El cielo no existe, entrevista a Inés Fernández Moreno

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En un bar de Villa Urquiza, una mañana muy lluviosa, nos encontramos con Inés Fernández Moreno y charlamos especialmente de su novela El cielo no existe –Alfaguara– que fue presentada el miércoles 28 de agosto.

El primer tema que surge es el de su carrera en la Facultad de Letras: “No entré a Letras porque quería ser escritora. Entré porque había ido al colegio Nacional Buenos Aires y sentía que tenía que hacer una carrera universitaria sí o sí. Empecé un año y medio de Derecho, pero me aburría. Además, estábamos poco contenidos, teníamos que prepararnos por nuestra propia cuenta. Estudié Letras porque era lo que me salía fácilmente. En esa época no pensaba en escribir. Hasta que fui muy grande, hasta los 35 años, ni soñé con escribir”.

¿En esta escritura actual –y más precisamente en esta novela–, la mención de algunos autores como Poe o Cortázar indica que fueron tus modelos a la hora de escribir?

Los cuentos de Poe son lecturas de terror de la infancia. Los recuerdo, como recuerdo las películas. “El corazón delator”, “Los crímenes de la calle Morgue” son esos cuentos que nos aterraban de chicos. Sin embargo, no influyeron directamente en mi escritura. Yo empecé a escribir accidentalmente. Trabajaba en una agencia y una compañera me invitó a un taller de Sylvia Iparraguirre. En ese momento, yo había escrito algunos artículos periodísticos más costumbristas, más como aguafuertes; ahí toqué un poco lo literario. Silvia enseguida se tuvo que ir, no recuerdo si tomó una cátedra, y fuimos al taller de Abelardo Castillo. Fue muy estimulante.

Primero cuentos…

Sí, primero cuentos que es el lugar donde me siento más cómoda. La novela es para mí un poco una tortura: hay que lidiar con la estructura, con el ritmo, con esa cosa de largo aliento; hay que ver cómo enlazar un capítulo con otro: es todo más incierto. En un cuento se te ocurre una idea, una sensación, podés tenerlo entero en la cabeza, podés amasarlo, y agregar y quitar.

¿Siempre están la ciudad y el barrio presentes en tus textos?

Sí, como lectora, leer algo y reconocer un lugar es para mí un placer adicional. Además, ando bastante por la ciudad. Toda la vida trabajé en agencias de publicidad y viajé mucho en subte. Los viajes son los que me nutren. Si fuera esquiadora, quizás escribiría sobre las montañas, no sé.

Sos muy observadora.

Sí, veo, pienso en lo que veo. En los cuentos, quizás, puedo manejarme más con la fantasía. Las novelas se me dan más pegadas a cuestiones autobiográficas –no escribí muchas, esta es la tercera–, aunque esta no es tan autobiográfica. Sí hay un episodio inicial relacionado con algo que sucedió: lo del robo a mi mamá, la relación con esta chica que le robó –que luego me iba devolviendo la plata–, y mi mamá que me azuzaba y me decía que era una traición, que había que denunciarla. Todo esto fue el núcleo generador. Un amigo me sugirió que lo desarrollara: una vida normal, en la que de pronto aparece un incidente que empieza a descalabrar todo. Arranqué con eso, pero me quedé varada y pensé: “¿La protagonista tiene hijos?, ¿es casada?, ¿qué le pasa?”. Hijos no quería que tuviera; en todo caso, me planteé que podría hacerle tener una hija en Canadá para que no me perturbara. Como esta chica que le roba a la madre de Cala tenía un bebé y se encontraban con la protagonista en lugares sórdidos para devolverle el dinero, se me ocurrió que le dejaba el bebé y entonces dije: “Qué bueno, no tiene hijos y le plantan el bebé”. Me encantó la idea. Luego pensé: “¿Qué hace con el bebé? ¿Por qué no tuvo hijos?”. Entonces me apareció una veta culebronesca sobre por qué no había tenido hijos. El personaje se queda con el bebé entre los brazos y, como ella, yo dije: “¿Qué hago? ¿Acepta o no acepta el bebé? ¿Tiene que buscar a la madre?”. Así me enganché en una trama policial con dificultad porque el policial no es lo mío. No soy una lectora frecuente de policiales, así que lo bordeo, aunque el otro día Cristina Mucci –la conductora de un programa sobre libros y autores: Los siete locos me dijo que hago más que bordearlo porque tiene mucho peso. A mí me asusta, me despierta respeto el tema de la trata de blancas, es pesado. Si me metía a fondo tenía que investigar. Lo bordeo porque la protagonista busca a esta chica y empieza a saber algo de la trata, pero no se mete en el centro de la cuestión. La trama policial me generó dudas. En ese momento leí Suspense de Patricia Highsmith, que me ayudó mucho en términos prácticos: cómo se espesa la trama, cómo cada capítulo tiene que ser funcional a la trama. No podés pasarte un capítulo hablando del otoño en el parque de Agronomía; y si sucede eso, tiene que revelar algo.

