Los comedores de cerebros

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Los comedores de cerebroEste título bien podría reflejar el nombre de una película de zombies, tan de moda que se han vuelto a poner en los últimos tiempos. Sin embargo hace referencia a nuestra historia remota, a una parte importante de nuestra evolución como especie. Nuestro pasado no es heroico ni mucho menos premeditado; pero es nuestro y es una fuente también de aprendizaje y humildad.

La evolución funciona mediante un dispositivo que se puede denominar estocástico. Es decir, es una mezcla de azar y determinismo, en este mismo y riguroso orden señalado. Primero se genera la variabilidad y luego es el contexto (siempre cambiante a lo largo de los eones) el que determina si esos cambios son viables o no. En ese juego de dados, nos tocó (bah en realidad les tocó a nuestros ancestros), hace aproximadamente dos millones de años, entre otros cambios notables, que el cerebro creciera en forma inusual. Nos convertimos en los seres más cabezones de la naturaleza, al menos si comparamos con las proporciones de otros primates. El Homo habilis, que al parecer se trataba de ese abuelo nuestro, tuvo que cambiar sus hábitos para poder soportar tamaño cerebro. Y no me refiero al peso del cráneo más el contenido (sin contar las ideas que, por suerte no ocupan lugar y por lo tanto no tienen masa), sino al costo energético en kilocalorías que su mantienimiento implicaba.

El homínido tuvo que cambiar su dieta, del consumo esporádico de carne, pasó a necesitarla con fruición. Pero su cuerpo, al igual que el nuestro, no poseía ninguna de las características de un buen predador. Les faltaban las garras, los colmillos y las orejas levantadas. Con más pinta de presa que de cazador, nuestros lejanos antepasados recurrieron al nuevo cerebro, recursivamente, y a la posibilidad de la resistencia en la marcha, esto último como un método para cansar a las presas y así poder cazarlas o mejor dicho arrinconarlas.

El cerebro, por su parte, permitió usar herramientas, instrumentos que no sólo le darían las kilocalorías necesarias sino que meterían en un corredor a toda la evolución de nuestros ancestros, hasta llegar a este mundo de Homo sapiens donde la cultura, es decir la posibilidad de manipular herramientas tanto materiales como simbólicas, se convirtió en la norma.

Merced a esa avidez de carne y como suele suceder a menudo en la naturaleza, nos convertimos en carroñeros y oportunistas; astutos para obtener nuestro sustento en un continente, Africa, donde predominaban osos, felinos, hienas, cánidos y aves de rapiña de un tamaño mucho mayor al de sus actuales representantes. Una parada difícil para aquella contextura nuestra, bastante más baja que el promedio actual (los abuelitos homínidos no pasaban del metro treinta).

Mientras los predadores más importantes hacían el primer trabajo, el de matar a la presa, una multitud de otros animalitos ansiosos (entre ellos nosotros) miraban el espectáculo esperando la oportunidad apropiada. Quienes podían pellizcar y salir corriendo lo hacían, bajo la mirada y los zarpazos furiosos de los fieros comensales. Quienes podían arrebatar y volar, aprovechaban el instante adecuado para llevarse su parte. Hacia el final, cuando quedaban los huesos, aparecían aquellos animales que los podían partir, merced a sus poderosos picos o dientes destructivos.

Pero en general siempre permanecía un resto que era casi imposible de romper, debido a su dureza pero también a su forma. El cráneo de la víctima, envoltorio óseo de un suculento platillo de proteínas y grasas, quedaba intacto, ya que no había, tampoco en aquellos tiempos, una garra o diente o pico que pudiera quebrantarlo. Pero el Homo habilis podía manipular instrumentos, como su nombre lo indica y allí encontró la diferencia que lo llevaría al premio. Los guijarros eran los suficientemente duros y los brazos los suficientemente fuertes como para, al percutir, romper la pared craneal de la presa ocasional. Un alimento de la más alta calidad nutricional nos esperaba. Un suculento seso, pleno de los macro y micronutrientes necesarios para poder mantener el propio. El fuego y la posibilidad de la cocción debían esperar aún unos cuantos años para hacer su aparición, un millón y medio más para ser más precisos. Para ese momento, el Homo habilis era sólo un registro óseo en la tierra africana, pero su descendencia siguió necesitando alimentos de alta calidad. Alimentos necesarios para un cerebro que crecía en complejidad y por lo tanto también en mantenimiento. Pero, que a la vez, brindaba las herramientas simbólicas indispensables para satisfacer sus propios requerimientos. Una recursividad creativa de la que nunca pudimos ni quisimos escapar.