Intimidad para el ojo iniciado, Juan Manuel Candal

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     El nacimiento del lector se paga con la muerte del Autor, Roland Barthes.

La tecnología, las redes sociales, internet nos proponen nuevas formas de leer que se sustentan en el fragmentarismo, la rapidez, la inmediatez. Continuando este razonamiento, si hay nuevas formas de leer –que, en consecuencia, implican nuevas formas de escribir–, también hay nuevas formas de editar. Intimidad para el ojo iniciado de Juan Manuel Candal se publicó hace muy poco tiempo en formato ebook y contiene tres cuentos. Con solo veintidós páginas, es un ejemplo perfecto de un texto pensado para los nuevos lectores, pero que –sin quedarse solo con eso– construye una poética de la recepción, aunque con una gran dosis de ironía.

Lo primero que llama la atención es la brevedad del libro –si lo pensamos desde las publicaciones en papel–, pero habría que aclarar que esta brevedad es engañosa porque cada página se despliega en otras páginas potenciales a las que el lector deberá llegar como si recorriera hipervínculos imaginarios.

Conozco a Juan hace unos años, soy lectora de su narrativa y la disfruto. Entonces, pensé que comentar Intimidad para el ojo iniciado requería una crítica diferente porque me estaba proponiendo una lectura también diferente. Recordé entonces un artículo de Ramón Andrío en la Revista Multidisciplinar, en el que se analiza la literatura fractal, y considero que estos cuentos de Candal pueden ser analizados desde esta concepción.

El artículo explica primero qué es un fractal (objeto geométrico, cuya estructura básica, fragmentada o irregular, se repite a diferentes escalas): una roca es similar a la montaña de la que forma parte y una rama tiene la misma estructura que el tronco del que nace; como si la decisión hubiera sido repetir la misma forma a diferentes escalas dentro de un mismo objeto, asegurando la preservación de una copia del original a cualquier nivel de ampliación. En este sentido, el artículo propone, de igual manera, la existencia de una literatura fractal que guarda la posibilidad del infinito en las autorreferencias continuadas, como en un juego de espejos enfrentados.

Si pasamos en limpio lo anterior, tenemos que comenzar a analizar el primer cuento de Intimidad para el ojo iniciado, “República jitanjáfora”, cuyo título alude a una figura retórica que consiste en  un enunciado carente de sentido que pretende conseguir resultados eufónicos (sonoros); esta es la definición del diccionario, pero el cuento va más allá. Su narrador tiene un trabajo particular: dirige una central a la que llegan todos los mensajes que salen de los celulares y de la que vuelven a salir hacia sus destinos. Él copia algunos fragmentos de esos mensajes y los guarda para resignificarlos (¿no es lo que hacemos los lectores frente a cada texto?), para imaginar qué historias se esconden detrás de esos fragmentos. Este mismo narrador, además, nos habla de la escritura de una antología comentada que tiene como base esos “pedacitos de vida” y que puede realizarse “gracias a los amigos de la editorial, que confiaron en este proyecto” (¿no nos remite al escritor que deambula con su libro bajo el brazo?).

El cuento exhibe la escritura dentro de la escritura, la lectura dentro de la lectura, la autorreferencialidad; es literatura fractal y jitanjáfora, es decir, proclama que un enunciado carece de sentido hasta que aparece el lector, el espacio mismo en que se inscriben, sin que se pierda ni una, todas las citas que constituyen una escritura; la unidad del texto no está en su origen, sino en su destino, […] él es tan solo ese alguien que mantiene reunidas en un mismo campo todas las huellas que constituyen el escrito. (Roland Barthes, “La muerte del Autor”).

Asimismo, en el cuento que da nombre al libro también se trabaja con el motivo de la lectura: Rodrigo, uno de los personajes, encuentra en una librería Las 100 fórmulas para tenerlas a tus pies, es decir, un infalible método para seducir mujeres. Lo interesante acá es lo que se dice de la estructura de la obra que, en cada una de esas fórmulas, se organiza en “posibles escenarios y sus consecuentes procedimientos”. Cada lector de este manual de autoayuda deberá hacer su propio recorrido de acuerdo con su propio “alcance” como seductor. A partir de este momento, el libro se transforma en varios libros según las necesidades de los usuarios, lo que no es más que la reafirmación de la existencia de multiplicidad de lecturas a partir de la multiplicidad de lectores.

Para Barthes es absolutamente claro que un texto no tiene un único sentido dado de antemano; hay una escritura múltiple en la que todo está por desenredar, pero nada por descifrar; […]; el espacio de la escritura ha de recorrerse, no puede atravesarse; la escritura instaura sentido sin cesar, pero siempre acaba por evaporarlo.

En “Business as usual”, el último cuento de Intimidad para el ojo iniciado, no se hace una referencia a un libro en particular, pero sí subyace otra idea que se desprende de todo el texto de Candal, aunque aparezca claramente cuestionada: el escritor no debe perder de vista a su receptor, trabaja para él, para atraerlo, para conseguir su atención. Si bien, el protagonista está proponiendo cómo debería ser la nueva programación del Canal Tres, está haciendo una poética de una creación acorde a nuestros tiempos: lo importante es el rating (los lectores, en el caso del texto escrito) y no tanto lo que se dice. En última instancia, la analogía libro/programa de televisión no es más que decir de otra manera lo que aparece enunciado en “República jitanjáfora”: “El libro del mañana se parece a un cuaderno en blanco, páginas que reflejan el mundo cotidiano del comprador. Dicho de otro modo, dicen que el libro ideal para cualquier lector aleatorio es aquel que habla de su vida, pero, claro, al verse imposibilitado de redactarlo él mismo necesita encontrarlo ya escrito por otro”. Llegamos así la plena identificación entre libro y lector.

Si el nacimiento del lector se paga con la muerte del autor, Intimidad para el ojo iniciado nos da la bienvenida, nos ofrece una literatura fractal en la que predomina la autorreferencialidad, que nos interpela como lectores y que no deja de recurrir al extrañamiento y al humor para provocar en nosotros también una reflexión sobre qué significa leer.