Se nota que en tu novela trabajaste con los indicios funcionales a la trama, como vos decís.

En una novela, uno todo el tiempo tiene dudas. Lo que también me preocupaba es que el hecho que puede generar tensión tarda un poco en revelarse. Me gustó escribir esta novela y aprendí escribiéndola. En un momento pensé que, si no se publicaba, era un aprendizaje, un placer y una búsqueda para mí. Lo policial ocupa un espacio, pero hay otras cosas: está la observación de la ciudad, la vida desquiciada del personaje, su historia sentimental, la solidaridad entre mujeres. También la gente empieza a ver cosas que uno no tiene tan claras al principio. Uno de los periodistas que me entrevistó me señaló que aparece la mujer en todos sus roles: hija, madre, prostituta, luchadora. Para mí también hay un homenaje a las palabras. Otra cosa que me gustó mucho es que decidí que cada capítulo estuviera encabezado por una palabra que tuviera resonancias para el personaje. Son muchos hilos los que se van trenzando.

Quizás todo esto hace que la novela, en un punto, pueda leerse como poética, como teoría acerca de tu propia escritura.

En algún lugar mi viejo lo escribió o me lo dijo: “Poeta es el que escribe lo que va viendo”. Me gusta y recupero para mi poética el placer de lo que encierra cada cosa pequeña, la extrañeza existencial que se revela en cosas pequeñas; no los grandes temas: el amor, la traición…, que siempre están presentes, por supuesto. Digo esto también porque en los talleres que doy uno se encuentra con un malentendido acerca de que la literatura tiene que ser recargada en su escritura y ambiciosa, dar cuenta de la condición humana. Esto es así pero la cosa es de qué manera. Hay que tener objetivos más humildes. Esto lo dice Flannery O’Connor en algún lugar, lo de bajar a algo más concreto, más humilde. Es también lo de pinta tu aldea y pintarás el mundo.

¿No tiene algo de crónica? Digo esto por tu experiencia con lo periodístico.

Mi trabajo en publicidad implicó un aprendizaje de lo creativo donde hay que ajustarse a objetivos y donde tenés que ser sintético. Esto también pasa en lo periodístico. Cualquier escritor que escribe crónicas muestra su hilo poético, más que lo que puede mostrar alguien que es solo periodista.  Periodismo hice poco. Ahora sistemáticamente escribo una columna para Para Ti todos los meses. Son temas que tienen que ver con lo femenino. A veces me gustan tanto que me da un amarretismo literario y me digo que eso podría usarlo en un cuento. Inclusive algunas cosas las tomé, por ejemplo, el episodio del bretel en la novela, el que lo escribí para una columna y lo recuperé. Como la protagonista trabaja en periodismo, pude volcar mis experiencias en eso, como también las del taller. En el taller me divierto un poco con estos malentendidos que surgen con respecto a la literatura.

¿Quiénes van a tus talleres?

Coordino distintos grupos, pero ahora tengo más gente con la que trabajo en forma individual. Todos están orientados a cuentos que es donde tengo más experiencia. Tengo una sensibilidad para la poesía, pero no sabría cómo trabajarlo en un taller poético porque no soy poeta.

Sin embargo en El cielo no existe hay algunas pinceladas poéticas.

Tengo mi debilidad por la pincelada poética. Es la forma en que me permito tocar la poesía.

