Adiós Ayacucho

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El colectivo de teatro peruano Yuyachkani se presentó en la Ciudad de Buenos Aires, en el cierre del  2do Encuentro Latinoamericano de Teatro Independiente, con su obra Adiós Ayacucho. Un final de fiesta memorable y emotivo que nos habló de los dolores y las alegrías que nos hermanan. 

 

“En los tiempos sombríos/ ¿se cantará también?/También se cantará/ sobre los tiempos sombríos” B. Brecht

 

“Vine a Lima a recuperar mi cadáver, así comenzaría mi discurso cuando llegase a esa ciudad” es el enunciado que en 1990 dio comienzo a Adiós Ayacucho, cuando Miguel Rubio, director del colectivo teatral peruano Yuyachkani, decidió adaptar el cuento escrito por Julio Ortega. Por esos tiempos, las noticias hablaban del descubrimiento de tumbas clandestinas como una de las aristas (entre las tantas) macabras de la guerra interna. La realidad se hacía relato, testimonio, denuncia y también recuperación de la tradición: el mito de Inkarrí atraviesa la narración (y el texto espectacular) con toda la fuerza de su verdad. Los muertos siguen aún reclamando sus huesos para ser enterrados enteros, como un derecho para un posible renacer.

Alfonso Cánepa, un dirigente campesino oriundo de Quinua, es asesinado por las fuerzas del orden que lo sospechan terrorista. Lo torturan, lo mutilan y arrojan parte de su cuerpo en una fosa común. El resto, supone, fue llevado a Lima. Inicia entonces su derrotero fantasmal para reclamarle al presidente la restitución de sus partes faltantes. Es una ausencia presente que se nos revela en el cuerpo de un colla, miembro de una comparsa de danzantes. Lleva un traje tradicional y una máscara blanca que sólo permite verle los ojos. En su cuerpo, la voz de Cánepa cobra materialidad y puede así contar su tragedia, su viaje ( el regreso a su pueblo natal en la carreta de un lechero, el viaje a Lima a bordo de un camión, su llegada a la Plaza de Armas y su estadía en la catedral donde descansan los restos de Francisco Pizarro). Una mujer acompaña su relato, prende velas ante las ropas del difunto (La “Velación de las ropas” es un ritual  que se acostumbra entre los habitantes de la región), toca música andina y es, lo presentimos, todas las madres, todas las hijas, todas las hermanas que claman por justicia, del mismo modo en que Alfonso es el representante de esos centenares de reclamos no escuchados. El final nos habla de la desesperanza con una ironía risueña, una especie de restitución simbólica que no se hace eco todavía en las esferas judiciales ni gubernamentales.

Y están los actores. El cuerpo vivo del actor que vibra, danza, deambula, vive el dolor de los otros; que conoce las técnicas más sofisticadas pero también las tradiciones más arraigadas de su pueblo; que lee a Brecht con la misma intensidad con la que sale a buscar al público en las regiones más recónditas y pobres, en las plazas, en las aceras. Eso es Yuyachkani: una voz gigante, poderosa que grita los conflictos, las tristezas y las alegrías del pueblo andino. La dimensión estética se expande y se funde con la serie social y política armoniosamente, amorosamente.

Adiós Ayacucho es una obra cargada de referencias (“Adiós” da cuenta de una despedida y “Ayacucho” indica rincón de los muertos. Este pueblo es uno de los más pobres del país y allí se iniciaron las acciones militares de Sendero Luminoso); desde su estreno se ha representado en infinidad  de lugares, cerrados y, sobre todo, públicos y ha acompañado, en 2001, la creación de la Comisión de la Verdad en Perú.

Llegó a Buenos Aires para presentarse en la Plaza de Mayo (tanta cosas nos unen, tanto dolor y esperanza) en el marco de la segunda edición del Encuentro Latinoamericano de Teatro Independiente (ELTI). Las inclemencias del clima  obligaron a que la función sucediera en Andamio 90, con menos público pero con idéntico fervor. Maravilloso cierre para una fiesta que brega por fomentar los lazos (artísticos, sociales, humanos) que nos hermanan, por encontrarnos en la mirada del otro que soy yo.

Es inmensa la alegría de haber podido participar, de haber podido ver, por segundo año consecutivo, a Yuyachkani; tan inmensa que sólo se puede decir gracias, a ellos por venir y al grupo UmaMinga por hacer visibles estas “venas abiertas de América Latina”.

 

 

*La fotografía que acompaña esta nota fue tomada por Sol Schiller  durante la función en Buenos Aires.