Por los reencuentros

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Muchachito - Niceto

Muchachito y sus compadres estuvieron actuando durante una noche en Buenos Aires. Fue en Mayo, en la Sala Niceto y estuvimos ahí con ellos, disfrutando de su rumbarock.

 “Notas a destiempo” (II)

“Ahora vengo yo, a cantar distinto,

con mi estilo especial de palabras y ritmos”

Gato Perez

 

A Andrea, Laura y Teresa.

No sabes lo que podría pasarte. Abandonar los auriculares, apagar tu computadora, no dejarse las llaves y salir a la calle, es un riesgo y una aventura. Las noticias indican que es más seguro permanecer bajo un techo y no mojarse, no actuar en contra de lo establecido o a favor de nuestros deseos no vaya a pasar que descubramos algo o nos pasen cosas que no estaban previstas. La inseguridad muchas veces se asocia con la posibilidad de que a uno lo asalten o esté a merced de algún peligro, pero también lo inseguro, puede ser lo que no podemos controlar, lo que aparece y convierte este escenario urbano tan medido, en una tablas abiertas a la improvisación y la sorpresa.

Si no quieres que te pase nada, tampoco vayas a ver un concierto de Muchachito quizás su música te haga bailar y reír y tener ganas de fiesta, a la vez que descubres que la vida puede verse de otras maneras. Jairo Perea Viedma lo sabe de hace tiempo, su música es alegría intravenosa, festejo por que sí y adrenalina natural. Quien no quiere pasarlo bien es porque no quiere, pensaba el otro día en la sala Niceto, mientras con su guitarra emblemática, el de Santa Coloma de Gramenet, rasgueaba y cantaba alguno de sus estribillos ya clásicos, con los que viajé en el tiempo y me encontré en la calle, en Barcelona con un vaso de plástico enorme lleno de cerveza, oliendo a hierba y sintiendo el calor de otros cuerpos a mi al rededor. Después, en el horizonte de esas imagenes recordadas, irían apareciendo los primeros transatlánticos que llegarían cargados de turistas. Luego, empezaría a sonar más la palabra festival y no tanto fiesta.

Antes no había turistas, la gente viajaba por necesidad o por obligación, y la música  se desplazaba con ellos, más como poso cultural hecho de recuerdo y nostalgia que como lista de hits almacenados en algún tipo de dispositivo. Toda música habla de un lugar de origen y de las raíces de su sonido. Ésta en especial es urbana, de barrio y parece tener distintos rostros y resonancias. Nuevo afluente de otros como la  rumba o el flamenco. Solo por aconsejar que uno se acerque a sus obras  nombraría a Camarón de la Isla, a Peret, a los Gipsy Kings a Gato Perez, a la Orquestra Platería, a Kiko Veneno, a Pata Negra. Ellos son compadres de estas tres perlas y son como ellos, trotamundos que han cultivado una música terrestre y emocional.

Acercarse a sus letras es aprender lo que pasa aquí al lado y dentro de uno. Como si de un nuevo y viejo romanticismo cálido se tratara. Personales, cercanos, sin edulcorantes y risueños, sus mensajes son claros rastros de noches de parranda, de días por inventar y corazones silvestres. Volar, bailar y andar paseando, ya no como un flaneur que observa y estudia las cosas distanciadamente, sino como el que se zambulló de lleno en lo real. Estamos a principios del siglo XXI y todo son palabras que se escriben con la mano en la arena; también podrías hacerlo en una tablet, pero así sencillas saben mejor. Básicas y con cierta ingenuidad en su raíz, repletas de sinceridad y sabiduría sencilla.

Así dicen los Gipsy Kings: “Yo me encuentro triste y solo, voy buscando por la calle, mi camino…Porque soy un vagabundo, en mi tierra, en el mundo, mi camino (…)”.

Peret: “Todos queremos más, todos queremos más, todos queremos más y más y más y mucho más. Todos queremos más, la vida es ambición, pero no hay que olvidarse que tenemos corazón (…)”.

Kiko Veneno:  “La Coca Cola siempre es igual, pero yo no, yo puedo cambiar (…)”.

Filosofía cachonda pura.

Ahora, que han pasado más años de los que parecen, me emociono igual, pero de manera menos ajetreada y más reflexiva. Como no hacerlo al reencontrarme casualmente, en este otro rincón del mundo, con los pinceles de Santos de Veracruz o al escuchar de nuevo el timbre de esa voz que solo empezar ya canta Cogelo y te invita a jugar. Esas letras no se olvidan,  han sido cantadas con el corazón en la mano, mirando sonriente a los amigos, alguna vez.

Muchachito no viene solo, aunque podría hacerlo, es un hombre orquestra incansable equipado con guitarra y con un instrumento de su invención con el que genera ritmo para dar y vender, a través del zapatear de sus piernas. A su derecha y sacando chispas a su guitarra española, tenía al El Ratón, canallesco personaje que completa el trío de estos destiladores de la rumba catalana y el más desinhibido flamenco.

Con alma de viajeros en un mundo de agencias de viajes, volvieron a Buenos Aires, después de 3 años. Este trio de juerguistas, está de gira por Brasil, pero como dice la canción por el camino se entretuvieron.  Ahora acá, por momentos tengo la sensación que son ellos y por momentos que interpretan un papel, el de que viene con el flamenco de fuera. Hay en el público españoles que les mandan saludos y ellos con un poco de distancia vergonzosa correponden. Productores de un tipo de desmadre con olor a calle, el sonido de sus guitarras sigue salpicando, suena a terrazas, fiesta de barrio y vermut; así que la noche porteña se transforma porqué su energía contagia y contamina a quien lo desee. Aunque estemos todos en una sala cerrada y no veamos el cielo, algo de sus canciones aún nos transporta a la plaza de un pueblo, a la fiesta mayor de una ciudad, al lugar donde casi sin proponerselo se hizo de día bailando. Yo igualmente, añoré el cielo abierto esa noche y también esos encuentros con el amanecer.

Quizás porque quería viajar al lugar exacto donde la música me estaba trasladando. Viaje imposible, porque ese lugar ya no existe. Y es que ya lo decían Pata Negra: “Pasa la vida igual que pasa la corriente cuando el río busca el mar” y con el río se fue el que fui festejando.

Eso es lo que te provocan estos tres hombres que fabrican canciones del desgarro. Un encuentro con un tú que fuiste y con un yo que eres. Porqué pese a lo premeditado de todo acto de estas características, no hay letra que no sufra ni alma que se duerma ante tanto desparpajo anímico. El mundo ha cambiado, la manera de viajar, de escuchar la música, de salir, pero esos cambios no parecen sentirse en el estilo o lo desfachado de este sonido que llenó la Sala Niceto esa noche. Ellos parecen no querer caducar y seguro que si algún día los vuelvo a ver, siguen igual, quizás no tan ligeros, pero con ganas de acortar distancias entre esos yoes ditanciados de cada uno.

Dos imágenes resumieron esa actuación. Una pareja bailando, andaluces con vestidos flamencos. En ese momento perfecto, donde solo existe pasión y ganas de bailar. Y otra escena, un hombre tocando de píe su guitarra, su compañera. Simple, unas cuerdas, una caja de resonancia y ritmo. Hay que ser valiente para salir a bailar, para bailar con ella, para agarrar ese instrumento que silencioso espera y “echarse un cantecito” en un presente donde todo es aún posibles.

Podéis encontrar más fotografías de esa noche, realizadas por Juan Manuel Sosa en su web.