El mal de la montaña

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Después de En el campo, Cristian Drut apuesta a la dramaturgia de Santiago Loza (siempre poética, siempre colmada de imágenes, siempre densa e inquietante) y dota su puesta de todo el despojo y la oscuridad necesarios para que el texto subyugue la escena y a los actores que bailan al unísono con ese combo imposible de amor, dolor y crueldad extrema.

 

Cuatro actores en escenas y un escenario absolutamente despojado. No hay personajes definidos ni desarrollo de acciones. Caemos en esa especie de limbo, de mundo inverosímil, desolado de toda despedida, de tiempo detenido que sobreviene al fin del amor, de un amor cualquiera o de todos. Porque los cuerpos son, más bien, portadores de un discurso, ancestral, soberano, que se actualiza (se redefine, cambia para no cambiar jamás) con cada derrota amorosa.

Una pareja se separa, un hombre duele (transita el duelo, se desdobla, se triplica) y duele una mujer, quizás en su pensamiento, en su deseo. Las palabras no pueden más que decir el pasado perdido, intentar retener el recuerdo, buscar causas y efectos, siempre inútilmente. No hay nada en escena, lo dijimos, pero con el fluir del relato se va poblando de imágenes de una potencia sutil y a la vez arrolladora. Uno podría cerrar los ojos y ver todo ahí, hecho lo dicho y lo vivido en la experiencia personal. Es casi imposible no caer en la identificación inmediata.

Pero esa identificación vira lentamente hacia el rechazo, el repudio. Porque el discurso amoroso  se ensucia, se contamina con otro discurso menos amable que nos ubica en la realidad, nos aterriza en un contexto social de desprecio por el otro, por el diferente, por el que menos tiene. “El amor es un linyera meando contra un árbol” es la sentencia del final de la pureza de un amor pero también el enunciado de un modo de ser en sociedad. El mal de la montaña va del vértigo al vacío a la necesidad de sentirse superior, en las alturas de la escala social. Ser un desamorado es haber perdido un amor pero también aborrecer a los otros.

Después de En el campo, Cristian Drut apuesta a la dramaturgia de Santiago Loza (siempre poética, siempre colmada de imágenes, siempre densa e inquietante) y dota su puesta de todo el despojo y la oscuridad necesarios para que el texto subyugue la escena y a los actores que bailan al unísono con ese combo imposible de amor, dolor y crueldad extrema.