Chau Misterix

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Chau Misterix, obra temprana de Mauricio Kartun, se presenta, en la versión de Laura Conde, los sábados a las 20.30 hs en ElKafka Espacio Teatral.

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Dice Sigmund Freud en su ensayo El creador literario y el fantaseo: “todo niño que juega se comporta como un poeta pues se crea un mundo propio, o mejor dicho, inserta las cosas de su mundo en un nuevo orden que le agrada.” Puestos a buscar semejanzas, el universo de Rubén Petric se acerca con fervor al de su creador, incluso más allá de los datos biográficos, del barrio en común y del aire de una época. Hay algo (como una señal o una marca indeleble) en la forma de leer la realidad, de mezclarla con la fantasía, de aunar retazos de discursos diversos para decir lo imposible, que los hermana irremediablemente.

Chau Misterix es una obra temprana de Mauricio kartun que oscila entre lo autobiográfico y una construcción poética signada por la mixtura (construcción que acompañará su vasta producción posterior y que generó su particular visión de la argentinidad). Un lenguaje poético potente vertido en medio de otros registros que se pliegan y despliegan: La historieta, la canción popular, el relato de aventuras, la publicidad, el habla cotidiana, el cine y el relato de iniciación o aprendizaje se fusionan (se complementan y rebotan) para contarnos la historia de Rubén, un niño de diez años que se esconde en su refugio imaginario para evadirse de una realidad que lo acorrala, que le pide que crezca pero que, a su vez, se niega todavía a darle los pantalones largos. Entonces, Rubén se transforma en Misterix, es fuerte y poderoso (El “yo si quiero” hecho verdad) y convierte a la chica que lo ignora, Miriam, en su amada y a sus amigos, en amigos o enemigos, sin las ambigüedades de la infancia; la maestra particular, que le pone insuficientes, y la madre, que lo obliga a ir al baile de carnaval disfrazado de gaitero asturiano, son vengadas por el héroe que hace suspirar a las más hermosas y sensuales estrellas de cine. Pero creer es inevitable, como el dolor, la frustración o la impotencia, y nuestro protagonista, en una hora cargada de ternura pero también de comicidad, deberá decir chau a sabiendas de que eso que se va (a diferencia de los eclipses que salteado pero vuelven) no volverá jamás.

Chau Misterix habla de la pérdida infancia y del inicio de otra etapa de dolorosos descubrimientos, del viaje del cuerpo que descubre su sexualidad, sus recovecos dormidos, sus puntos débiles. Y de fondo Billy Caffaro taladrando la cabeza y perturbando con su “Debés tener personalidad, personalidad…”

Esta nueva puesta, dirigida por Laura Conde, hace hincapié en la palabra y en el cuerpo de los actores. Casi sin elementos en escena, logra recrear claramente cuatro espacios: la vereda, la terraza durante la siesta, el baile en el club y los destellos de la imaginación del niño. Los actores, que son adultos, no imitan ni hacen de niños, más bien resultan una metáfora de la infancia que se desvanece, tan nítida que los espectadores logran decodificarla y, al fin, creer en ella.

La vigencia de la obra (desde que se estrenó, en 1980, tuvo más de 300 puestas en escena, lo que la convierte en la obra argentina más representada en el mundo)  está  ligada seguramente  a su anclaje en una idiosincrasia particular, en una forma de ser y de sentir pero también en su carácter universal: todos debemos irnos del paraíso ( en el año 58, tiempo en el que transcurre la obra, y en el 2000 también) y todos guardamos, en un cajón o en el alma, “esa foto estúpida de la niñez”.