En este punto, Inés nos habla de la novela y su público, y nos cuenta que la editorial está contenta con su texto: “Me dijeron que iba a alcanzar a otro público. No me fue mal como escritora de cuentos, pero la novela tiene una facilidad de acceso mayor, aunque es un tema discutido. Isidoro Blaisten decía que la novela es más confortable, es como llegar a tu casa y ponerte pantuflas. Cuando uno deja una novela te queda pena, extrañás el personaje. El cuento te obliga a entrar y salir cada vez de un mundo distinto, es un esfuerzo intelectual, es un zapping más profundo. Tal vez su brevedad tiene más que ver con la vida actual”.

En algunas críticas, leí que ven algo de Chejov o de Carver en tu escritura.

Esto debe tener que ver con lo cotidiano, lo cercano; con los personajes y con cuestiones metidas en la realidad. En los cuentos, quizás, hay cosas un poco más raras. Esta atención a lo cotidiano hace que me comparen con Carver o con Chejov. Es un orgullo. Pero en los cuentos también hay una veta de humor negro, de cierta crueldad que los saca de Chejov o de Carver.

¿Qué leés usualmente?

Soy una lectora despareja. Me gustan muchísimo los cuentos extraños de Buzzati. Hay mucha gente nueva. Me gusta Silvina Ocampo, me encanta Ítalo Calvino. Voy también descubriendo cosas nuevas. Alice Munro me encanta. En su momento, por supuesto, Cortázar. Cuando arranqué lo tenía mucho en la cabeza, relacionado con alguna preocupación del cuento como artefacto. Leo lo que me cae entre manos: Mazzucco, una italiana; estuve leyendo a Shultz –fabuloso–, un polaco entre Kafka y Gombrowicz. Proust, me encanta, leí  mucha literatura francesa. Hice la Alianza en la época en que se daba literatura francesa: Flaubert, Maupassant. Aprendí a leer mucho más en la Alianza que en la facultad. Hay cosas más abstractas que me pesa leer, por ejemplo, El hombre sin atributos. Mi vieja ya me dijo “No le vas a poder meter diente”. Lo ensayístico no me va, tampoco la literatura de experimentación.

Tu escritura es más clásica.

Sí, puedo leer algo más de ruptura, pero soy una lectora más clásica, me gusta que me cuenten una historia; que me la cuenten bien, por supuesto. Todo lo que es en exceso experimental o muy extraño me cansa.

¿Lo probaste alguna vez?

A veces hice pruebas con el microrrelato, me gusta hacerlas. Lo hago esporádicamente como ejercicio o porque hay alumnos que quieren participar en algún concurso de relato brevísimo y los trabajamos. Es una experimentación en la cantera de la escritura que está buena como ejercicio. Debería hacerlo más. Lo mismo que leer poesía. Leo poca poesía, pero eso te nutre mucho.

¿Antes hablaste de tu mamá, la de El cielo no existe es ella?

Es un poco. Ella me nutre mucho, más en la primera novela que escribí, La última vez que maté a mi madre. Acá también aparece. Mi vieja es un poco extravagante…, no sé si es el adjetivo; es todo un personaje, por supuesto trabajado, ficcionalizado y aumentado.

Un poco relacionado con esto, ¿te propusiste trabajar el tema de la presencia de la maternidad y los diferentes modelos de madre?

No me propuse para nada lo de la maternidad. Aparece lo que es uno. Mis líneas concientes son qué puede pasar cuando la protagonista tiene el bebé. Después la escritura va por sobre la trama. En ese sentido, hace poco estuvo el festival Buenos Aires Negro y me invitaron a una mesa “Lo policial como coartada para escribir”. Es un poco así: armé la trama policial y después tuve que ir escribiendo montándome sobre eso. Incluso algunas partes me resultaban plomas a priori para escribir, por ejemplo cuando el personaje tiene que ir a buscar algo, hacer un recorrido. Algún crítico decía que escribir una novela es intolerable porque hay que ocuparse de que la condesa tome el té a las cinco, es decir, lidiar con la realidad pura y dura, pero la escritura también trabaja ahí, y vos tenés que encontrarle el interés. Si vos te aburrís, imaginate el lector.

¿Siempre lo tenés presente al lector?

 No lo tengo presente de manera consciente, pero sí porque yo soy la primera lectora, y en esa medida lo pienso. Si estuviera experimentando con el lenguaje, no estaría pensando en el lector.

Inés agrega que tardó un año y medio o dos en escribir la novela a diferencia de La última vez que maté a mi madre que se fue macerando durante mucho tiempo.

