Hannah Arendt: la banalidad del mal

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Segunda nota sobre la película de Margarethe Von Trotta sobre el episodio relacionado a la publicación del polémico libro de la pensadora alemana: “Eichmann en Jerusalén: Un estudio sobre la banalidad del mal”.

Esta biopic sobre la filósofa y pensadora política Hannah Arendt abarca el periodo de su carrera en el que escribió el libro “Eichmann en Jerusalén: Un estudio sobre la banalidad del mal”, primero publicado en cinco partes por The New Yorker y después en su totalidad, como libro.

Para la película todo empieza cuando Adolf Eichmann es capturado por el Mossad en Buenos Aires, 1960; para Hannah Arendt (Barbara Sukowa), cuando abre un diario y se entera de que Eichmann va a ser enjuiciado en Jerusalén el año siguiente. Ella ya era la autora del libro “Los orígenes de totalitarismo” (1951), libro que, como se comenta en la película, era considerado algo abstracto sobre el tema. Arendt, aparentemente con una sensación similar, decide enviar una petición al diario The New Yorker para asistir y cubrir el juicio. En la carta les escribe que su interés es poder ver a un nazi “in the flesh”. Pero lo primero que se encuentra al llegar a Jerusalén es que Eichmann va a vivir el juicio detrás de una cabina vidriada y con cuatro soldados israelíes, bajo la idea de que el acusado todavía es una amenaza. En el juicio, sacando esos dos elementos, la jaula y la custodia, Eichmann igual no hubiera significado un mayor peligro para la sala, lo que ahí quedaba encerrado, y este era el verdadero peligro, era lo que Eichmann representaba. El veredicto final se conocía desde el principio. Él iba a ser juzgado por sus crímenes con todo el peso de la conciencia judía.

Recorriendo Jerusalén durante el juicio, Arendt se encuentra con que toda la ciudad sigue el caso a Eichmann a través de la radio. También se levanta de la sala de redacción cuando uno de los testigos entra en un aparatoso ataque de nervios mientras da su testimonio. Para Arendt, en este punto, se empieza a tratar de otra cosa.

En Jerusalén también se va a encontrar con su amigo Kurt Blumenfeld (Michael Degen), al que conocía de su pasado sionista. Así, Kurt va a abrir para nosotros la puerta al pasado de Arendt. Dice de ella que siempre está en contra, de forma ingeniosa, sí, pero terca. Esto que él dice con el afecto de quien recuerda a una persona querida, otros personajes más adelante lo harán de manera contraria, llamándola “puro ingenio y nada de sentimientos”.

Este tipo de pensamiento en contra de Arendt nace de la controversia generada una vez publicado el primer artículo en The New Yorker. Ahí, entre otras cosas, Arendt argumenta que los líderes judíos, mientras creían que estbana negociando con los nazis la extradición de los miembros de su pueblo, en realidad estaban desdibujando las posibilidades de un futuro para la nación judía. Ella sostiene que si el pueblo judío se hubiera levantado en una revolución, al menos la que hubiera sido posible en esas circunstancias, quizás el número de muertes no hubiera sido de 5 o 6 millones. Esta argumentación fue sobre-leída por la mayoría, siendo tomada como una acusación al pueblo judío como débil, y como máximo contribuyente a su propia exterminación.

En las ediciones posteriores del libro de Arendt se encuentra el Post-Scriptum, que desde ciertos puntos de vista es más revelador que el libro original, y es sobre este punto donde sucede la mayor parte de la película.

El juicio sobre Arendt llega desde críticos culturales, conocidos, amigos cercanos y todos los miembros del pueblo judío que son mostrados en el film, el Estado de Israel incluido. Las acusaciones siempre tienen el tema de la supuesta acusación de la filósofa al pueblo judío sobre su pasividad durante la Shoah, pero en el libro se encuentra otro argumento sobre el pueblo judío que en su momento también recibió críticas. Arendt plantea una diferencia básica entre los juicios de Núremberg y el juicio a Eichmann. Mientras que los de Núremberg eran dirigidos por el Tribunal Militar Internacional, el juicio a Eichmann era dirigido por jueces que representaban a la suprema corte de Israel. La preocupación de Arendt sobre este punto son los límites que separan la justicia de la subjetividad.

Cito del libro: “El elemento central de un juicio tan solo puede ser la persona que cometió los hechos – en este aspecto es como el héroe de un drama-, y si tal persona sufre, debe sufrir por lo que ha hecho, no por los sufrimientos padecidos por otros en virtud de sus actos.

Aquí es donde Margarethe Von Trotta, la directora del film, hace su silenciosa entrada en lo que parece ser una típica biopic. Los conceptos desarrollados en el libro son obviamente inabarcables para las dos horas de una película. Aunque el principal, el de la “banalidad del mal” es descripto, y esta es la invitación formal a ver la película. El acierto de Von Trotta es trabajar sobre las reacciones y acusaciones a Arendt, que al venir de todos los ángulos posibles, sugieren sus ideas sobre la jurisdicción (uno de los argumentos en su contra es que trató el tema como si fuera un tratado filosófico y no como el juicio que el pueblo judío estaba llevando a cabo), y sobre la justicia. Ninguno de estos son tratados en el film a través del personaje de la filósofa, sino en el plano ficcional de la directora. Así, la cámara se pone del lado del espectador, que a esta altura también está juzgando, y nos muestra a través de flashbacks la relación de la joven Arendt, entonces alumna, y de su profesor, y posterior amante, Martin Heidegger (Klaus Pohl). Ellos discuten la posibilidad del pensamiento apasionado, el pensamiento como la tarea más solitaria que se puede llevar a cabo por un ser humano, y la desoladora sensación de que no tienen resultados prácticos. En otra vuelta de tuerca, la directora nos muestra el juicio de Arendt a Heidegger cuando este se convierte en miembro del partido Nazi. Sobre esta relación es que Von Trotta basa su interpretación del personaje. La última palabra es para Hannah Arendt.

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