Me duele una mujer: la sensibilidad masculina en un “tango teatral”

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“El amor es el deseo de encontrar esa mitad que nos falta”, nos dice Aristófanes en su conocido discurso de El Banquete de Platón. La cita no es caprichosa porque forma parte de la filosofía que recorre la obra de Manuel González Gil, Me duele una mujer, que se representa en el teatro El Tinglado todos los viernes y sábados.

Sánchez, un profesor de filosofía, ama a Paula, aquella que lo dejó, pero que sigue habitando en todos los espacios, que sigue poblando los sueños del protagonista y que está presente en cada una de las mujeres que se le aparecen. Toda la obra muestra la dificultad por sobrellevar el abandono que se resume en ese “me duele una mujer”, uno de los versos de “El amenazado” de Borges.

Lo anterior es el argumento de superficie, pero la obra transita por otro carril que es el de la filosofía. En este sentido, el dolor por la ausencia es el vehículo para que en escena se plantee un debate entre idealismo, racionalismo y empirismo, conocidas corrientes filosóficas. Menciones a Sócrates, la caverna de Platón y su obra El banquete, Descartes, Leibniz o Nietzsche, entre otras, conviven con referencias a la nada, el aleph borgeano, el fantasma en su acepción griega, el movimiento romántico y la epojé, es decir, la suspensión del juicio sobre algo. Y es que el protagonista duda todo el tiempo y se mueve entre dos extremos, sus dos alter ego –el machista, más apegado a lo concreto, y el otro, más espiritual–, dos personajes más con los que él dialoga representando sobre el escenario las contradicciones propias de todo hombre.

En sus sesiones de análisis, también sigue el contrapunto porque la psicóloga es la que trata de sacar a Sánchez de su letargo y de su apego a una Paula ideal para sumergirlo de lleno en un amor más cotidiano, más físico. Incluso, la terapeuta le propone pagar por sexo como una manera de cortar con el tema “Paula” y como una manera de superar el amor adolescente, fresco y puro, que encarnan los dos actores más jóvenes.

El tratamiento que la obra le da al tema psicoanálisis merece un comentario aparte porque hay una parodia –entendida como inversión de valores– de las sesiones, del lenguaje psicoanalítico, de esas frases a los que los psicólogos nos tienen acostumbrados, y que repetidas y escuchadas fuera del ámbito de un consultorio divierten, pero sin dejar de hacernos pensar.

En una entrevista en Página/12, Manuel González Gil, el director, dice que quiso hacer un “tango teatral” porque el tango es “donde el hombre habla de sus estados de ánimo y hace confesiones íntimas que no se permite en la realidad”. En este sentido, las canciones que se van intercalando siguen con la dualidad que plantea la obra: en estas conviven imágenes altamente poéticas junto con otras en las que no falta el humor y lo prosaico. Esta característica también se da en los diálogos, todos imperdibles, que pasan del romanticismo y la profundidad filosófica a la ironía y la comicidad sin sutilezas.

“Estar contigo o no estar contigo es la medida de mi tiempo”, dice otro de los versos de Borges, y estas palabras en boca del adolescente nos hacen suspirar, como lo hacen también los monólogos de Sánchez  que nos muestran un hombre diferente, uno que deja salir su parte sensible y que no reprime gritar a los cuatro vientos que le duele una mujer. Si a esto le sumamos actuaciones excelentes, una sala con buena acústica y un escenario muy cerca de nosotros, los espectadores, es casi imposible no recomendar esta obra de González Gil