Una vez que la novela está publicada, ¿volvés a releerla una y otra vez?

No, pero por ejemplo acá me quedé pensando otros finales posibles prestándole más atención a lo policial que se resuelve con bastante sencillez. Al mismo tiempo estaba leyendo El largo adiós, porque doy clases en Casa de letras y lo releí para ver la construcción del personaje. Es tan genial la complejidad de la trama, cómo una cosa encaja en otra que pensé entonces que tendría que haberlo aplicado más en mi novela. Me quedé pensando en otras posibilidades. En realidad, no tenía puesto el foco ahí, en lo policial,  pero sí me sirvió para desarrollar otras cosas que quería desarrollar más o menos concientemente. La escritura es algo misterioso, es como si tiraras de un hilo y empezaran a aparecer cosas que no tenías conscientes. Aparecen y te sorprenden como escritor. Eso es lo que puede darle interés a una escritura. Son hallazgos, ideas, imágenes que se aclaran cuando las escribís. Escribir es una manera de pensar.

Sí, hay muchos hallazgos en la novela, y varios relacionados con el lenguaje. Ahora recuerdo cuando Cala dice que su vida es un desarredo.

Eso me encanta, lo de la ocurrencia de algo que tiene un sentido para todos. Sabemos qué es Arredo, cuál es la ilusión femenina de algo lindo, de una casa confortable, aunque la realidad es caótica. La cosa más profunda que corre por debajo es este deseo de que la vida debería ser racional, las cosas tendrían que suceder de cierta manera, con cierto orden. Es el esfuerzo del ser humano para que las cosas entren en un orden de racionalidad, aunque la vida es un quilombo y todo es inmanejable. Frente a la angustia de lo inmanejable, uno pone diques de contención. En ese sentido, escribir una novela es uno de esos diques porque uno hace lo que se le antoja, uno arma algo y dice “Bueno, esto va a terminar bien”. En este caso, no me jugué a algo dramático. Es una comedia agridulce, como dice la contratapa.

¿Cómo es el proceso de corrección?

Corrijo, pero no soy muy obsesiva. Con la puntuación no soy todo lo obsesiva que debería ser. La puntuación es importante, es lo que te da el ritmo, no es algo menor. Hay sí un tema que me inquieta más que es el de los diálogos porque siento que no termino de manejarlo bien. Algunos escritores los manejan de forma particular, como Saramago. Hay ciertas formalidades en la edición y en la escritura que no siempre sé hasta qué punto tomarlas o desecharlas. Soy un poco desprolija y mezclo los guiones con el estilo indirecto libre. Pero no soy en exceso obsesiva. Después les doy los textos a amigos que escriben. Me dicen cosas que me sirven mucho.

¿Quedaste conforme con la novela?

Sí, quedé conforme porque entran en la novela el producto final, mi esfuerzo, el deseo de terminarla. Como producto literario para mí es un producto digno. Si es de digno para arriba que lo digan los demás. Habrá que ver a quiénes les llega el libro y cómo.

¿Ahora estás pensando en otro libro?

Tengo un libro de cuentos, pero me faltaría escribir dos o tres cuentos más. Tengo el título Malos sentimientos. Cuando le pasé a la editorial El cielo no existe, tenía el libro de cuentos, pero decidimos ir por la novela. Tengo también una idea novelística: unos papeles de mi viejo en el ayuntamiento de Blanes, cerca de Barcelona, unos papeles inéditos y unas cartas. Había ahí una historia amorosa con una mujer que se había ido a esa ciudad. Todo fue novelesco, especialmente cómo apareció esta historia. Después fui a Blanes con una amiga escritora y una hermana que vive allá, hija de la segunda mujer de mi papá. Nos encontramos en Barcelona y fuimos. Es algo interesante como para meterse, pero no sé si voy a poder hacerlo, vamos a ver.

¿Te pesa que siempre te pregunten por tu familia?

Es siempre la cosa obligada. Evidentemente, hay algo singular en pertenecer a una familia en que hay un abuelo escritor, un padre escritor, tíos y primas escritores. Hay una impronta literaria en la familia que tiene mucho peso. Me pesa un poco, aunque reconozco que tiene su lado positivo. Es una forma de pertenencia literaria distinta.

¿Te dio ventajas?

