Chaucito, un comienzo a puro tango

0
11

La ópera prima de Ramiro Gigliotti nos sumerge en el mundo de las milongas porteñas. Humor, música, baile e invitados de lujo.

Nunca he ido a una milonga, confieso. Es quizás, un acto de autodiscriminación. Me considero algo más que un maniquí en cuestiones de baile, sea el estilo que sea, aunque con el tango tengo la firme sensación de haber sido creada por Geppetto. Sin embargo, a esta aceptación de mi realidad, le sumo otra característica propia que me animo a destacar, la curiosidad. Curiosear, actividad muchas veces impertinente, otras, más que estimulante…fisgonear, husmear, descubrir… Y eso quise hacer siempre con una milonga. Escuchaba historias, anécdotas de mis amigos tangueros y los admiraba cuando al final de una cena, a horas en que las cosas comienzan sólo cuando tenés veintitantos, ellos se organizaban para ir a milonguear. Es por eso que cuando escuché de Chaucito, historias de milonga, la obra de Ramiro Gigliotti que se está presentando en El Kafka, entendí que era una oportunidad para no dejar pasar. Y allí fui, a ser milonguera pasiva si se quiere, a disfrutar de ser “como una mosquita” en un mundo ajeno y a la vez tan mío como de cualquier argentino.

Ramiro Gigliotti quería de chico ser de esos músicos que la rompen. Llegar al estrellato rockero sin escalas, no obstante fueron sus pies los que señalaron su destino: comenzó a bailar tango. Esos primeros pasos del 2×4 lo deslizaron luego a otros terrenos; de bailarín con exhibiciones en salones de Buenos Aires, Estados Unidos, Austria, Rusia, Israel y Japón, pasó a dar clases de tango aquí y en el exterior y más tarde fue tentado a escribir todo aquello que observaba de ese mundo. Se convirtió casi sin quererlo en un cronista de su tiempo y en especial de esa cultura tan particular que es la milonga.

Lo de escribir había surgido de casualidad. Sin duda, existía un marcado interés por el registro narrativo y a la vez poético de las circunstancias que lo rodeaban. Fue así que durante un viaje a Alemania, más concretamente al Mundial de fútbol, comenzó a escribir una bitácora que se hizo famosa entre sus conocidos. De alguna forma, estos escritos llegaron a manos de la directora de la revista Tanganauta, Luz Balbuena, quien lo instó a repetir la experiencia con las milongas. El resultado fue el libro “Veneno de tango” (2009), en el que reúne cuentos con una mirada aguda de esos reductos y sus personajes.

Al mismo tiempo, y haciendo gala de un carácter exigente y lleno de inquietudes, Gigliotti desarrollaba, como bailarín, numerosas exhibiciones en el extranjero que decidió mejorar estudiando puesta en escena con Rubén Szchumacher y luego dramaturgia. Del mix de su experiencia bailando, haciendo exhibiciones, estudiando y escribiendo (llegó a escribir más de sesenta cuentos), surgió la obra de teatro Chaucito, historia de milonga, en la que diez personajes –cinco hombres y cinco mujeres- se desenvuelven en un espacio que simula un salón de baile con pista, mesas, sillas y todo el encanto de esos lugares donde decadencia y talento se dan la mano.

De esta forma, curiosos y habitués de ese mundo podrán descubrir al langa que cree ser dueño de una pintuza que desmaya a las minas, y cuyo encanto no tiene descanso; no faltará tampoco el resentido o abandonado por una mujer cuyo amor se ha transformado en un odio tan grande que, bien adobado con una interesante dosis de alcohol, genera uno de los monólogos más memorables. Las mujeres, por su parte, arrancarán carcajadas con sus actitudes ladinas, envidiosas, chismosas y divertidas, mientras esperan con cierta dosis de desesperación el instante privilegiado de la cabeceada. Estarán presentes las que muy a pesar de todos sus esfuerzos seductores “planchan” y saldrán a la luz las miserias de esa soledad contenida.

Otras de las escenas (las que son separadas por momentos de baile) hablan de la historia del profesor, sindicalista y peronista de la vieja guardia –mirada que atraviesa su vida- y de la maestra de tango que va a bailar y es abordada/acosada por una admiradora que intenta a fuerza de constantes preguntas arrancar algo de ese talento. Es en este espacio donde Gigliotti ha convocado como invitados a importantes figuras de la danza (los actores no son necesariamente bailarines profesionales), entre los que se encuentran Angie González, Juan Ruggieri, Adriana Duré, Breda Tonellotto, María Silvia Mucci, Alfredo Alonso, por nombrar algunos, y figuras tan emblemáticas del ambiente tanguero como el creador del Parakultural, Omar Viola. Para este domingo 7 de julio, por ejemplo, la bailarina invitada es Amira Cámpora.

Chaucito debe su nombre a uno de los poemas de Gigliotti que en la obra también forma parte de una escena, la primera. La inaugura un severo personaje masculino que ensaya o recuerda los saludos que da y los que no da y les agrega un por qué. Esa es la apertura simple y contundente de esta ópera prima dinámica, picaresca, con escenas sencillas, bien representadas y bailadas, y capaz de llevar en cuestión de minutos de la risa a la congoja y otra vez a la risa, a aquellos que desarrollan la empatía al ver representado ese mundo que bien conocen y adoran. Los que –como yo- nunca fuimos a una milonga, vemos más que satisfecha nuestra curiosidad, nuestras inquietudes, nuestras ganas  de conocer y, quien dice, quizás hasta nos animemos a dar el paso.