Cuando el tiempo está después

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Después de La felicidad según Mabel Riviere, Jorge Acebo se encuentra presentando Cuando el tiempo está después, basada en el mito de La vida es sueño de Calderón De La Barca. Una obra intensa y reflexiva que rescata elementos del Teatro Barroco y los combina con buenas dosis de contemporaneidad.

 

Imposible no empezar por una impresión personal (personalísima) : Desde que vi la obra tengo la cabeza cargada de imágenes que provienen, claro, de algunas escenas (fuertes, emotivas e incluso risueñas) pero también de algunas zonas que subyacen a la construcción del texto que, a pesar de su realismo descarnado, coquetea amorosamente con la poesía, con sus figuras y su particular forma de remitirse al mundo. Como pasa con los versos uno (alguien, yo) puede detenerse en un detalle escénico, en dos o tres palabras dichas, en el gesto adusto de una actriz, en una canción como referencia, en la correlación con algún hecho verídico o en el clásico que sirve de hipotexto. En este sentido, Cuando el tiempo está después es una obra redonda pero que no se cierra sobre sí misma sino que abre puertas a múltiples significaciones, pensamientos y reflexiones. Te lastima porque pensar duele y porque te recuerda que la belleza a veces se puede encontrar en lugares insólitos e inesperados, como lo son la miseria y la mezquindad.

La base de la historia viene desde lejos: Jorge Acebo retoma el mito de La vida es sueño* pero lo sitúa en un barrio pobre del Conurbano Bonaerense, sin princesas, ni castillos ni reyes temerosos. En la transposición, Polonia es González Catán,  la torre se convierte en sótano, la princesa con disfraz de muchacho en una  hermana con estilo varonil y el poder del rey es ejercido por una madre sin nombre que no vive ni quiere dejar vivir. Así, la trama se vuelve necesariamente otra, con otras urgencias y otros alcances (sociales, humanos) pero con la misma trascendencia filosófica y los mismos cuestionamientos: ¿Por qué un padre es capaz de encerrar a su hijo para conservar un estado de cosas aniquilando su libre albedrio? ¿Se puede juzgar a un hombre con las leyes de un mundo que no conoce? ¿Se puede escapar al destino, a los dioses? ¿Qué es el tiempo y de cuántas formas se lo puede medir?

La obra se dispara obviamente hacia su obra- madre pero también hacia adelante, hacia una actualidad casi obligada para que todo siga siendo, para que nada pierda sentido. Son varios los elementos que aparecen para construir esa identidad contemporánea, más allá de su anclaje en el conurbano y del uso de sus modismos y formas del habla. Un escenario con mínimos elementos es capaz de construir, con la ayuda de una acertadísima iluminación, tres espacios bien diferenciados (el comedor familiar, el sótano y la bailanta). El uso del flashback (recreado con audacia y oficio y con mínimos movimientos y gestos de los actores) permite reconstruir el germen del conflicto y desentrañar la verdad. El binomio realidad – ilusión (fundamental en la pieza de Calderón) se llena de matices no sólo en los diálogos de los personajes sino también en la estructura de obra: se hace evidente el artificio, se dice “Esto es teatro, esto es una ilusión”. Finalmente, la aparición de la crónica policial como ese registro otro del relato que complejiza el juego de la apariencia, de lo que cree ser, de lo que se cree verosímil aunque no sea verdadero.

Una vez le escuche decir a Jorge Acebo que él espera de los actores una cierta inteligencia “actoral” que les permita comprender qué piensa y qué siente su personaje y cierta astucia en la búsqueda de momentos. Por eso descree de los personajes secundarios, en los papeles pequeños, porque cada uno de ellos tendrá en sus obras el instante de lucimiento.   En Cuando el tiempo está después la premisa cobra cuerpo en cinco actores que se lucen en dar vida unos personajes perfectamente delineados, cargados de una densidad emocional abrumadora, a veces latente, a veces explosiva. Cargan con el peso de un nombre que tiene otra historia y harán (hacen en cada función) maravillas con eso. Nicolás Condito compone un inocente y salvaje Segismundo  que se verá expuesto a un mundo que no conoce, luego del encierro impuesto por su padre Basilio (Jorge Diez), un mecánico apesadumbrado y culposo que apenas puede con su vida. En esa liberación, Segismundo se vinculará en forma violenta con su supuesta hermana Rosaura (Mariela Rodríguez) y con su vecina Astrea (Natalia Pascale), que oscilan entre el deseo, la perversión y el rechazo. Por último, Marcela Ruiz es una madre sin nombre quizás porque es un rol que se va descubriendo de a poco y que la revelará como la verdadera titiritera de esta tragedia que no encuentra posibilidad de redención, ni reconciliación ni justicia. La mentira muchas veces (¿Han visto la tv o leído los diarios en estos días?) se cree más que la verdad.

Cuando el tiempo está después es para ver varias veces, para confiar en el sueño mejor, en la ilusión mejor lograda. Ninguna turbia realidad te quita una buena noche de teatro.

 

 

*Segismundo es condenado al nacer a vivir en cautiverio porque el oráculo ha vaticinado que será un gobernante cruel y destructivo. Años después, su padre Basilio duda de esos dichos y, carcomido por la culpa, libera al hijo que sin embargo volverá a la oscuridad al no poder dominar sus impulsos primarios. Pero nada volverá a ser lo que era cuando el pueblo descubra la identidad del cautivo y lo proclame rey.

 

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