Perro que fuma

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Un niño al borde del abismo, en los márgenes de la sociedad (del lenguaje, de la realidad y también de la sexualidad), se sienta en la cornisa del edificio abandonado donde vive para contar su historia. Adentro, en un departamento de 31 metros cuadrados, comparte los días con una madre gorda que trae basura de la calle, un padre desempleado que anda en calzoncillos, una hermana que busca casarse y un hermano que pretende cierto ascenso social inútilmente. Afuera, su mundo está conformado por un viaducto con tránsito imposible día y noche, una silla pegada a la pared con chicles un poco masticados , un enano fisicoculturista que vende flores, un mozo pelado que le sirve su adorado pollo con papas (símbolo de la felicidad total), un perro que fuma y una serie de lúmpenes varios. Entre la escenografía que muta, se abre o cierra a lo largo de la obra,  surge la pregunta: ¿Cuál es el verdadero abismo? ¿El adentro o el afuera?

El relato nos llega desde el prisma desvirtuado de la infancia, de su infancia. Entre creerle y no creerle, el espectador opta por lo primero porque Manuela Fernández Vivian (a quien se puede ver también en Hijas) construye un niño que atrapa por su elocuencia, por sus certeros movimientos, por su frondosa imaginación , por sus estadísticas fatales y  por sus destellos de filosofía (del barrio, de la vida) que le permiten rotular el mundo y a los otros desde una particular perspectiva( puede llegar a decir: “ Yo no conozco a nadie feliz; sólo en las fotos la gente está feliz. No entiendo porqué la gente se ríe en las fotos.”).

Todo en él es  ambigüedad, devenir incierto ¿Para qué niño no lo es? Pasa que él (y cuando digo “él” quizás quiera decir “ella” u otra cosa diferente) pende de un hilo, no vive al límite sino que es uno de ellos, es su propia frontera y en ella el lenguaje se resignifica ( elige el silencio, están los “sarna” que reemplazan a los boludos y aparece un uso singularísimo de las preposiciones) y la sexualidad se vuelve porosa, a tal punto que , con el transcurso de la obra, no sabemos bien si él es él o ella pero tampoco importa. Esa misma porosidad afecta las paredes sólidas de la realidad que se vuelve absurda, increíble.

Perro que fuma, escrito por el  dramaturgo y director brasileño Leo Mendonca en un perfecto castellano, es un unipersonal entrañable que se mete en el tema de la marginalidad social con humor, con cierta ironía y sin pretensiones moralizantes o altruistas. Sin, tampoco, grandes esperanzas de cambio más allá de un deseado regalo de cumpleaños o una nueva historia para contar.

“Hay un montón de cosas que no sirven para nada” nos dice nuestro protagonista pero una historia bien contada siempre vale y mucho, por lo menos les puede ayudar a terminar cualquier domingo de la mejor manera.