Luz, juego y color

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La primera muestra retrospectiva de Yayoi Kusama en América Latina. Más de cien obras –pinturas, trabajos en papel, esculturas, videos, slideshows e instalaciones- que fueron realizadas entre 1950 y 2013, y que plantean el particular mundo de la principal artista japonesa contemporánea.

Caer en la seducción de ir a ver la muestra de una artista que por años y por su propia voluntad vive en un neuropsiquiátrico es, admitámoslo, fácil. Si a eso le sumamos que en los años ´60 integró los círculos de Donald Judd, Andy Warhol, Claes Oldenburg y Joseph Cornell, a los que conoció muy personalmente, más aún. Lo difícil, en todo caso, es posicionarse como un espectador virgen frente a esos condimentos y tratar de disfrutar de sus obras, muchas de las cuáles se definen con la presencia del público. Yayoi Kusama, de ella se trata, cuya muestra Obsesión infinita fui a ver a Malba sin demasiadas expectativas y un tanto agobiada por los detalles de su historia personal, me resultó estimulante, divertida, y por momentos, inquietante. Con la carga de subjetividad que todo análisis contiene, en la obra de esta artista japonesa -la más importante viva-, no vi dolor, vi juego.

Juego que, tal como expresa Gadamer en La actualidad de lo bello, ordena y disciplina sus propios movimientos como si tuviesen fines. Lo lúdico en Kusama parece estar siempre presente y en ese “jugar-con” en el que intervienen artista y espectador, se cuelan la ironía, la crítica, y lo morboso. El movimiento que plantea la muestra es real y es óptico; un “juego de luces” es concretamente lo que aparece en sus ultrafamosísimos lunares cuando se instalan en un ambiente por el que el público circula, se detiene, se sorprende. El tratamiento de la luz es pensado, más bien, cuidadosamente estudiado. Uno de los videos, al que se accede atravesando una gruesa cortina negra, la muestra a ella desnuda, cabalgando en medio de un bosque que ha sido intervenido (en los troncos de los árboles, por ejemplo) – al igual que la artista y el caballo- con lunares blancos. Mientras ella se mueve, los lunares que la “visten” provocan un efecto que recuerda a aquellos paisajes de Camille Corot en el que diminutas pinceladas blancas representan los haces de luz atravesando las copas de los árboles.

La luz descompuesta, en cambio, parece estar presente en las instalaciones –realizadas luego de su paso por Nueva York- donde lunares de colores (stickers) se ubican ordenadamente en un espacio oscuro iluminado con luz negra; o en uno completamente blanco en el que el objeto epidémico ha invadido –de manera eruptiva- piso, techo, paredes, bibliotecas, mesas, sillas, sillones, platos, vasos…todo. Y tal es el grado de contagio que en más de una oportunidad es posible ver a los visitantes del Malba con algunos lunares pegados en el cuerpo. Tanto en una como en otra habitación la sensación es hipnótica, no son muchas las oportunidades de ver la relatividad del color tan claramente expresada. Kusama, de alguna forma, trasladó a una tercera dimensión los estudios que en relación a lo óptico, la luz y el color, comenzaron a trabajar los artistas en el siglo XIX, gracias a las teorías que por entonces circulaban.

Si la psicodelia característica de los ´60 o su fragilidad mental tuvieron alguna incidencia en estas obras, me resulta meramente anecdótico. Su trabajo ha sido metódico, sumamente  cuidado en lo técnico y efectivo desde la recepción. El tránsito por los distintos momentos de esta retrospectiva genera distintos estímulos que invitan a permanecer. Hay cierto desgano en circular y abandonar algunos de los cubículos, como aquel que está formado por un camino en zigzag, donde espejos y pequeñas luces que van variando de tonalidad, multiplican un espacio entre onírico, y, sí, sutilmente psicodélico.

Otra instancia es la que plantean sus esculturas blandas, conocidas como Accumulations (Acumulaciones), nacidas a partir de su traslado a Nueva York en 1957, que la lanzaron, junto con las perfomances en vivo y los happenings, definitivamente a la fama. En estas obras, sillones, muebles, ropa, zapatos y hasta un bote y sus remos, están recubiertos de falos de tela rellena. La ambivalencia que provocan las piezas tocan los extremos: pueden resultar crudas y hasta escatológicas si se las asocia con la genitalidad, la ansiedad sexual y quizás con una infancia de maltrato o abuso por parte de los padres de la artista, o lúdicas, divertidas, y graciosas si se las relaciona con la experiencia de lo táctil, lo blando y lo excéntrico. Exhibida por primera vez en 1962, en la Green Gallery de Nueva York (junto a Andy Warhol, Claes Oldenburg, George Segal y James Rosenquist), Obsesión de sexo –tal el nombre de la serie- comparte su lugar junto a  Obsesión de comida: serie de objetos recubiertos con fideos secos que tal vez aludan a otras formas de la ansiedad y la obsesión, como puede ser la angustia oral.

Una de las obras más emblemáticas es, sin duda, Infinity Mirror Room-Phalli’s Field (1965), habitación de 250x455x455, con paredes de espejos y piso de falos de tela blancos con lunares rojos. En ella Kusama se explaya en sus principales obsesiones: el sexo, el espacio infinito, los lunares. Todo se multiplica, hay gradaciones de tamaño, distintos  puntos de vista, las más variadas sensaciones: el espectador se ve repetido, en diferentes ángulos y sumergido en un campo de formas, como ya dijimos, simbólicas, por demás sugerentes.

Si bien aquí me he detenido en dos aspectos de la totalidad de su obra, sin respetar un orden, la muestra incluye un panorama bastante más amplio. Sus primeras obras, realizadas en Japón antes de la experiencia norteamericana, están presentes al comienzo del recorrido. En ellas se puede ver algo de la herencia de la grafía japonesa con una marcada influencia de Joan Miró. También están sus “Pinturas de red infinita”, pinceladas de un solo color que generan ondas sobre un fondo con el que contrastan suavemente; y sus obras recientes donde el color estalla y se repiten casi como un mantra, puntos, redes, flores, ojos, jeroglíficos y pequeñas figuras humanas.

Yayoi Kusama inquieta y divierte. Más allá de su historia, sin duda atrapante, su obra se independiza y se sostiene plenamente a pesar de ella. Volviendo a Gadamer, aquí la “participatio” se patentiza. El espectador hace y se hace obra.

 

 

 

  • analia

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