La gran ventana de los sueños, de Rodolfo Fogwill

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A tres años de su muerte, Fogwill retorna con La gran ventana de los sueños, el libro póstumo que propone como “Citas de mi diario de sueños”.

A modo de aclaración introductoria, el escritor confiesa: “Había una vez que yo soñé algo y lo olvidé. Ese sueño y sus no imágenes me siguen hasta hoy, cuando han pasado casi treinta y nueve años. A eso se llamar vivir, o haber vivido, pendiente de un olvido.”  Y de esa experiencia con el olvido, parece haber aprehendido que para tener sueños hay que estar disponible, disponible a asirlos, incluso cuando lo que queda de ellos en el despertar no sea sino una o dos palabras. Desde los años 70, Fogwill registró en cuadernos lo que la memoria le brindaba de sus sueños y le servía, después, para reconstruir.

El manuscrito original, impreso y encuadernado, fue entregado por el escritor al colectivo de artistas argentino Mondongo y de este pasó a manos de su hija Vera. Entonces, si de manuscrito ilegible en los cuadernos había pasado a documento impreso, rastro de él debía de haber en la computadora. Y había, no solo una sino varias versiones.

Se sabe que el recuerdo de un sueño es ya su reescrituray su transcripción, juegos de la memoria para recordar más allá del olvido. Dar con las leyes de esa narratología, experimentarlas en el relato de sueños, es lo que convoca a Fogwill en la edición de las citas de sueños por él seleccionadas de sus cuadernos, para escribir a partir de ellas reflexiones acerca del arte, la tecnología, el dinero, la cercanía tediosa de los otros, la masturbación, la navegación, la natación, la muerte e interrogar también  la posibles conexiones entre el arte de soñar y de relatar, entre el inventar y el evocar, entre la relectura de lo escrito y el recuerdo de un sueño, entre el cine y la producción de sueños. Así, escribir La gran ventana de los sueños, es experimentar lo que en uno de los sueños supone: “Habría dos mundos: el  de los sueños y el de las transcripciones de los sueños. Y entre ambos, flotaría la imaginaria realidad.”

Fogwill va detrás de un punto, “el punto justo de intersección entre los azares de la percepción y de la memoria”, pero sabiendo que “escribir es casi crear, pero transcribir termina siendo resignarse a la vaguedad y a los errores”. Por eso, no piensa el sueño, su recuerdo, como cifrado o como clave de una verdad a develar; lo piensa y lo imagina, lo goza, en definitiva, como trampolín para “sustituirla por algo mejor”: el acto último de escritura. Por eso, también, lejos está La gran ventana de los sueños de “la hostilidad, el rencor, la rabia, el odio, la envidia, y la indignación”, pasiones que, según afirmó en alguna oportunidad autobiográfica, motorizaban su escritura. Acá, la única marca Fogwill del irreverente y agitador Fogwill, está en la irónica oposición que arma entre la dedicatoria y el epígrafe que abren el libro: así como se lo dedica a sus cuatro psicoanalistas que “desordenaron mis sueños de 1963 a 1981”, también sostiene en la página siguiente que “Ser viejo es haber empezado a respetar los sueños”. Entonces, dejan de ser interesantes como “producción de muestras para biopsias del alma o del deseo” para pasar a serlo simplemente como ejercicio narrativo, aquel que explora las formas de sobrevivir,o de renegar, al olvido, a la irrealidad, a la realidad de los otros.

Fogwill murió en el hospital Italiano de Buenos Aires y está enterrado en Quilmes. La última cita de sueño elegida pero que no llegó a reescribir dice: “Quilmes, París, Italiano con el coya karateca con manos de goma y uñas de acero inoxidable.”