Manigua, Carlos Ríos

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Manigua es una novela en la que la historia está al servicio del despliegue de procedimientos formales. Carlos Ríos puede permitirse la experimentación, conoce las reglas y las rompe. Mario Levrero dice que lo único que importa es escribir con la mayor libertad posible. Manigua no es un texto libre, está atado a la técnica. En Discurso del relato, ensayo de método, Gerard Genette considera a la historia como el conjunto de acontecimientos que se cuentan mediante un discurso que los pone en palabras. En Manigua se hace difícil seguir el hilo de lo que Roland Barthes llama funciones. Los acontecimientos no se distinguen porque el discurso se encuentra complicado por la estrategia narrativa.

La historia puede sintetizarse así: Mutahi pasa a ser Apolon por un mandato paterno. El cambio de nombre, viene con la responsabilidad de regir sobre su tribu. Para convertirse en líder deberá realizar la travesía de conseguir una vaca para el nacimiento de su hermano y si no la hace, morirá de sed. Nos enteramos de la historia porque, años más tarde, Apolon se la trasmite a su hermano en su lecho de muerte.

El narrador, que organiza el mundo que narra cambiando de focalizador, resulta por momentos un personaje fuera de la historia y en otros uno interno: “La mujer le recriminó a Apolon por el retraso. Así nunca encontrarás la vaca que necesitas, dijo. Hablé de mi preocupación por el niño. Me inquieta que persiga kikuyus con un machete, dije. Debería estar con sus padres. Es probable que su familia ya no exista, dijo la mujer. De repente una idea encarnó en ella como si le entrara un rayo por el centro de su cabeza. ¿Acaso tú eres kikuyu? Un abismo de silencio se abrió entre nosotros, dijo Apolon a su hermano muchos años después, cuando agonizaba en la sala del hospital…”. (24, 25)

En el fragmento antes citado, se ve claramente cómo Apolon habla como personaje, haciéndose cargo de ser un narrador en primera y luego se aleja hacia uno en tercera persona, no implicado en los acontecimientos. Esto sucede a lo largo de toda la novela y, si bien es cierto que uno logra entrar en el código que el autor propone, esto pasa cuando la novela está terminando y no sabemos a esa altura muy bien de qué se trata. Es una novela breve, lo cual no significa que se lea rápido. Estas alteraciones en la focalización no permiten una lectura fluida y dinámica. Se suman, también frecuentes interrupciones en el tiempo. Las analepsis en vez de recuperar datos o situaciones que nos ayuden a armarnos una explicación a las conductas de los personajes, la vida o hábitos de la tribu, no hacen más que generar confusión. Las prolepsis, que indican adelantos en la historia, en algunos casos prometen situaciones que no se cumplen, lo que deja al lector aún más perplejo.

Oliverio Coelho en su reseña publicada por Entropía, dice que Manigua rompe silenciosamente con algunas convenciones narrativas, sin subrayar su propio experimentalismo ni escenificarlo en un ámbito que no sea el estrictamente literario. Coelho habla de la ausencia de artificio, de la naturaleza del relato. Estas afirmaciones no tienen en cuenta, por ejemplo, que el narrador nos debe proveer de algunos datos que necesitamos interpretar para avanzar con la novela, y el abuso de estos indicios demora el relato. El artificio se nota y distrae de la trama. Autores como Julio Cortázar también experimentaron con las formas. En el cuento “La señorita Cora” (Todos los fuegos el fuego, 1966), mantiene un narrador en primera pero cambia la focalización. Pasa sin aviso de la voz de la madre a la voz del hijo sin que esto perturbe la “naturaleza” y la fluidez del relato: “Pero mañana por la mañana, eso sí, lo primero que hago es hablar con el doctor De Luisi para que la ponga en su lugar a esa mocosa presumida. Habrá que ver si la frazada lo abriga bien al nene, voy a pedir que por las dudas le dejen otra a mano. Pero sí, claro que me abriga, menos mal que se fueron de una vez, mamá cree que soy un chico y me hace hacer cada papelón”. (82)

En Manigua se ponen en práctica todos los procedimientos que se utilizan en la construcción del relato, pero este despliegue de experimentación excede la historia, genera dificultad para el lector.

Ríos sabe modelar el lenguaje y utiliza una prosa fragmentaria produciendo un efecto de extrañamiento. El focalizador recorta la realidad siempre desde el mismo lugar porque, si bien intercala entre la primera y la tercera persona, sigue siempre el punto de vista de Apolon.

Dice Roland Barthes sobre Flaubert: “… [En] Flaubert la ruptura deja de ser excepcional, esporádica, brillante, engastada en la vil materia de un enunciado corriente: no hay lengua más acá de esas figuras (lo que quiere decir, en otro sentido: no existe sino la lengua) ; un asíndeton generalizado se apodera de toda la enunciación de manera que ese discurso tan legible es, clandestinamente, uno de los más enloquecidos que se pueda imaginar: la pequeña moneda lógica está en los intersticios. He aquí un estado muy sutil, casi insostenible del discurso: la narratividad está descontruida y sin embargo la historia sigue siendo legible: nunca los dos bordes de la fisura han sido sostenidos más netamente, nunca el placer ha sido mejor ofrecido al lector…” (18 y 19)

Esta ruptura y experimentación en Manigua no permite que la historia sea legible sin esfuerzos intelectuales. El protagonista en el tiempo base del relato cuenta al hermano la historia de su pasado, pero lo hace de manera tan fragmentaria que resulta complicado considerar la pluridimensionalidad de los acontecimientos de la historia y realizar una abstracción donde los núcleos sucedan en un orden cronológico ideal. No queda otra alternativa que contentarse con observar el despliegue de procedimientos formales.

Manigua termina siendo una lectura que pierde al lector común por establecer una comunicación que únicamente puede generar sentido en el caso de un lector iniciado en las referencias propias de este tipo de textos.