La maldición de la literatura, Liliana Díaz Mindurry (I)

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Liliana Diaz Mindurry  en su ensayo La maldición de la literatura aborda la limitación de la palabra como cuestión intrínseca del lenguaje. La maldición es la distancia que existe entre lo que el escritor quiere contar y no puede, el vacío indecible que hay entre el pensamiento y la palabra.

En su hipótesis, pone de manifiesto la cuestión de la maldición: el mal decir. Hace un recorrido por diversos autores y con esta argumentación la autora propone asumir el equívoco que lleva consigo la palabra para correr con la ventaja de saber de ante mano que nunca se podrá decir con exactitud lo que se quiere decir. “La literatura (o diremos la poesía para descartar una escritura mercantil) asume como héroe griego toda la fatalidad de su sino. En primer lugar, escribe haciéndose cargo de la imposibilidad de escribir. En otras palabras, asume la paradoja máxima. La insatisfacción será total y habrá que asumirla como un héroe que no puede vencer al dragón, pero no deja por ello de combatir. Es como si el escribir le deparara la salvación eterna, pero no cree en ninguna eternidad. Apuesta al absurdo. Por eso escribir es una fe como la fe en Dios, una apuesta a la nada. Escribir, tal vez parte, de una desesperación asumida, que al emprenderse en su vacuidad se vuelve una muy extraña esperanza. Y emprende contra todas las maldiciones, los mal-decires, siendo el colmo del Mal-Decir”.

Una suerte de pesimismo ambiguo se percibe en La maldición de la literatura cuando a medida que se avanza en la lectura los argumentos de la autora dejan en el lector una suerte de desesperación, aunque Mindurry no concibe la escritura desde la angustia, la angustia y el placer para ella al momento de escribir no son términos opuestos y la escritura  es un intento de ordenar el caos. Esto deviene en una rueda interminable: asumo como lectora que lo que leí no es lo que la autora quiso decir y que lo que el lector leerá al respecto de su libro, es decir lo que ahora escribo, no será nunca lo que quiero decir. Caerá inevitablemente en la confusión del desencuentro. Pero “el Mal-Decir literario es un camino que se abre a la posibilidad de un gozo que ni siquiera es pensable”.

La maldición de la literatura habla de la palabra que  cuestiona su propio vacío, su propio decir mal generando más vacío.

“La poesía no enseña ni revela nada, por el contrario es un fenómeno de oscurecimiento, de velo. No muestra sino que esconde, no ilumina si no que entenebrece. Se juega con las palabras: se vela para des-velar el caos. Jamás la metáfora mostrará o iluminará: al contrario al decir que en una cosa es subsisten muchas cosas posibles en combinaciones inesperadas, estamos en la plenitud del fenómeno paradójico.”

Liliana Diaz Mindurry  se pregunta a la manera cartesiana: “¿Existen los hechos fuera de las palabras? ¿Algún hecho deja en el hombre de volverse palabra? ¿O puede ser una extraña valentía el asumir el solipsismo esencial del escritor? ¿Hay algo fuera de sus ficciones? ¿No será más bien que el escritor-poeta está diciendo la verdad desde su aparente mentira, desde su dislocación meditada de un lenguaje dislocado en sí pero que se pretende explicando y diciendo?”.

La palabra probablemente no sea un ente perfecto como Dios para Descartes, pero no le falta la característica de la existencia y eso ya es suficiente para que los pretenciosos escritores podamos ironizar con esa falencia. Jugar con la maldición. La palabra no dice lo que quiere decir, no es trasmitida como es debido ni está cargada del significado necesario para transportar lo que se quiere expulsar. Está maldita. El escritor  al asumir la maldición, hace de la limitación su poética.