Acerca de Final de partida, de Samuel Beckett

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Alfredo Alcón dirige y protagoniza, como sólo él puede dirigir y protagonizar respetando al máximo el decir poético de Beckett, este Final de Partida que puede verse en el Teatro San Martín.

Un amo, ciego y paralítico, Hamm, apócope impotente de Hamlet; un esclavo monigote que no puede sentarse, Clov, mutilación de clown; un padre, Nell, apenas un monosílabo, y una madre, Nagg, otro muñón de palabra (de nagging, en inglés, regañar), ambos sin piernas, depositados cada uno en un tarro de basura. Piezas dispuestas en un tablero, un universo reducido y despedazado, donde todavía Dios no ha sido creado y el mundo como representación está muerto, estático, vacío. Entonces, no hay sino repetición de los días para no salir del presente y “ayer” es la palabra que no debe pronunciarse; las mismas preguntas, las mismas respuestas; estar harto desde el comienzo, sin motivo para que cambie.

Alfredo Alcón dirige y protagoniza, como sólo él puede dirigir y protagonizar respetando al máximo el decir poético de Beckett, este Final de Partida que puede verse en el Teatro San Martín. Acompañado por Joaquín Furriel (Clov), Graciela Araujo (Nell), Roberto Castro (Nagg), logra una versión de la obra que convence, como lo afirma su propio autor, de que “Final de partida será mero juego. Nada menos. De enigmas y soluciones, ni una palabra. Para cosas tan serias están las universidades, la iglesias, los cafés…”

El despojo y la nada se desprenden del gris (o “negro claro”) que reina en el escenario angular (puesta en escena acertada del escenógrafo Norberto Laino y profundizada por la iluminación de Gonzalo Córdova y el vestuario de Mirta Lineiro) que muestra dos ventanas, pequeñas y demasiado altas como para alcanzar sin la ayuda de una escalera, un par de barriles o tarros de basura contra la pared tapados con sábanas sucias, bolsas de arpillera, residuos desperdigados y en el centro, en el justo centro, un tosco sillón con ruedas, trono absurdo de un cuerpo inmóvil, con un trapo viejo sobre el rostro y cubierto por otra sábana sucia.

Clov pone en marcha el tiempo estático de la escena. Vacila, aunque presentimos que no tiene que hacer otra cosa sino lo que hace cada día al poner en marcha el tiempo estático de la escena. Repite. Va y viene, de una ventana a la otra; las mira; se sube a la escalera; descorre cada cortina; mira más allá; se ríe, breve. Luego es el turno de sacar las sábanas que cubren los tarros de basura; las dobla prolijamente, automáticamente, y las coloca bajo el brazo; levanta las tapas; se inclina; mira; se ríe, breve. Una vez con cada tarro. Queda destapar a Hamm, inmóvil en su trono; desnuda al fantasma; lo mira; se ríe, breve. Emprende la retirada, pero se detiene; se vuelve hacia la sala; la mirada fija, la voz monocorde: “Terminó, se terminó, va a terminar, quizá esté por terminar…” Ya no ríe.

Entonces, la maquinaria dialéctica del amo y el esclavo se pone en marcha, mientras la nada oscura reina en el más allá de las ventanas: la tierra desolada en el más allá de una; el océano negro en el más allá de la otra. “Es hora que esto termine, también en el refugio. Y sin embargo, vacilo, vacilo en… en ponerle punto final”, dice Hamm al despertar ciego, una vez más, en escena. Porque algo sigue su curso, siempre, el curso de la costumbre, más cuando la muerte reina y ya apesta también en el interior, y las palabras que aún quedan (“sueño, despertar, noche, mañana”) ya no dicen nada al no haber ya referente alguno.

Pero, entonces, ¿cuál es la partida que llega al final? La del juego de la significación, la vía racional para conocer y representar el mundo. De aquí, la esencia inexpresiva de la lengua de Beckett para restablecer, sin atenuaciones, el silencio del mundo, su sinsentido, lengua del vacío insondable (ese al que remite su “Lessness”) que sólo puede rodearlo con juegos de palabras, retruécanos, tautologías, oxímoron. Renunciando al entendimiento y al sentido, la lengua se extraña, se hace extranjera, fin último de la escritura de Beckett, quien renunció a su lengua materna para escribir en francés sus obras de teatro para luego traducirlas al inglés, impulsado por un designio: “más y más mi propia lengua se me aparece como un velo que debe ser rasgado para llegar a las cosas o a la nada detrás de él… perforar un agujero tras otro en el lenguaje, hasta que lo que acecha detrás –sea algo o nada– comience a filtrar”.

“Todo es cero” más allá del escenario; y sin embargo la farsa debe continuar, terminar para volver a empezar, “porque el final está comprendido en el comienzo, y sin embargo uno continúa”, porque si bien el terror invade a Hammy a Clov ante la mera posibilidad de estar a punto de significar algo o de una inteligencia reconstruida desde una pulga que llegara a observarlos para ya estar tentada a formarse ideas, siempre hay algo incapaz de ser representado, siempre queda el resto irrepresentable: la muerte. Por eso hablan todavía, aunque no comuniquen; por eso Clov se queda y Hamm lo retiene; por eso Clov no puede dejarlo ni Hamm seguirlo; por eso el origen de la vida, los padres, está condenada a un tarro de basura.