Unasur Cine 2013: Leontina

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El documental chileno del joven director Boris Peters Leal compite en Unasur Cine y se presentó hoy en San Juan.

Todo cine genera una distancia. El narrador siempre funciona como puente para acortar o extremar esa distancia, claro que a veces, ninguna de esas dos instancias funciona.

Es el caso de Leontina, que vimos hoy en Unasur Cine. La película chilena viene de ganar en el Festival Santiago Alvarez de Cuba el premio a la mejor película y a su banda sonora. El principal problema de Leontina es precisamente que nunca se decide por qué distancia va a elegir.

Veamos: la Leontina del título es una anciana que vive en soledad en Unión, desolado paraje del sur de Chile, lejos de su familia y con los fantasmas de un pasado trágico. La muerte temprana de su marido, tragado por el mar la deja sin sueños y sin amor. Todo esto el espectador lo va conociendo a través de dos fuentes de información: la voz de la propia abuela en off, en primera persona, y el texto a modo de subtitulo por debajo de la imagen, en tercera persona. Es importante marcar que se trata de la abuela del director. Lo narrado con texto por debajo de la imagen es entonces el narrador cero, el nieto, el director.

A esta altura se hace necesario el recuerdo de Uno, abuela de Naomi Kawase, retratada en Chiri /Trace el mágico film que pudo verse en el último BAFICI.

El relato está basado en una sucesión de planos que siempre tienen a la abuela en el centro, distintos momentos de interior y de exterior que comienzan a abusar del plano detalle de manos y rostro de la mujer, una fotografía cristalina realmente bella que se torna repetitiva y único recurso por momentos. La voz de Leontina es una voz introspectiva, pensamientos expuestos, sin posibilidad de diálogo, nadie parece escucharla. Las dos voces narradoras nunca terminan de encontrarse. La distancia entre ambos es infinitamente sorda.

[youtube]http://www.youtube.com/watch?v=wq1pyMPmGRY[/youtube]

El otro problema es la banda sonora. Reconocido músico de películas Jorge Aliaga diseña el acompañamiento de esta sumatoria de estados internos con una banda algo grandilocuente y melodramática que llena de violines, cello y piano. No hay silencios, o al menos hay pocos, en este mundo que se presenta como solitario pero que en realidad es una historia personal excesivamente distante cuando en realidad quiere ser todo lo contrario.

Una distancia falsa, una música con tendencia al melodrama, y un excesivo despliegue de temas hacen que finalmente este documental chileno termine sin convencer a nadie en esta primera exhibición en el festival.

 

  • Roxana Russo

    Totalmente de acuerdo.