Súcubo, la Trinidad de la antigua serpiente, Nicolás Correa

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Súcubo, la Trinidad de la antigua serpiente, de Nicolás Correa, es una novela atípica dentro de la literatura argentina con elementos del gótico y del fantástico, pero en un contexto de descripciones y de situaciones realistas, tan realistas como puede ser la ubicación temporal: el 8 de julio de 1989 –no casualmente el día de la asunción de Carlos Saúl Menem como presidente–. A la manera de William Peter Blatty en El exorcista, el demonio se hace presente otra vez bajo una apariencia femenina. No faltan ritos satánicos, hombres gato, orgías, sombras, espejos, ruidos aterradores, todo en Santa Clara, un barrio rodeado por el arroyo Morón, al oeste del Gran Buenos Aires.

Nicolás Correa es autor de tres libros de cuentos: Made in China en el 2007; Engranajes de sangre, en el 2008; y Prisiones terrestres, en el 2010, además de cuentos en varias antologías y revistas. Su poemario Virgencita de los muertos fue premiado por el Círculo Independiente de Poesía mexicano en el 2012. También participa en revistas literarias y coordina ciclos de literatura, entre otras muchas actividades. Seguramente, todo esto explica la gran capacidad que exhibe como narrador, la que podríamos asociar con el concepto de desautomatización de los formalistas rusos: la fórmula de Shklovski del arte como procedimiento o artificio se ve desde el comienzo en Súcubo. El texto se presenta como una carta dirigida a alguien que conoceremos recién en el final y a quien Ciro, el protagonista, le pide que también publique en forma de libro. Cuando nos sumergimos en la historia y casi “creemos” lo que está pasando, el narrador nos recuerda que esto que leemos es una construcción, un artefacto armado con procedimientos absolutamente literarios.

Treinta y siete años después del episodio de la muda, alrededor del cual se entreteje la trama y el destino de todo el barrio, Ciro –un exorcista por fuera de la iglesia– nos hace saber que su trabajo es lidiar diariamente con las fuerzas del mal, pero con el tiempo descubre “que no solo debía exorcizar, sino también escribir”. En esa escritura se verifican esos procedimientos que mencionamos antes: el trabajo con la temporalidad a través de las analepsis; las descripciones, en las que las imágenes de todo tipo pertenecen a un realismo crudo que toca con el naturalismo; los relatos dentro del relato que crean diferentes planos narrativos; el tratamiento del espacio como continuación de los miedos, las obsesiones de los personajes, o como escenario cinematográfico que crea una atmósfera siempre opresiva y, por momentos, terrorífica.

Además de lo puramente formal, se destaca en Súcubo cierta dimensión filosófica en el tratamiento del tema del exorcismo. “La lucha más cruel y despiadada de un exorcista, es la que mantiene consigo mismo”, dice Ciro, quien duda de sus propias fuerzas y reflexiona sobre los alcances del mal que convive cotidianamente con nosotros, hasta en la letra de una canción de La Renga. Sin ser religioso, este personaje debe incluso convencer a un sacerdote de que la lucha vale la pena, porque el mal no descansa nunca y habita tanto en un lejano pueblo en los montes Urales como en los sótanos de una unidad básica peronista.

Sin embargo, el bien y el mal no es la única dualidad que presenta la novela: lo femenino y lo masculino también se hace presente en un contraste entre fuerza y belleza, entre sometimiento y dominación, con el trasfondo de la imagen de la mujer demoníaca propia de la literatura romántica. También está la mujer ángel, la madre en este caso, la posibilidad de la salvación y el amor que sana. En este sentido, recordemos que un súcubo es un demonio que se presenta bajo la forma de una bellísima mujer para seducir a los hombres y ejercer sobre ellos una influencia que siempre es nociva. Lo femenino así se configura de dos maneras: como objeto de deseo sexual y, por consiguiente, peligroso; o como mujer pura y salvadora encarnada en la figura materna. Todo muy psicoanalítico en el fondo y quizás un poco predecible.

Fuera de algunos lugares comunes, especialmente para aquellos conocedores de historias de exorcismos, Súcubo, la Trinidad de la antigua serpiente mantiene al lector atrapado a partir de una narración ágil y con un suspenso muy bien manejado. Página tras página nos surgen preguntas como ¿por qué escribe la carta?, ¿qué pasó con la muda?, ¿desde dónde narra? A esto se le suman afirmaciones del narrador que nos retacea la información: “todavía no es su momento [de la muda] en esta historia”, nos dice cerca del comienzo y, de esta forma, nos obliga a seguir leyendo.

La novela no defrauda, y esto no es poca cosa en un relato que se aleja de los encasillamientos  y que, fundamentalmente, escapa a una lectura unívoca.