Un poyo rojo

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Dos atletas en un vestuario deportivo. En un teatro. En una academia de danza. Se miden. se olfatean. Se tocan. Se gustan…

Dos hombres en competencia lúdica, por momentos desleal, siempre al borde de la extenuación y la hilaridad, mostrándonos sus monerías, sus pantomimas, sus gestualidades exacerbadas, al borde del estallido. Un poyo rojo es siempre una experiencia limítrofe, que se encuentra a cada rato al borde. Algo está por pasar. Algo está a punto de cambiar. Algo está por venir, pero no sabemos nunca muy bien qué. De qué nos reímos. Qué es lo que estamos viendo, cómo apresarlo, cómo definirlo y clasificarlo. Estos hombres son sólo hombres y son más que hombres. Son superhombres. Superatletas que tienen la enorme capacidad de poder reírse de sí mismos, y nosotros también con ellos. Un mundo que prescinde de palabras, porque no las necesita ni les hace falta. El despliegue de los cuerpos estáticos o en movimiento es capaz de generar por sí solo, como si hiciera falta algo más, una dramaturgia de altísima calidad. Un poyo rojo es, sin lugar a dudas, uno de los mejores espectáculos que puede ofrecer hoy la cartelera de esta ciudad. Es un lujo la escena en la que ambos interactúan en vivo con una radio a la que van cambiando constantemente de dial, dando cuenta así de que todo, incluso la mismísima arbitrariedad, tiene lugar en esta obra. Porque la vida, mirada desde el punto de vista de esta obra, sólo puede ser una comedia banal, ridícula, sin sentido, que bebe de la mejor fuente del cine mudo y que no tiene nada para enseñarnos. Sólo por eso esta obra se convierte en una experiencia imperdible, que no puede de ningún modo dejar de verse. .