Esquinas en el cielo

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Esquinas en el cielo es una obra singularísima de la que (casi) no podemos hablar sin literatura, sin metáforas que se aproximen a lo que es, a lo que significa ese hermoso e inquietante mundo construido, donde lo siniestro y lo sobrenatural dominan la estructura y el pulso de la trama.

 

Un cuarto propio

Somos lo que leemos. Los que amamos los libros, tarde o temprano, somos lo que leemos. Fue Borges el que señaló su preferencia por  jactarse de las páginas leídas antes que de las escritas. Leer otras voces (mejores, perfectas) es movilizar la propia voz, hacerla caminar hacia nuevos territorios o hacia los mismos de diferente modo. Leer es como mover el avispero de una imaginación dormida que, si tiene suerte (y talento y esfuerzo) verá nacer su propio destino. Leer y escribir, entonces, quizás sean las dos caras de la misma moneda.  Para Borges son dos aristas de la felicidad: “Creo que  una forma de felicidad es la lectura; otra forma de felicidad menor es la creación poética, o lo que llamamos creación, que es una mezcla de olvido y recuerdo de lo que hemos leído”.

Entre recuerdo y olvido, Mariana Mazover logra apropiarse de cierto imaginario (de ciertos imaginarios) para construir un mundo propio. Esas voces (que vienen desde lejos pero que están tan cerca) se resignifican, cambian y se transforman en otra voz. Como en Piedras dentro de la piedra, elige trabajar en un proceso de dramaturgia del actor en la que los materiales literarios sirven como motor, impulso o soporte. Resuenan Silvina Ocampo, Clarice Lispector, Liliana Hecker y Enrique Wernicke, poéticas disimiles que, sin embargo, confluyen en una patria común, la verdadera: la infancia.

Del diálogo, el cruce, la subversión y el olvido de esas lecturas nace Esquinas en el cielo, una obra singularísima de la que (casi) no podemos hablar sin literatura, sin metáforas que se aproximen a lo que es, a lo que significa ese hermoso e inquietante mundo construido, donde lo siniestro y lo sobrenatural dominan la estructura y el pulso de la trama.

Lucrecia (Alejandra Carpineti) vive encerrada en su cuarto de juegos. Es una niña pero ya no debería serlo. No tiene edad. Su cuerpo crece pero está aprisionado en un vestidito (en cuatro paredes, en la locura o la desesperación del padre) que la detiene en el tiempo, sin pasado (que sólo vuelve en los recuerdos inventados) y, lo que es peor, sin futuro. Tiene una rutina obsesiva marcada por la cadencia de una espera: La llegada de su madre muerta. Sin, embargo, la que llega es su nueva institutriz, Adela Ortiz (Lala Mendía), que, en el vínculo (a veces distante, violento, otras veces tierno, piadoso) entablado con la niña, torcerá el curso de los acontecimientos.

La pieza se ubica lejos del realismo, juega con lo fantástico y lo extraño de modo especial y en varios niveles: el lenguaje, la construcción psicológica de los personajes, los objetos, el adentro y el afuera de la escena.  El espectador se mantiene en vilo por un no dicho latente, un por qué y un para qué que se nos niega; lo que sabemos del afuera nos llega por el discurso de Lucrecia, heredado de los relatos de su padre (que dice poco en escena pero a su vez es omnipresente, casi un dios): árboles hecho al revés (con las raíces para arriba), personas que son devoradas por las esquinas, cielos de cartón pintado, hombres que cacarean. Ese relato imposible posibilita que, en el adentro, todo resulte, más que un sueño, una pesadilla: las cosas tienen una vida secreta, pueden matar o morir; la mentira vacila entre la inocencia y la perversidad (“La mentira no es algo malo ¿Ves? Es Estar jugando a algo con alguien sin saber que el otro está jugando. Recién me llamé Olivia y maté a alguien de cáncer de médula.”), al igual que la protagonista. La intervención de Adela traerá una verdad (alguna verdad) y dejará abierta la puerta (simbólica entre tanto encierro) para la realidad (alguna realidad).

Esquinas en el cielo resulta así una especie de fantástico invertido (No sé cómo podría llamarlo de otro modo) donde la realidad latente irrumpe en  el universo onírico/siniestro/sobrenatural de Lucrecia para sembrar la duda, la posibilidad otra que le permita escribir su propia historia, su cuento personal con edades y tiempo que pase.

Vuelvo al principio: Los libros. La poética de Mazover está llena de imágenes que se fijan en la memoria y son difíciles de soltar. Me quedo esta vez con los sentidos desplegados alrededor de los libros y su poder: Lucrecia sólo lee los ejemplares que preexisten en su habitación y se niega a leer los que trae Adela por una rara creencia:Los libros que venden en este poblado tienen una página en blanco. Dicen que si un lector se cae en esa página en blanco cuando son las 3 en punto de la tarde, se muere.” Quizás en esos libros no haya muerte sino huellas del pasado, historias de otros, recorridos que a la niña le estaban vedados y que tal vez ahora pueda conocer.

Excelentes actuaciones (¿Cómo no destacar el sensible trabajo de Alejandra Carpineti en su composición de una niña llena de miedos, en las postrimerías del otoño y de la infancia?), un texto exquisito, audaz, lleno de matices y miles de detalles cuidados (la escenografía, el vestuario, la gráfica y un gran etcétera) hacen de Esquinas en el cielo una experiencia imperdible. Vayan a ver cómo una dramaturga y directora sigue construyendo su “cuarto propio” dentro del teatro argentino contemporáneo.

 

Ficha técnica

Dramaturgia y dirección: Mariana Mazover
Actúan: Daniel Begino, Alejandra Carpineti y Lala Mendía
Producción Ejecutiva: Natalia Slovediansky
Asistencia de dirección: Camila Peralta
Asistencia dramatúrgica: Ornella Dalla Tea
Diseño de Vestuario: Pía Drugeri
Diseño de escenografía e iluminación
: Félix Padrón
Asistente de Escenografía: Mauro Petrillo
Diseño de Maquillaje: Ana Pepe
Música Original: Mariano Pirato
Fotografía: Luiza Lunardelli
Domingos a las 18 Hs.
Teatro La Carpintería | Jean Jaures 858| Abasto

Localidades $ 80| $60 estudiantes y jubilados