El Facineroso. Crónicas Policiales de Roberto Arlt

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Una nueva recopilación de algunas otras crónicas policiales publicadas por Roberto Arlt en Crítica durante el año 1927 y comienzos de 1928, y en El Mundo durante la primera mitad de ese año.

En las rabiosas novelas de Roberto Arlt, abundan los callejones sin salida, encrucijadas barrosas que sólo autorizan a los personajes a enlodarse más con cada paso que dan. La angustia les roe el alma, impotencia de naturaleza social del condenado a vivir fuera de la modernidad, aun cuando la ensoñación les permite vibrar intermitentemente. Entonces, lo que resta es rabiar por la “vida puerca” o escapar de ella por medio de la violencia, matando, traicionando, suicidándose. Maestro de la hipérbole, la escritura de Arlt es sensacionalista, “un cross a la mandíbula” que se propone violentar lo esperable, lo acostumbrado, lo verosímil. Es que Arlt ha aprendido a escribir en las redacciones de los diarios, “con sudor de tinta y rechinar de dientes, frente a la Underwood, que golpeamos con manos fatigadas, hora tras hora, hora tras hora”, según declara en su famoso prólogo a Los Lanzallamas. Escribe en redacciones estrepitosas, sobre bobinas de papeles o en bares o cuartos infernales. Escribe con el ruido de las calles en sus orejas, con el cansancio rumiándole en el cuerpo, con el recuerdo todavía fresco de la última escena del crimen que ha presenciado, con el eco de las voces de los testigos que ha entrevistado, con las historias trágicas que ha acabado de reconstruir.  En definitiva, escribe. Y contamina saludablemente la literatura con los gérmenes de las calles y con el tratamiento que de ellos hace la crónica policial.

Hace años que se vienen publicando las crónicas policiales de Roberto Arlt. Tratado de delincuencia, tomo que recopila sus aguafuertes publicadas en  El Mundo y que muestran el sub-mundo del delito urbano y sus diferentes personajes, es un buen ejemplo. Pero es tal la cantidad de artículos (se calcula que sólo los del diario El Mundo superan los mil ochocientos, de los que se han recopilado unos quinientos), que siempre es tiempo de que una nueva publicación nos acerque nuevos para seguir indagando en su provocativo modo de armar con la escritura ficcional y periodística una cinta o banda de Möbius. Así con este nuevo libro publicado, El facineroso, recopilación de algunas otras crónicas policiales publicadas en Crítica durante el año 1927 y comienzos de 1928, y en  El Mundo durante la primera mitad de ese año, se nos habilita la posibilidad de seguir encontrando en sus crónicas mucho de sus textos literarios y volver a pensar estos como continuaciones forzosas de su oficio periodístico.

Con 26 años, en 1927, Robero Arlt es cronista policial en la redacción de Crítica. Ya ha publicado seis meses atrás El juguete rabioso y es el mismo mítico Botana quien lo convoca. Cada viernes, un artículo sobre un crimen, un robo, un accidente o un suceso bizarro. Arlt no se achica, transpira tinta roja, y poco a poco experimenta que el oficio del periodista “es de lo más singular que existe en lo de aventuras extrañas. Y esta ciudad tiene materiales vivientes para confeccionar todo género de locuras”. Es más que un fl?neur de  la ciudad moderna; se mezcla en ella, va hasta sus entrañas, sin intermediaciones, y aprende de la charla directa con delincuentes y víctimas, policías y ladrones, testigos y soplones que los límites entre unos y otros no son tan tajantes. Mientras tanto, mientras fatiga las zonas grises de Buenos Aires, piensa y escribe Los siete locos y Los lanzallamas.

La ciudad moderna exige a los medios masivos nuevas formas. Botana sabe escucharla y funda Crítica a su imagen y semejanza. El ritmo de la vida moderna impone una diagramación distinta: los titulares se agrandan, las tipografías engordan,  las fotografías e ilustraciones toman el espacio y los encabezados sintetizan lo más atrayente de la noticia. La crónica policial es la vedette de moda ya que como ninguna otra habilita el tratamiento teatral de la noticia y la lectura espectacular para los cientos miles de personas que cada tarde regresan a sus casas en las periferias de las luces de neón.

En ese mundo nuevo de la noticia periodística, el interés se desplaza a la figura del periodista y su trabajo de investigación, cobrando la envergadura de un Sam Spade o de un Philip Marlowe, aun antes de que los detectives del policial negro existieran. Por lo menos, leyendo las crónicas publicadas El facineroso, el rol protagónico que asume el cronista Roberto Arlt trae el eco de las palabras de Chandler, en El simple arte de matar: “Es un hombre relativamente pobre, pues de lo contrario no sería detective. Es un hombre común, pues de lo contrario no viviría entre gente común. Tiene un cierto conocimiento del carácter ajeno, o no conocería su trabajo (…) Habla como habla el hombre de su época, es decir, con tosco ingenio, con un vivaz sentimiento de lo grotesco, con repugnancia por los fingimientos y con desprecio por la mezquindad.” Así también el periodista investigador, haciendo su trabajo y representándolo, luego, en la escritura de la crónica. Sabe que entusiasma a sus lectores, quienes pasan a querer saber no sólo qué pasó sino cómo lo averiguó su héroe periodista. Escribe Alrt: “Pero, a fin de que nuestros lectores puedan conocer los detalles del desconcertante episodio que nos ocupa, hagamos la crónica del suceso con datos que obtuvimos de los vecinos pocos instantes después de ocurrido el hecho”.  O más exquisitamente teatral: “No se escuchaba ningún ruido tras de esa puerta que a momentos golpeaba con el puño excitado por esa idea de que allí, quizás, tirada en el suelo o atravesada en una cama, estaba la desconocida desangrándose. Eran los 9:00 horas. Un rayo de sol mojaba el mosaico frente a la puesta oscura. Y el timbre resonaba adentro infatigablemente pero como en un lugar ya abandonado por toda gente.”

La crónica roja, así, necesitaba crímenes jugosos que permitieran en su recreación escrita plagar la página con verbos de acción y adjetivos robustos, es decir, volverlo un hecho teatral cargado de misterio. Y si no los había, pura invención, entonces, de escritura. Confiesa Arlt en una de sus aguafuertes: “Estaba obligado a hacer un drama de un simple o inocuo choque de colectivos…” Contribuían la espectacularidad fotográfica del primer plano, los dibujos detallados, los títulos catástrofes y los copetes espeluznantes.

Y en el medio del espectáculo montado, la agudeza irónica y brutal del escritor Roberto Arlt para hacer algo más entre bambalinas. Interrogarse, por ejemplo, por el impulso que convierte a un hombre o a una mujer común en asesino o en suicida; mostrar sarcásticamente el actuar corrupto de la policía; reivindicar la inocencia de los perseguidos de siempre; radiografiar, desesperanzado, las luces y las sombras del Buenos Aires cosmopolita. Algunas de las crónicas publicadas en El facineroso no estaban firmadas; ni falta que hacía.