevisto, lo que no estaba calculado, lo que acontece inesperadamente y descoloca al público y organizadores. En el final ya del trayecto, en Plaza de Armas, comienzan las palabras de despedida de los guías, los agradecimientos y las invitaciones. Es ahí que irrumpe un borrachísimo señor que trata inútilmente de esconder en su mano izquierda una botella de cerveza. Las últimas sílabas de sus palabras se arrastran más que la que te dije (¡tocate la teta izquierda!). Ahí está parado en el semicírculo. Y comienza a recitar. ¡Sí! recita una poesía extensa, tal vez improvisada, pero lo hace muy bien. Todos atónitos y escuchando sus versos: “la verdad está en tus ojos/ la verdad de las cosas son tus acciones”. En Chile hasta los borrachos se hacen de la poesía. Lástima que no lo grabé, porque eso que dijo, lo dijo esa vez y nunca más. No creo que lo recuerde nadie. Ni él mismo. Ahí se fueron entre los árboles de la plaza, unos versos al infinito. Nunca antes dichos, nunca más repetidos. El tipo estaba totalmente fuera de sí, y continúa recitando entre la gente mientras se disipa la ronda y todos ya han perdido el interés en él.  Fuera, está fuera. Los tanos tienen una expresión que me encanta para expresar cuando se está desencajado: Fuori come un balcone. El tipo este está así, fuera como un balcón. Como muchos de nosotros: afuera. Del edificio dónde está Lemebel. Como esta afuera Molloy y viene cada tanto. Como está fuera La Colorina: del canon y de las librerías. Como está afuera la primavera. Como estamos afuera todos siempre de algo. Yo afuera, mi voz afuera. No  está tan mal estar afuera, siempre tenemos venganzas secretas, como mirar al cielo juntándose con los Andes, recordar un verso o besarse, afuera, entre matorrales.