Sonata de otoño

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Tres mujeres y un hombre conforman este destacado movimiento actoral que es Sonata de otoño. La película de Ingmar Bergman es llevada al teatro por Daniel Veronese, en una  obra que bien vale ser revisitada en este formato.

La composición del color

“Una madre y una hija. ¡Qué absurda combinación de sentimientos, confusión y destrucción!” La frase sale de la boca de Eva: su dolor enquistado acaba de explotar. Quien la escucha es, precisamente, su madre Charlotte, víctima de sus palabras, y a la vez la  principal victimaria, quizás, de tanta desdicha. Charlotte es una exitosa concertista de piano que recorre el mundo. Siempre ha sido así. Eva, su hija mayor, a la que no ve desde hace siete años, está casada con Viktor, pastor de la parroquia del pequeño pueblo en el que viven junto a Helena, la hermana menor de Eva. Ha llegado la hora del reencuentro, pero  los mimos, los abrazos, las sonrisas, los comentarios dulzones, van adelantando que algo molesta o, al menos, que no todo es lo que parece.

La escena se desarrolla en un ambiente apacible, limpio, ordenado, bien lejano a lo intrincado de las relaciones que lo habitan, y donde tres mujeres y un hombre por fin se sinceran. Una harta de sostener silencios, otra ignorante por elección y soberbia, la tercera sumida en una enfermedad degenerativa. El hombre escucha, explica, contiene. Pecados, desilusiones, éxitos de unas, fracasos de otras, la culpa y la ausencia de ésta… condimentos todos que de manera inevitable el espectador tiende a sopesar con sus propias experiencias, tal vez no tan graves, o probablemente peores. Si esto sucedía al ver la película “Sonata de otoño” que Ingmar Bergman estrenaba en 1978, con la actuación de Ingrid Bergman como Charlotte y Liv Ullmann como Eva, revivirla en teatro de la mano de Daniel Veronese, con Cristina Banegas y María Onetto en los respectivos papeles, es algo tan simple y contundente como calar aún más profundo en los sentimientos.

Recientemente estrenada en el Teatro del Picadero, la versión teatral que nos trae Veronese satisface con creces las expectativas de los que amamos a Bergman. La traducción, la escenografía, el vestuario se alinean con lo creado por el director sueco: no escapan al recuerdo del film el vestido elegido para Charlotte en impactante rojo y el pacato conjunto verde de Eva, tan moderado como su existencia. La obra local ha respetado su esencia -la de Bergman-, la intensidad del drama; ha mantenido las formas en gran parte de su estructura, y ha ido un poco más allá: algunas frases se incorporan como un bálsamo más que necesario frente a tanta tensión, y así –felizmente- algunas risas se liberan y permiten reanudar la observación de la tragedia desde un lugar un poco más distante, apto para la reflexión.

Las actuaciones nos deslizan cómodamente por la historia hasta que por momentos nos sacuden, nos increpan, la temperatura sube. Cristina Banegas compone a su Charlotte ególatra, caprichosa, es posible detestar sus respuestas y sus actitudes, buscar comprender el porqué de su humanidad tan fría. En el lado opuesto, está la Eva de María Onetto, condescendiente, sumisa, a ella es fácil comprenderla, pero tampoco se llega a justificarla del todo; sus verdades hieren, pero su aceptación aún más. El enfrentamiento escénico entre ambas provoca placer, tensiona y suelta, para volver a tensionar.

Luis Ziembrowski desarrolla el papel de Viktor, la mirada con la que posiblemente el espectador se pueda identificar más. Una mirada que parece justa, compasiva, controlada, un refugio frente al dolor. Es el hombro que ofrece un apoyo. Su intervención es buscada, indispensable. La gran actuación de Ziembrowski compensa lo exacerbado de las pasiones de las mujeres que lo rodean. Pero el dolor más punzante es el que con su actuación plantea Natacha Córdoba en el rol de Helena. En su salida a escena, con el cuerpo contorsionado en una silla de ruedas, el sonido incomprensible de su voz y las expresiones de su cara, la destacada actuación de Córdoba nos despoja de cualquier vestigio de inocencia, nos refriega en la cara lo que muchas veces no queremos ver y nos muestra el más crudo abandono del que podemos ser capaces.

Sonata de otoño” no es un paseo por un camino de hojas secas; tampoco es sentarse a escuchar un preludio de Chopin; Sonata de otoño es Bergman y eso habla también de un público en especial: de uno que está dispuesto a observar una gran puesta en escena y al mismo tiempo ser atravesado por estos seres, para definitivamente observarse. Como dice Veronese: “Esta es una de esas obras que, creo, no deja a nadie fuera; todos somos padres, madres o hijos, huérfanos de amor y de odio, o seres deseosos de tener a alguien a quien cuidar o temerosos de que no nos cuiden”.