Inicialmente, me dio más bien una desventaja, pero tampoco hubiera podido escribir si no hubiera pertenecido a esa familia donde siempre estaba la escritura flotando y formaba parte del caldo que nos iba nutriendo.

La conversación se orienta hacia los propios hijos de Inés, y como una de sus hijas escribe guiones, sale el tema de transformar El cielo no existe en un guion de cine: “Me encantaría que se hiciera una película de esta novela. La profesora de español, que es la anterior, también es muy cinematográfica. Muestra la realidad de los argentinos en España, y eso da para lo cinematográfico. Si se da, genial.

Retomando lo de la facultad, ¿no sentís que la carrera de Letras te haya aportado algo a esta escritora que sos hoy?

No, tenía algunos profesores anacrónicos, pero también tuve el placer de tener a Ofelia Kovacci, a Pérez Martín, como ayudante. Hice Griego con Delia Deli, me gustaba mucho. Después hice algunas literaturas como la española en la que leí El Quijote… No sé si hubiera leído El Quijote de otra manera. También hice un cuatrimestre de Joyce que fue muy interesante, pero fueron pocas las materias que disfruté. Lo demás fue una especie de trámite y en el medio me tocó el 74, 75, esa época siniestra. No sé si la facultad me dio esta escritura de ahora, pero tal vez me permitió leer cosas que no sé si hubiera leído por mí misma: Calila y Dimna, el Arcipestre de Hita. Sin embargo, mis recuerdos más placenteros con respecto a lo literario fueron en el Nacional Buenos Aires donde tuve profesores geniales y en la Alianza francesa, casi en el mismo nivel que en la Facultad.

Ya terminando la entrevista, Inés nos habla de cómo surgió el título de la novela: “Me costó trabajo en este caso. Tenía un primer título que me encantaba pero que me tiraron abajo, y yo lo reconsideré. Este primer título era Adversidad porque me parecía que había una lucha del personaje contra las adversidades: esto de que le roban, que tardan en pagarle, el tema con la madre. Me gustaba, pero era muy negativo, difícil de abordar. Ahí pensé en el lector. También me gustaba Salvación. Pensaba en esas palabras de Sabrina que le dice a Cala: “Vos sos mi salvación”, y está toda la cosa de si es posible salvarse,  pero tenía una resonancia religiosa. Cuando encontré un grafitti con esas palabras, y encima como forma parte de la trama policial, dije: “ya está”. La tapa también fue discutida. La tapa es complicada. Yo tenía mis reservas con la mujer y el bebé, pero a la editorial le encantaba. Me gusta el colorido; es atractiva. A veces no tengo dudas, por ejemplo, Malos sentimientos me encanta. Todos los cuentos están vinculados con eso. Incluso me estoy imaginando la tapa. En algunos casos el título te cae, otras veces hay que buscarlo.

¿Y los subtítulos?

Cuando tomé la decisión de usar una palabra relacionada con el personaje, muchas veces tenía la palabra justa, pero en otros tuve que buscar algo como para justificar la decisión que había tomado. Esto es parte del oficio, del tengo que. Había algunos que tenía que buscar para que me llegaran. Por ejemplo “Ghanesha” fue algo que tuve que buscar para que me cerrara. “Marioneta” me llegó genuinamente. “Desmantelada”que está muy bien porque la madre está desmantelada y, al mismo tiempo, está la noticia del diario de que habían desmantelado un lugar…, entonces quedó perfecto. Con “Arepazo” tenía el capítulo, pero no tenía ninguna palabra y entonces tuve que inventarlo y pensé en ponerle este nombre al perro. Busqué palabras carcelarias, que engancharan. Son cosas de la cocina de la escritura que uno va buscando para que cierren mejor.

¿Leés filosofía? Te pregunto porque hay algo un poco existencialista también.

Me gustaría leer un poco más. Tengo un hijo que estudió filosofía y alguna vez él me explicó algo que después usé en esa imagen que doy de la felicidad [en el capítulo “Arepazo” la felicidad se compara con esas bochas de vidrio con un paisaje nevado adentro. Las partículas que decantan y caen al piso son las reservas de felicidad que uno tiene]. Se ve que me quedan algunas cosas que me dice y después las retomo.

Casi no llueve más, me despido de Inés y me queda un poco esa nostalgia que siento cuando termino de leer una buena novela.